BIG FISH (Big Fish, 2003)  
Ficha
Sumario
Por Natalia Vías

Cartel de la película



























Miradas de Cine © 2002-2004

Los sueños felices de Burton

«Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria y, sin embargo, más familiar que voy a referir».
El gato negro, de Edgar Allan Poe.

Cuando a Tim Burton le llegó a las manos el guión de Big Fish, basado en un libro récord de ventas de Daniel Wallace, no dudó en que el proyecto se ajustaba perfectamente a su universo fantástico. Quizás Burton sea hoy día el único director en Hollywood capaz de dirigir un guión de estas características. Una historia rebosante de fantasía, con brujas, gigantes, circos ambulantes y sirenas le iba a priori a la perfección al director californiano, por lo que cuando el productor Steven Spielberg le hizo el ofrecimiento no dudó en aceptarlo. Burton siempre ha confesado su predilección por los cuentos infantiles y, entre estos, su preferencia por las historias de hadas. Estas narraciones enmascaran unos sentimientos mucho más crueles y terribles de lo que tratan de aparentar y es ese lado oscuro que esconden los pueriles relatos para niños lo que a Burton siempre le ha fascinado. La posibilidad de su abstracción hasta quedarse con la esencia de los mismos y el ejercicio de interpretación de dichos cuentos es sin lugar a dudas un trabajo para adultos, para los que sentimientos como el dolor, el sufrimiento, la pérdida o el miedo son posibles de racionalizar.

La filmografía de Burton se acerca de un modo muy personal a estas historias fantásticas, sus películas están repletas de seres extraños, situaciones insólitas y una atmósfera que mezcla elementos del expresionismo con el cine americano de serie B de los años cincuenta, de la productora Hammer y el terror gótico de la literatura del XIX. Su pasión por la obra del escritor Edgar Allan Poe y las películas que vió en su infancia, sobre todo las realizadas por el maestro Ray Harryhausen, influirán de forma decisiva en su forma de hacer cine. Burton puede hacer gala de haber conseguido una filmografía "diferente" y absolutamente al margen de la de otros cineastas de su misma generación, en ciertos momentos más autobiográfica como con Eduardo manostigeras (Edward Scissorhands, 1990), en otros con propuestas estéticas más arriesgadas como llevar al cine la vida del director Ed Wood en la película del mismo título en 1994, se ha plegado en otras ocasiones a las duras exigencias de un cine más comercial, El planeta de los simios (Planet of the apes, 2000) con un resultado más que discutible, para retomar esas obsesiones de la infancia en su última película, Big Fish.

Esta historia de género fantástico fragmenta la realidad y la ficción, las separa por medio del montaje y las confunde con la narración llegando a solaparlas en la secuencia final, en donde todos los personajes se encuentran, un cruce de caminos que sirve para que el espectador separe lo verdadero de lo falso, lo imaginario de lo real. Y es esa búsqueda de la verdad, el descubrimiento de lo que hay de cierto en las historias que el personaje de Ed Bloom relata a su hijo, lo que ayudan a que la película avance hacia su desenlace.

Burton decide abordar esta historia a caballo entre la ficción y la realidad optando por una estructura fragmentada a base de continuos flashback que llevan al espectador del presente al pasado y de la realidad a la ficción. La transición entre ambas se produce mediante la narración que arrancan cada primera secuencia de dichas historias y que pretende ir encajando cada una de ellas. Esta opción sin embargo corta algo bruscamente los momentos de fantasía y dejan al espectador a la espera de la continuación de la historia como un padre que cuenta algunos párrafos de un cuento al niño antes de dormir.

Big fish es una película tierna, amable, bonita en el mensaje, bella en la forma y en el fondo pero con demasiadas concesiones a lo fácil, a lo conmovedor y decide de la forma más alevosa apartarse de lo más interesante y original de la obra de Burton, esto es, lo extraño e inquietante, lo feo, lo marginado y los marginados, la exploración de los rincones más oscuros del ser humano. Big fish puede que represente el Burton menos Burton, la zona más luminosa de su mundo sombrío, la película queda en el conjunto de su filmografía como un "gran pez" fuera del agua. Ya que si es totalmente cierto que la historia puede enganchar sobre el papel –el guión está preñado de posibilidades– y que el director tiene a su alcance las mejores herramientas cinematográficas, la película carece de esa extraña fascinación que tienen otras películas de su filmografía. Quizás en Big fish todo resulte, aunque parezca un contrasentido, demasiado cotidiano. El protagonista narra lo extraordinario con la más absoluta normalidad y Burton lo cuenta sin arriesgar demasiado. Incluso los momentos más hermosos o más terribles quedan sofocados por un cierto encorsetamiento. Porque si lo extraordinario surge de lo que no tiene demasiada explicación racional, entonces sobra la búsqueda continua de los por qué.

