SLEEPY HOLLOW (Sleepy Hollow, 1999)  
Ficha
Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro

Cartel de la película



























Miradas de Cine © 2002-2004

¡Quiero la cabeza de Cristopher Walken!

«Una de las primeras imágenes que tuve al pensar en el concepto dramático de la película era la idea de contraponer a Ichabod, un personaje que en cierto sentido vive 'dentro' de su cabeza, con el Jinete que, precisamente, no tiene cabeza... este contraste es muy atractivo, porque expresa el combate entre lo racional y lo irracional, la ciencia contra la fantasía...» Tim Burton.

Un criminólogo ingenuo que sueña con aplicar métodos científicos para aclarar hechos incomprensibles y hasta abiertamente paranormales, tratado con sorna por unos superiores que confían todavía en la contundencia de los protocolos medievales. Un pueblo aterrorizado que surge de entre las tinieblas. Unas fuerzas vivas sospechosas, ladinas, intrigantes. Pitonisas, brujas buenas y maldiciones ancestrales. ¡Van a rodar cabezas!

De la entente Burton-Depp surge una vez más un film rico, quizás no tan imaginativo como la fábula de Eduardo y sus cortantes caricias, pero indudablemente personal, malévolo y socarrón. Sleepy Hollow nos sumerge en las narraciones góticas de otro famoso dúo que nunca tuvo el placer de conocerse: Poe-Corman, tamizado todo ello por la memoria cinéfila de Nosferatus y Caligaris; rimas y leyendas de cementerios demasiado concurridos o fosas rellenadas precipitadamente con huesos de dudosa procedencia.

La historia se basa en un relato de Washington Irving (¿a quién no le han endosado Cuentos de la Alhambra en su paseo andalusí por los antiguos jardines de califas y Scheherazades?). A este viajero incansable, hispanista, autor de biografías sobre su tocayo Washington y obras históricas alrededor de la figura de Mahoma, le pirraban los cuentos breves. Es durante su periplo europeo cuando logra publicar El libro de apuntes de Geoffrey Crayon (1819-1820), donde entre otros se incluía La leyenda de Sleepy Hollow.

A estas alturas está de más presentar al chico de los pelos revueltos que trabajaba para la Disney. Burton comenzó su bagaje con un par de cortos que hacían entrever las posibilidades de explotación comercial de los traumas infantiles, para aficionarse después a aceptar encargos –"show me the money!"– y embadurnarlos de un look inquietante, aunque siempre positivo y algo lacrimógeno (con la excepción de ese fiasco sin atenuantes que constituyó su paseo por el planeta de los simios, harakiri creativo difícil de asimilar por sus seguidores).

Burton, afirman, cuenta con un universo muy particular. Je, menudo descubrimiento. Eso del "universo particular" -que todo el mundo parece vislumbrar en los directores de valía- siempre me ha fascinado. Y es que hay quien confunde los tics, las redundancias y las reiteraciones huecas con "marcas de estilo". Como si todo estuviese escrito, como si desandando el camino creativo de un director nos diésemos cuenta de El Gran Plan. Pero –me pregunto con malicia–... ¿qué sería ahora de Tim si no hubiese sobrevivido a su primer largo (La gran aventura de Pee-Wee (Pee-wee's Big Adventure, 1985)), indigesto batiburrillo al servicio de un personaje surgido del cruce entre Mary Poppins, Tamara y Paco Porras? ¿Acaso se adivinaba ahí -como algunos pretenden- un "universo particular" bien articulado, sólido y duradero?

Para Sleepy Hollow, nuestro hombre fija nuevamente la mirada en esa década homenajeada ya en Ed Wood (id., 1994), Mars Attacks! (id., 1996) o parte de su reciente Big Fish (id., 2003) –los 50-60 y aquella "cierta forma" de hacer cine de terror–. Para que se hagan una idea de sus "siniestras" intenciones, Burton animó al equipo a ver películas como La máscara del demonio (Maschera del Demonio, 1960) de Mario Bava, El baile de los vampiros (The Fearless Vampire Killers or Pardon Me But Your Teeth Are In My Neck, 1966) de Roman Polanski y otros títulos señeros de la Hammer.

Para asegurar tales resultados, se apoyó en la labor del director de fotografía Emmanuel Lubezki: «queríamos crear el aire de las películas en blanco y negro, un ambiente monocromático con contrastes fuertes». Y en verdad que no se estuvieron de nada: durante los rodajes nocturnos, el set de rodaje quedaba iluminado con tres torretas de 120 millones de watios de potencia. La policía tuvo que soportar varias llamadas de ciudadanos que creían que era una nave extraterrestre (y bien pensado, Tim Burton está hecho un marciano...) Compleméntese esto con un total de cincuenta decorados, donde sobresalía un bosque que mezclaba ramas verdaderas con árboles de acero y fibra de vidrio.

Depp, impecable, como siempre que trabaja con su director favorito. ¿No creen que en este Ichabod cobardón y amanerado se haya el germen de su futuro Jack Sparrow para Piratas del Caribe. La maldición de la perla negra (Pirates of the Caribbean: the Curse of the Black Pearl, 2003)?

Respecto a Christina Ricci (mi amada aunque algo desorientada Christina... ¿cómo te prestaste a la maniobra "quiero mi premio" de Charlize y su monstruito moralmente deforme?), citar esa brillante definición acuñada por el propio director: «creo que si Bette Davis y Peter Lorre hubieran tenido una hija habría sido igual que Christina...» (1).

Mención aparte para Christopher Walken, descabezado intérprete del macabro jinete; dientes afilados, ojos de loco y galope vengativo, cercenador apasionado por su oficio. Y lo mejor de todo es que cae bien, ¡el muy cabrón!

Así pues, sobre un esquema argumental mínimo y cautivador a un tiempo –¿acaso no son siempre así nuestras pesadillas infantiles?–, Sleepy Hollow –tan sobrada de medios, tan decimonónica ella– tiene la magia y el desenfado suficiente como para lograr su propósito: homenajear sin plagiar, aparente camino elegido por los mejores directores norteamericanos que ha dado la post-modernidad.

Quizás lo menos logrado -por innecesario- sea el apresurado final, obtusa necesidad por dejarlo todo casado, atado y bien atado, "explicado". Realmente nos importan bien poco los rencores, amores no correspondidos y demás desmanes de unos lugareños bastante ligeros de cascos. Porque la apuesta formal de Burton es lo suficientemente fascinante como para perdonarle un guión que recurra a lo fantástico sin necesidad de responder al "¿quién lo hizo?", principal motor de películas insulsas.

Sleepy Hollow queda pues como un notable ejemplo de cine de atmósferas, donde los fabulosos decorados y el entorno que rodea al personaje principal se erigen en verdaderos protagonistas de un cuento –como lo son casi todas las películas de Burton– donde el Mal demuestra tener sus razones, en el marco de una "normalidad" paranoica, juzgada siempre desde los ojos de inadaptados orgullosos de serlo.

(1) "Sleepy Hollow. El goce infantil de lo sobrenatural", de Carlos A. Cuéllar Alejandro. Ediciones de la Mirada, pág. 63.