Las mejores películas de habla no inglesa  
Sumariovotaciones
Por Emilio Martínez-Borso
 
Miradas de Cine © 2002-2004

Si la vida fuera justa y los premios realmente sirvieran para algo más que para dar un mayor empuje comercial y artístico a las películas galardonadas, sin duda alguna los oscars de la academia de Hollywood serían un escaparate de buen cine y amor al arte más que un escaparate de vestidos fastuosos y sonrisas profidén.

Por suerte (y por desgracia) hoy en día nadie se lleva a engaño cuando somos testigos de los resultados y aunque aún seguimos sorprendiéndonos ante las injusticias a veces demasiado descaradas, hemos adoptado una postura bastante escéptica en cuanto a la seriedad que le dedicamos a todo lo que envuelve a la en teoría fiesta del cine por antonomasia

Por otra parte, sigue habiendo gente que no solo defiende la tremenda imparcialidad y el voto según las cualidades artísticas y cinematográfica de una película, sino que se ampara en la categoría de la mejor película de habla no inglesa para demostrarlo. Y es que en teoría en Europa es donde se hace el cine sesudo e intelectual, y en Asia donde encuentras toda la poética que no hallas en otro sitio se centran todas las películas que el público mundial en general y norteamericano en particular no ha oído ni hablar y que diez minutos después de la entrega del galardón no sabe ni pronunciar su nombre.

Siendo francos, ésta categoría que décadas atrás había sido encumbrada por maestros del séptimo arte, hoy no es otra cosa que un escaparate de películas realizadas por Hollywood en otra parte del mundo pero modeladas a su gusto. ¿Alguien duda que Hero (Hero, Zang Yimou, 2002) por ejemplo, no es una película americana pero a la moda oriental? Financiada por Miramax, con actores orientales conocidos, copiando descaradamente unos tratamientos ya explotados en otra película similar que...casualmente ya ganó el oscar en una entrega anterior.

No debería extrañar esto, ya que si bien nunca los oscars han sido la fiesta del cine puramente como tal, hubo un tiempo en que se acercaba, y sí premiaban buenas películas, e incluso la gente se preocupaba por el cine más allá de sus fronteras. Prueba de ello es que gente como Kurosawa, Fellini, Bergman o Truffaut por poner solo un par de ejemplos, poseen estatuillas doradas, y la gente los conocía, y lo que era más importante, conocía su cine. Actualmente y por desgracia seguramente tan solo Scorsese y un par más conocerán la lista de los cineastas que compiten anualmente por la preciada estatuilla en la mencionada categoría.

Concretando un poco más en la evolución del oscar a la película de habla no inglesa que más parece un regalo o una chuchería por parte del megalómano intelecto norteamericano, que un reconocimiento a la calidad de una película, todas las películas premiadas han sido galardonadas del mismo modo que las categorías normales según la época y las tendencias y gustos que reinaban e imperaban en el mundo en aquel momento.

Desde la creación de la categoría, en 1947 hasta el final de la década, es el neorrealismo italiano y concretamente De Sica quien reina, al alzarse con dos oscars, por El Limpiabotas y El ladrón de bicicletas, en 1947 y 1949 respectivamente tan solo separado por Monsieur Vicent de Maurice cloche en el 48, con lo que la consecución de la dorada estatuilla también sirvió de plataforma para que el mundo conociera el movimiento que había nacido en Italia, y por una vez los oscars tuvieron su importancia social y De Sica fue encumbrado y reconocido conservando hoy aún todo su prestigio siendo uno de los cineastas que más premios consiguió dentro de esa categoría y sus películas hoy siguen siendo recordadas, estudiadas y vistas por mucha gente, a diferencia de otras de la misma época como la Francesa que ganó entre los dos años en los que se llevó premio.

