Federico Fellini y los Oscar®  
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Por Alejandro G. Calvo














Miradas de Cine © 2002-2004

El cine perdido y reinventado

Entrar a valorar el talento de los cineastas no norteamericanos más premiados en los óscars, lo reconozco, es un ejercicio bastante pueril, si consideramos la habitual tendencia de los académicos de Hollywood, de premiar los films más cercanos a la moda imperante, al producto lacrimógeno y a realizadores clásicos en sus últimas andanzas cinematográficas -no es nada raro, le pasó a Buñuel, a Kurosawa, a Truffaut…-, por encima del valor de las obras a concurso o presentadas simplemente a la candidatura. Es por ello que la presencia de Fellini con cuatro óscars produce cierta perplejidad a la vez que satisfacción, por razones bien diferentes. Por una parte, sorprende que un realizador como el autor de La dolce vita (Ídem, 1960) posea cuatro estatuillas, y sin embargo, no hallan conseguido ninguna gente del talante y talento como Roberto Rossellini, Pier Paolo Pasolini, Marco Bellochio, los hermanos Taviani… y que sí tenga uno Roberto Benigini (y cero Nani Moretti y Gianni Amelio), por citar casos diversos, que parecen evocar una cierta injusticia en la repartición de premios. Por otro lado, el Fellini más premiado, y esta es la parte interesante, no es el cineasta que se enamoró de su cine y que regaló obras tan gigantescas y fantásticas como, en ocasiones, pedantes y exhasperantes, si no el cineasta que empezaba a andar de la mano de Rossellini y el neorrealismo para ir creándose, poco a poco, su propio universo estético, cuya eclosión con Fellini, ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) fue una de las cúspides logradas por el cinematógrafo en el pasado y ya viejo siglo XX.

A Fellini, los académicos, con una visión sorprendente, le supieron valorar esas joyas cinematográficas que fueron La strada (Ídem, 1954) y Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957), por encima de películas tan insultantemente modernas como Roma (Ídem, 1973) o El Casanova de Fellini (Il Casanova di Fellini, 1977). Las conmovedoras historias de Gelsomina y Cabiria en manos de un mundo tan rugoso y esquino como romántico, y en ocasiones, mágico, son posiblemente lo mejor filmado jamás por el realizador junto a la maravillosa La dolce vita –esta sí, ignorada en los óscars, dado el escándalo provocado por el film– y la ya citada Fellini, ocho y medio. El realizador de Rímini parecía entonces interesado en reflejar su desconfianza hacia un mundo asfixiante, bien por culpa de la presencia de personas ingratas, bien por las condiciones de sus protagonistas de hallarse encerrados en un territorio que se les hace más y más hostil, pero toda su filosofía, la traducía en forma de pequeñas historias tragicómicas, en vez de los grandes retratos corales o contextuales de su posterior filmografía. Gracias a sus protagonistas, tan patéticos como románticos y, en el fondo, simpáticos y sensibles, ya fueran el grupo de amigos de Los inútiles (Il vitteloni, 1953) o el grupo de prostitutas de Las noches de Cabiria, Fellini construye sus pequeñas fábulas en un cruce de cómo lo mágico acaba por rendirse frente a una realidad lo suficientemente sucia para que aún se le recuerde al realizador su pasado neorrealista.

Este mundo opresivo, que nos lleva de los pueblos hermanos de Rímini a la Roma en decadencia moral de La dolce vita, con el tiempo se fue deteriorando hasta llegar a negar toda realidad que no fuera la que el propio realizador tenía en mente. El desencanto existencial aún le tardaría años en llegar a Fellini, que la ejemplificaría en esa hipérbole del patetismo que significó en Entrevista (Intervista, 1987) enfrentar a Mastroianni y Ekberg con sus imágenes en La dolce vita, pocas veces un realizador puede llegar a ser tan cruel. Sin embargo, antes de que el realizador cimentara su cine futuro, que en palabras de Jorge-Mauro de Pedro fue debido a que «Fellini se acabó enamorando del cinematográfo (el medio) y dejó de lado a aquellos personajes primorosamente escritos y descritos, trufando sus películas de secundarios carismáticos de aparición episódica, desfile sin descanso de freak que entraban por una puerta y salían por otra» (1) , el realizador trazó el pilar que venía a resumir su obra a la vez que enunciaba hacia donde tendían sus nuevas formas de escritura cinematográfica. Fellini, ocho y medio, se despedía de sus pequeñas historias para convertir su mirada cinematográfica en algo totalmente nuevo, cuya principal característica estilística se basaba en la construcción episódica de anécdotas que buscaban con inteligencia un sentido/espíritu global, mediante la construcción cada vez más aparatosa de escenarios, fotografía y trazado global de personajes (nunca el cine de Fellini estuvo tan cerca del circo que tanto amaba como en la segunda mitad de su filmografía). En ocasiones funcionó, como en Fellini, ocho y medio, Giulietta de los espíritus (Giuelietta degli spiriti, 1965), Roma, Amarcord (Ídem, 1973)… en otras, se quedó sólo en eso, un mero cúmulo de escenas cuyo engarce poco a poco fue perdiendo consistencia hasta volverse prácticamente irrisoria: La ciudad de las mujeres (La città de le donne, 1980), Entrevista, Y la nave va (E la nave va, 1983), La voz de la luna (La vocce de la luna, 1990)… (a medio camino se quedaron ejercicios tan desquiciantes como deslumbrantes: Fellini-Satiricón (Satyricon, 1969), El Casanova de Fellini o Ginger y Fred (Ginger e Fred, 1986), cuya apreciación varía mucho según las afinidades cinematográficas de cada uno).

El cuarto óscar le llegaría a Fellini por un film como Amarcord, el último compendio de las inquietudes del cineasta trazado con tanta dulzura como talento, Fellini regresaba a su imaginario juvenil, unos dicen que cerrándolo, otros negándolo –la negación sí que es una de las particularidades de la filmografía de Fellini–, y ofrecía una última mirada romántica a personajes y contexto, donde se evidenciaba la magia del pasado cuando este ya se halla muy lejano -el Rímini de Amarcord dista bastante del de Los inútiles-. El provinciano ya anclado para siempre en Roma y Cinecittà era entonces un autor plenamente contrastado –de ahí que obtuviera siempre grandes presupuestos para hacer películas cada vez más grandilocuentes– y reconocido por la crítica de todo el mundo (la misma que le increparía con el estreno de su último film La voz de la luna).En las postrimerías de su carrera, toda la gente se fue olvidando de Fellini, hasta que en murió en Roma en 1993, cuyo último deseo –como indica Hilario J.Rodríguez en su libro Los mejores westerns– fue ver de nuevo, ya en el hospital, Centauros del desierto (The searchers, 1956), no se me ocurre un mejor colofón para uno de los realizadores que han hecho grande esto del cine.

(1) Jorge-Mauro de Pedro, del artículo Buscona sin vocación busca hombre sin compromiso, referente a Las noches de Cabiria, en el estudio de Miradas de Cine de Enero-Febrero del 2004 dedicado a Federico Fellini.