| EL PLANETA DE LOS SIMIOS (Planet of the Apes, 2001) |
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La obra incomprendidaSe ha comentado, tal vez en exceso, el hecho de que Tim Burton asumiera la realización de un proyecto tan arriesgado como el de El Planeta de los Simios después de haber pasado por las manos de directores como James Cameron o actores como Arnold Schwarzenneger. Lo cierto es que enfrentarse a una nueva versión de la novela de Pierre Boullé, habida cuenta de las altas cotas alcanzadas en 1968 por Franklyn J. Schaffner, es demostrar un valor digno de un kamikaze, y no precisamente por la problemática de "adaptar" la historia a la idiosincrasia del cine moderno, de hecho, me atrevería a decir que esto es lo menos importante. El inconveniente radica en que todo el mundo conoce la película de Schaffner por tanto, aún inconscientemente, son inevitables las comparaciones. Y es este, y no otro, el error que debe evitarse de forma categórica a la hora de abordar la insólita y subyugante propuesta de Tim Burton, ya que su Planeta de los simios tiene tanto en común con el de Schaffner como Blancanieves y los siete enanitos con Garganta profunda (a no ser que algún cerebro, saludablemente retorcido, halle nuevas vías de interpretación a la fábula Disney-Grimm). Cierto que en la película hay constantes referencias (o guiños cómplices, si se prefiere) a la versión anterior, pero ello no hace más que aumentar la complejidad interna de la obra. Me explico: Tim Burton subvierte los elementos arquetípicos de la pieza de Schaffner (1) dando un giro radical a la capacidad simbólica de la misma; o sea, la sociedad simia no es, como en el original, una aparente utopía que intenta borrar de la memoria colectiva las atrocidades humanas pretéritas, en esta ocasión se trata de una comunidad marcadamente clasista en la que el poder de instituciones como el ejército y el temor infligido por una religión teocéntrica devienen sus más importantes características. ¿y no podría ser esta una evidente descripción simbólica de los Estados Unidos, nación provista del mayor arsenal bélico del planeta y en la que un sinfín de ramificaciones religiosas como el catolicismo, el protestantismo o el judaísmo conviven en un mismo cosmos con millones de adeptos a sus doctrinas? Ateniéndonos a este prisma, la figura del simio también ofrece una interesante variación: si en la producción de Schaffner era, simplemente, una especie que había evolucionado, sí, pero manteniendo su condición atávica, en Burton es presentado como metáfora del propio hombre, blandiendo su instinto menos racional (2) y más iracundo. Ante ello, la figura de Mark Wahlberg se revela casi kafkiana, más cercana al Joseph K. de El Proceso (es decir, al hombre sumergido en una situación que le es totalmente incomprensible y, por consiguiente, imposible de controlar) que al Charlton Heston de la versión anterior: escéptico, misántropo, despótico, autosuficiente, la personificación de un período histórico en la frontera de la autodestrucción (3). Amén de ello, otro de los puntos que han provocado la extrema infravaloración de esta obra, sobre todo por parte de grandes sectores de la crítica, ha sido la presunta poca personalidad o escaso nivel "autoral" demostrado por Tim Burton. Nada más lejos de la realidad. En ella se dan cita todas las constantes que el realizador norteamericano ha ido apuntando a lo largo de su filmografía aunque, eso sí, convenientemente disimuladas bajo el aspecto de un formidable espectáculo. En efecto, gran parte de El Planeta de los Simios se encuentra edificada sobre uno de los temas clave de Tim Burton: la inadaptación social de los seres disímiles, aquello que ha convertido a Eduardo Manostijeras, la troupe de Ed Wood o, incluso, al mismísimo Joker en personajes imprescindibles de la iconografía cinematográfica de fin de siglo. Asimismo, su cínica visión de la condición humana toma todos y cada uno de los planos del film hasta conducirlo a una secuencia final tan destructiva y estremecedora que parece emerger del Rinoceronte de Eugene Ionesco. En el fondo, El planeta de los simios está más cercana a la sátira sangrante y apocalíptica de Mars Attacks! que a la versión de Franklyn J. Schaffner erigiéndose, por ello, no sólo en una pieza que bebe de fuentes propias y se aleja (conscientemente) de modelos ajenos, si no en una pieza plenamente burtoniana, tal y como pueden serlo Batman, Ed Wood o Sleepy Hollow . Aún así, incomprensiblemente, ha sido un punto de vista casi unánime la masiva decepción que esta película ha provocado tanto en los admiradores de Tim Burton como, por supuesto, en sus más acérrimos detractores. La verdad es que se ha producido un visionado del film absolutamente viciado, debido tanto al recuerdo de la película de Schaffner (que ha pululado por el cerebro de los espectadores como un fantasma en una mansión gótica) como por la modernidad y la complejidad intrínseca de esta arriesgadísima pieza. Confío en que el paso del tiempo (unánimemente considerado el mejor crítico que existe) sitúe los puntos sobre las íes y que, dentro de veinte años, se reconozca el verdadero valor de esta obra maestra. Y también, lógicamente, que quienes no han logrado ver en ella más allá de su aspecto externo, hagan el obligado acto de contrición. (1) La mítica frase pronunciada por Charlton Heston en 1968 (quita tus sucias patas de encima, mono asqueroso) es parafraseada en boca de un simio. De igual forma, Heston interpreta a un legendario primate que, al morir, exclama el Yo os maldigo con el que concluye la película de Schaffner. Es decir, un juego de inversiones referenciales, totalmente intencional e imprescindible para la completa comprensión de esta pieza. (2) De hecho, salvo el personaje de Helena Bonham Carter, todos los simios son poseedores de las peores características habidas en la idiosincrasia humana: el despotismo, el engaño, la codicia, la desconfianza, la necedad. todo ello inexistente en la película de 1968. (3) Los años sesenta: la Guerra Fría, los conflictos raciales en todo Estados Unidos, los asesinatos de Matin Luther King y el Che, la guerra del Vietnam,. |