Con la llegada de los 50, el cine cambiaba. La tendencia neorrealista era más que una realidad, y en pocos años el cinemascope iba a revolucionar la concepción que se tenía hasta entonces. Nada más lejos de la realidad, pero en Europa continuaba la crisis y el cinemascope no era ni siquiera un sueño, con lo que los americanos premiaron un tipo de cine diametralmente opuesto al suyo, más profundo, más crítico y que se saliera de las normas narrativas establecidas para ofrecer novedosas opciones a aquellos que estuvieran dispuestos a recibirlas. Por eso la primera mitad de la década de los 50 se encuentra entre lo más variopinto de la historia de esta categoría. En primer lugar nos encontramos que en el año de nuestro señor de 1953 la Academia de Hollywood no otorga el correspondiente oscar al parecer por falta de películas. Así pues, entre 1950 y 1955, los premios se reparten entre dos países. El realismo crudo de Francia encarnada en la figura de René Clement ganando dos estatuillas por Demasiado tarde (1950) y Juegos prohibidos (1952), y la fascinación encarnada en el recién descubierto cine nipón encabezado por Akira Kurosawa y su impresionante Rashomon en 1952, dando al traste con las concepciones narrativas utilizadas hasta entonces con sus continuos cambios de punto de vista. Sus compatriotas Teinosuke Kirugasa (Japon) con la Puerta del infierno (1954) e Hiroshi Inagaki con Samurai en 1955 vienen a demostrar la expectación creada por la cultura descubierta y el reencuentro entre ambos pueblos como muestra de buena diplomacia premiando después de la guerra a las películas del país enemigo. Nada más emparejado a la calidad intrínseca de las películas ganadoras ¿Verdad?. Pero como cada moda pasajera, cambia de temporada en temporada, y los años finales de los 50 no iban a ser menos. Es entonces cuando hace entrada el realismo mágico de Fellini, un autor, a partir de ahora amado por la academia que le premiará en numerosas ocasiones. Fellini representa el tipo de autor y cine que la academia se enorgullece de premiar porque creen probar así su cultura comprendiendo un tipo de cine y concepción del mismo diametralmente opuesto al suyo pero que con la diplomacia que acostumbran a mostrar, prefieren dejar de lado verdaderas joyas y ensalzar necesidades políticas para convertirse en mecenas de las cinematografías mundiales. La Strada y Las noches de Cabiria en 1957 y 1958 son el claro ejemplo de lo citado anteriormente. Antes nadie había obtenido el premio dos años consecutivos. De Sica estuvo cerca (otro italiano, partícipe del movimiento neorrealista, oh!), pero Fellini fue el que tocó el cielo. Empalmando con esta corriente de mágico lirismo, en el 58, Francia recoge otro premio más en manos de Jaques Tati con Mi tio, clara muestra de la corriente imperante en Europa, un ejemplo claro de la imparcialidad de la academia al no entender de banderas y cambiar de nacionalidad arbitrariamente. El cierre de la década es también para Francia, concretamente para Orfeo Negro de Marcel Camus, en un año en que se desata otra revolución dentro del cine al salir a la luz la Nouvelle Vague, que marcará de nuevo la concepción artística y técnica del cine.

El inicio de los 60 no supone un cambio radical ni una rotura total con lo establecido. Aún se arrastra un deje del realismo mágico de la anterior década tal y como muestra el premio a El manantial de la doncella de Ingmar Bergman, otro director que se convertirá en uno de los mimados de Hollywood. Su fábula en torno a la doncella violada y asesinada y de la cual fluye un arroyo conmueve a la academia comenzando así una década nueva donde se va a constituir una serie de cambios importantes e imparables cuyo premio a El manantial de la doncella no es más que un suave adelanto.