La ficción va en continua contracorriente con la realidad. Los momentos oscuros de la película no son ni demasiado terribles, ni demasiado feos, ni demasiado oscuros. Uno de los mejores, cuando los niños se acercan a la amenazante casa de la bruja y ven sus respectivas muertes en el ojo de ésta –un estupendo recurso– recuerda la maravillosa secuencia en que Jem y Scout traspasan la propiedad del misterioso e invisible Boo en Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962) pero Robert Mullingan la rueda con una sencillez absoluta en la que sólo el sonido del viento y la soledad que crea alrededor de la casa bastan para dejar fascinado al espectador.

A Burton le falta profundizar en la emoción de sus fantasías, en la magia de lo extraordinario, depurar la belleza desde el trabajo de cámara y la fotografía y no sólo desde la narración de la historia. Elogioso es la mínima utilización de la informática para los efectos de la película, lo que va siempre a favor de ganar en realismo. Sin embargo, la más que correcta dirección de Burton debería haber sido quizás un poco más arriesgada en esta película como lo es, por ejemplo, en Spleepy Hollow, donde consigue imágenes de mucha fuerza visual y narrativa gracias en parte a una fotografía impecable del mejicano Emmanuel Lubezki. El género se presta mucho a "fantasear" de igual manera con los encuadres y movimientos de cámara lo que quizás hubiesen enriquecido mucho más la historia.

Este universo de Big Fish, la llegada del protagonista al circo ambulante plantado en medio de ninguna parte, el personaje dual de Danny de Vitto, la bruja, o el pequeño pueblo pulcro y luminoso al que llega Ed Bloom después de atravesar un bosque amenazante muy bien podrían haber salido de la maravillosa imaginación del escritor Ray Bradbury. A Burton, sin embargo, le falta la hondura emocional que este mago de la literatura consigue con sólo una descripción literaria.

Este amable cuento de Halloween no profundiza en lo sobrenatural, lo toca apenas en la superficie. A los personajes les falta magia, sobresalto, maravilla, que se conviertan en algo tan especial como las circunstancias en que Burton los coloca, que la atmósfera de la película haga que el espectador sufra de escalofríos o se adentre sin concesiones en este fantástico universo.

Y es que, estoy convencida, Burton maneja mucho mejor las sombras que las luces. Conforma de manera más brillante sus mundos de pesadilla que estos relatos amables y llenos de tópicos, se adentra con más seguridad en las historias que le inquietan o que le aterrorizan y su cámara se hace mucho más personal y arriesgada.

También encontramos en Big fish algún momento de especial inspiración como en el que los habitantes del pueblo caminan descalzos sobre el césped que cubre las calles del impecable pueblo y cuelgan los zapatos antes de entrar en éste o la secuencia en el circo cuando todo alrededor del personaje de Ed Bloom (Ewan McGregor) se congela y a través de una cortina de palomitas que quedan suspendidas en el aire se acerca por primera vez a Sandra Bloom (Alison Lohman).

Últimamente he oído comentar con frecuencia la similitud de esta película de Burton con el cine del gran Federico Fellini. Sin duda son directores muy diferentes en su forma de dirigir y en la creación de sus personales universos, lo que sí es cierto es que el final coral de Big Fish recuerda a ciertos momentos por ejemplo de Ocho y medio o de Amarcord, sobre todo en lo grotesco de los personajes y el encuentro de todos ellos en el desenlace, que da a la película un toque muy "felliniano".

A pesar de todo lo dicho es un raro privilegio hoy día en que atravesamos un momento tan difícil y convulso, el poder disfrutar de historias narradas como antaño, cuentos que pueden ser susurrados a nuestros hijos a medianoche cuando las brujas inician sus ritos mágicos o los circos ambulantes cierran las lonas de sus carpas a la espera del amanecer. Y es que es maravilloso que un realizador absolutamente único –e intransferible– como Burton, nos de un empujoncito para aprender a soñar de nuevo como lo hacen los niños, y ayudarnos a creer aún en los cuentos de hadas o, mejor dicho. en los cuentos de brujas.