| LA GRAN AVENTURA DE PEE-WEE (Pee-Wee's Big Adventure, 1985) |
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Bienvenidos al planeta... ReubensDentro de la reivindicación por cierta parte de la crítica de films menores, o vagas excentricidades, de realizadores hoy en día ya reconocidos y laureados, siempre existe cierta tendencia a negar toda objetividad por parte del crítico, que en su obsesión por remarcar los valores de las obras, acaban sucumbiendo ante su propia pasión ante el realizador a alabar, en muchos casos –que conste que me reconozco dentro de esta crítica– haciendo del exceso de emoción un arma vacua para defender unos valores que posiblemente la cinta no posee. Es innegable que películas como Dune (Ídem, 1984), Cromosoma 3 (The Brood, 1979), Boxcar Bertha (Ídem, 1972) o Ángel de venganza (Ms. 45, 1981) –por citar unas cuantas– poseen valores tanto intrínsecos como embrionarios dentro de lo que serán las consecuentes carreras cinematográficas de sus autores, sin embargo, sería prudente saber destilar lo interesante de cada producto, y en base a ello, realizar un análisis de la obra más cualitativo que cuantitativo, intentando desligarse siempre de cualquier tipo de afinidad pasional o prejuicio sistemático que se posea. Desde esta perspectiva existe una opción realmente fácil a la hora de acercarse a la primera película del realizador estadounidense Tim Burton, en base a resaltar las características ya conocidas del particular (y siempre interesante) universo artístico del autor de Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), sin por ello caer en la tentación de una tonta alabanza a una película, que por sí misma, ya es bastante tonta como obra, incluso, como ópera prima; pero no considero que eso vaya a aportarnos algo más a la hora de entender el universo creativo del realizador, dado que La gran aventura de Pee-Wee arrastra más defectos que aciertos, y pese a que su principal característica es la del cúmulo orgánico de todo tipo de simbolismos que nos sirvan para introducirnos en el peculiar universo del bastante insoportable Pee-Wee Herman, estos no acaban por ocultar el deslumbrante vacío que se halla tras el film. Por eso no hay que caer en la cómoda posición que nos provoca el hecho de que sea un film de Burton –también lo es la horrible El planeta de los simios (Planet of the Apes, 2001) y esta sí que no tiene ningún tipo de aciertos–, dada la simpatía de la que goza, merecidamente, el realizador entre la cinefilia de los años noventa, y resaltar la aparición de sombras de Halloween, dinosaurios de cartón-piedra animados con stop-motion o unos efectos visuales que después se refinarían (mucho) para Bitelchús (Beetlejuice, 1987), como si esto bastara para sustentar una obra que es básicamente un vehículo para el lucimiento de su principal intérprete. Es por ello que La gran aventura de Pee-Wee, pese a tener algún acierto estilístico, que luego entraré a señalar, es una obra básicamente para fans de este híbrido entre Jerry Lewis, Rowan Atkinson y Forrest Gump (Ídem, 1994), muy popular en los ochenta en la televisión norteamericana –más tarde lo sería también, pero por cierto escándalo sexual en el que tampoco convendría extenderse ahora– que respondía al nombre de Pee-Wee Herman, caracterizado por el hoy recuperado Paul Reubens (no hace tanto le vimos en Blow / Ídem, 2001). Si Burton nos tiene acostumbrados en cada obra a introducirnos en su particular planeta donde lo freak y monstruoso tiene cabida en cierto orden lógico, y la cotidianidad se presenta como una amenaza constante para los que se saltan las reglas de la normalidad, en La gran aventura de Pee-Wee, un Burton embrionario cede todo su logro artístico al servicio del desasosegante Pee-Wee, cuyo universo asexuado, retro e infantil, funcionaría como un cortometraje o como un chiste breve, pero nunca como una road movie donde el único aprendizaje existente consiste en "aprender a ser humilde (¿?)". Lo más interesante de la obra es la particular visión que ofrece Burton de un personaje cuya marginación es únicamente causada por el espectador, puesto que en el contexto todos los protagonista parecen llevarse bien con Pee-Wee (pura ciencia-ficción), y que resulta un ejemplo claro de falta de vergüenza ajena. En palabras de Burton: «El personaje de Pee-Wee se entregaba en lo que estaba haciendo y, cuando has crecido en una cultura en la que la gente se mantiene tan oculta, era agradable ver que no le importaba lo que se pensara de él. Vivía en su propio mundo y eso es algo que encuentro totalmente admirable». La tozudez de Pee-Wee por encontrar una bicicleta ataviada como el automóvil de James Bond, sirve como un peculiar retrato de una sociedad estupidizada –la misma que poblaría las calles de Eduardo Manostijeras, Mars Attacks! (Ídem, 1996) o Big Fish (Ídem, 2003)–, toda ofrecida desde la discutible perspectiva de alguien como Pee-Wee, cuya presentación en el film: al despertar, toda su casa es como un mini parque de atracciones o una gran tienda de juguetes; resulta mucho más interesante e imaginativa que los noventa minutos de desarrollo que le siguen. Su periplo a costa de su bicifilia le lleva a arrastrarse interminablemente por escenarios de la Norteamérica más extravagante –desde un bar de Ángeles del infierno, a El álamo o a los estudios de la Warner–, para al final, mediante un acto de heroicidad totalmente gratuito salvar los animales de una tienda en llamas y así poder ganarse el derecho de recuperar la bicicleta a costa de ceder los derechos de su aventura para adaptarla al cine. Esto aún no sé, si se trata de una broma de mal gusto de Burton a los productores que le obligan ha hacer la película o de un chiste metalingüístico al que el espectador llega demasiado cansado para reirse. (1) Tim Burton por Tim Burton. Mark Salisbury, editor. Alba Editorial. Barcelona. Septiembre, 2000. |