Y es que la tónica general que imperará durante los años sesenta no será otra que el de un principio de revolución, aunque vendrá dada en términos cinematográficos muy tranquilamente. Así pues, Bergman repetirá del mismo modo que hizo Fellini, con la dura Como en un espejo en 1961. Francia vuelve a apoderarse de la estatuilla al año siguiente con la hoy olvidada Sibila de Serge Bourgignon para dar paso a que los directores preferidos de la academia vuelvan a recoger sus triunfos. Empezará Fellini y su Ocho y medio, sin duda su película más complicada (y a mi humilde entender, sobrevalorada) para seguirle De Sica con Ayer, hoy y mañana en 1964. A partir de ahí, la sociedad ya se iba asentando en torno a los nuevos valores que iban surgiendo y el cine los iba aceptando, permitiendo que el puritanismo norteamericano se abriera poco a poco a otros puntos de vista, de ahí que Checoslovaquia se uniera a la lista de países premiados (que hasta ahora ostentaban, Francia, Italia, Suecia y Japón, casi todos vamos), y en dos ocasiones nada menos. En 1965 con La tienda de la calle mayor, de Jan Kandar y Elmar Kios (Checoeslovaquia) y en 1967 con Trenes rigurosamente vigilados, de Jiri Menzel (Checoeslovaquia), películas que no he tenido la oportunidad de ver y que francamente su difusión hoy en día es bastante difícil. Entre el apogeo checo, se cuela Claude Lelouch con Un hombre y una mujer, película polémica y bella que ejemplificará esa nueva tendencia de la academia y que verá reforzada su postura al premiar de nuevo a Francia en 1969 a Z de Constantin Costa-Gavras, película de carga política que en su momento fue muy comentada y que por una vez sin que sirva de precedente los americanos no se amilanaron a la hora de premiar un buen trabajo en aras de ciertos convencionalismos políticos como viene siendo hoy en día tan y tan habitual.

Y de este modo nos plantamos en los 70, la década de cambio por antonomasia. El cine no es el mismo. Se derrumba el sistema de estudios. Cada vez hay una mayor conciencia social y una mayor abertura a la cultura fruto de la revolución de los 60. Se empieza a reconocer la autoría de los cineastas, y sobretodo en Europa, el cine es el alma de la cultura. Para la gente, la nacionalidad no es nada significativo, la bandera es un postulado, importa el individuo, el artista, lo singular e individual de ahí que Hollywood no premie tanto a países por cuales quieran que sean las razones (Léase Japón en los 50) sino que se preocupan un poco más en premiar y reconocer el trabajo de los cineastas que son los que hacen que el cine sea un patrimonio universal (eso sí, los americanos siguen siendo muy suyo en este aspecto).

El primero en ser testigo de todo esto es Elio Petri que consigue con Ciudadano libre de toda sospecha otro oscar para Italia. Y como no hay uno sin dos es entonces cuando vuelve De Sica y tira abajo lo dicho anteriormente, pero es que cuando el hijo pródigo vuelve se le recibe con todos los honores, y su El jardín de los Finzi-Contini bien lo vale. En 1972 es la primera vez que premian a un cineasta español, Don Luís Buñuel que lo obtiene por El discreto encanto de la burguesía, eso sí concursando para Francia. Cosas de la censura patria y del exilio. Al año siguiente los franceses vuelven a ganar con esa maravilla que no entiende ni de épocas ni de años ni de nacionalidades. La oda al cine que es La noche americana de Truffaut se alza con el oscar en 1973, precediendo al Amarcord de Fellini que vuelve a gozar del reconocimiento con esa fábula surrealista que tanto fascina al mundo entero. En 1975 es Kurosawa quien retorna para alzarse vencedor con Dersu Uzala, pero....representando a la U.R.S.S. El año siguiente es uno de los más curiosos ya que es un país como Costa de Marfil representado por un director francés como Jean-Jaques Annaud quien gana con La victorie en chantant. 1977 y 1978 son dos años de inflexión en cuanto que los oscars se los lleva Francia en manos de cineastas Franceses (Madame Rosa, de Moshe Mizrhai y ¿Quiere ser el amante de mi mujer?, de Bertrand Blier) para acabar la década con un apunte totalmente nuevo y es que en 1979 se concede por primera vez un oscar a una película alemana, siempre relegada a un segundo plano y algunas veces finalistas, pero que finalmente gracias a El tambor de Hoajalata de Volker Schölondorf consiguen el primer premio de la academia de la historia.

La década de los 80, la década maldita en la sociedad común, la peor época del siglo pasado no es una excepción para el cine de habla no inglesa premiado por los académicos. Al igual que con el retroceso producido en la edad media. Si en los 70 premiaron a Truffaut, Kurosawa, reapareció Fellini y hubo un par de apuestas interesantes, ahora se introducen en un oscurantismo total, y prueba de ello son lo variopinto y singular de las ganadoras, sin responder año tras año a una pauta o moda que lo condicionara, sino que quizás realmente pensaban que eso era lo mejor de ese año, pero bueno, las ideologías pasan como dijo algún capullo una vez.

Y es que nada más entrar en la década, podemos observar que la primera ganadora es una película de la antigua Unión Soviética seguida de Mephisto, que representaba a Hungría quien por primera vez se llevaba un oscar a sus tierras. Quizás a nivel anecdótico tendríamos que destacar que 1982 fue un año histórico para la cinematografía patria ya que por primera vez España ganó la tan soñada estatuilla, y nada menos que a manos de Garci con su historia de amor Volver a empezar. Algunos estarán de acuerdo, muchos se reirán, pero es incuestionable su valor histórico el cual reivindico desde estas humildes líneas. Pero quizás tanta novedad no era demasiado buena con lo que volvió Bergman al año siguiente con su aburrida Fanny y Alexander para demostrar que las viejas glorias siguen dando guerra. El resto de la década se caracterizó por esa extraña sucesión de películas y países que si bien algunas no habían ganado antes (caso de argentina en 1985 con La historia oficial, Holanda con El asalto, o Suiza con Movimientos peligrosos) de repente llega pisando fuerte Dinamarca que gana en dos ocasiones consecutivas. El festín de Babette y Pelle el Conquistador son la confirmación de un cambio dentro del cine que la academia se preocupa de mantener al año siguiente premiando a la archifamosa Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore, película realizada por un gran amor al séptimo arte, pero que por desgracia la mayoría de las cuales, excepto ésta última y Pelle el conquistador no han sido recordadas más allá de diez años después de recoger el galardón. Y es que hasta el cine se dejaba influenciar por las corrientes que invadían el mundo en los malditos ochenta.

Los 90 y lo poco que llevamos del nuevo siglo no se alejan en demasía de los diez años anteriores, pero a diferencia de ellos, las películas ganadoras se benefician más de un cambio dentro del panorama cinematográfico, y tanto la categoría de mejor película de habla no inglesa como las películas en sí son más respetadas y más conocidas en Norteamérica con lo que ahora el mundo sí que empieza a preocuparse y a tenerlo más difícil a la hora de escoger pero por desgracia acaban ganando las películas que más se asemejan a aquellos que les tienen que votar, y por los resultados observamos que las ganadoras son casi siempre grandes superproducciones asiáticas o europeas que buscan competir con las estadounidenses en su propios países. Dentro de este paquete se podrían englobar películas como Indochina, ganadora en 1992, Quemado por el sol en el 94 o sobretodo La vida es Bblla, de la hoy superestrella Roberto Benigni, ganadora en 1998 y que ejemplifican las nuevas fuentes y el enorme poder de la promoción sobre las votaciones de los académicos o de la taiwanesa Tigre y dragón de Ang Lee en el 2000.

Aunque sobre este tema aquí en España no deberíamos quejarnos demasiado ya que la década de los 90 ha sido la más gloriosa en ese aspecto para nuestro cine ya que dos oscars vinieron a España gracias a esa categoría. Primero fue Fernando Trueba quien se encomendó a Billy Wilder por allá en 1993 pero sobretodo Pedro Almodóvar quien gracias a su prestigio se alzó sin atisbo de duda con el premio en 1999 con la estupenda Todo sobre mi madre y que repitió dos años más tarde haciendo historia al conseguir el relativo al mejor guión y siendo nominado en la categoría de mejor director. El resto de las películas ganadoras (Antonia y Kolya de Holanda, y Carácter de la República checa, la bosnia En tierra de nadie o la ganadora de la pasada edición, En un lugar de África) es una remisión a los grises patrones imperantes en la década de los ochenta.

Y es que año tras año me sigue resultando curioso y continúo haciendo la misma reflexión. Por que será que ni yo ni nadie con dos dedos de frente (dentro de la cinefilia claro) creo en los oscars, no me sorprenden las ganadoras ni el criterio que utilizan para premiarlas, el revuelo que siguen organizando los dichosos premios, pero yo sigo fichando cada año, los sigo viendo en directo, me indigno cuando ganan “peliculones” del calibre de Una mente maravillosa o Chicago, y sigo esperanzado la categoría de habla no inglesa para ver si tenemos suerte y ganamos de nuevo el dichoso oscar.