HABLE CON ELLA (2002)  
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Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Quiéreme mucho

«Nunca hay que pedirle al artista que siga el camino obvio, sino esperar el milagro» Guillermo Cabrera Infante.

Situada cronológicamente tras su apoteosis internacional y planetario (aunque con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) saboreó con delectación las mieles del éxito, cumpliendo de sobra la cuota que su glorificado Warhol reservaba para cada persona), Hable con ella era esperada con proverbial maledicencia –en España esto se nos da pero que muy bien– como la película que haría caer el mito, el punto y aparte tras su éxtasis, "¡Peeeeeeeeeedro!", recitado de vírgenes, pechitos rampantes y malagueño simpaticoide mediante.

Pero ocurrió que el coloso no se vino abajo. Antes al contrario: Hable con ella fue el aldabonazo definitivo, mucho más allá de premios, distinciones y tacañerías varias (1). En ella Pedro salía triunfante de la endemoniada película "después de", temido hito que se supone doblemente importante para un artista tan aficionado a que se hable de él. Después de tocar el techo, cuando los espontáneos se arremolinaban en los balcones para ver el cráter que haría su oronda persona al chocar contra el asfalto («este país siempre ha estado dividido en dos (...): por una parte los envidiosos y por otra los intolerantes»), Pedro Almodóvar rodó su mejor película hasta la fecha.

En Hable con ella demuestra que es un yonqui del riesgo, las curvas cerradas y los semáforos traspasados sin atender a su color encarnado; empeñado sin descanso en convencerse a sí mismo de algo, empecinado en superar su estilo –importante corsé que revienta constreñido por sus propias limitaciones en Kika (1993)– y ganarse una más que merecida libertad. Que su cine, en suma, es consustancial al exceso, que sus personajes increíbles se trocan verosímiles por obra y gracia de su mirada. Esta es una característica quizás apuntada en alguna de sus películas anteriores, pero que no alcanza verdadera altura poética hasta esta nueva etapa emprendida de ocho años a esta parte. Un lapso de tiempo en el que ha tomado conciencia de su oficio y lo defiende con las armas del mismo: pasión, sí, pero transmitida con virtuosismo.

Si a alguien que todavía no hubiese visto la película le contase de manera telegráfica la trama de la misma, creería irremisiblemente que le estoy tomando el pelo. Aunque después de Todo sobre mi madre (1999), quedó claro que Pedro es capaz de trocar esa sensación de incredulidad, ridículo y algo de vergüenza ajena en genuina emoción.

A la altura, pues, de la Cecilia Roth de esta última estaría el Javier Cámara de Hable con ella. Enfermero prisionero de su dedicación, mártir vocacional, alma sensible y algo reprimida, voyeur de vidas ajenas que renunció tiempo atrás a vivir la propia. Misionero sin nadie a quién alfabetizar, vaga cargado de ambigüedad por las dependencias de un hospital impoluto, aséptico lugar donde aparcar a los no vivos hasta que dejen de alterar el electroencefalograma.

El bonachón e introvertido Benigno cometerá uno de los delitos más detestables que imaginarse pueda (violar a una mujer inerme), transformando con todo este acto atroz en un sublime sacrificio de amor; entrega compleja, recriminable, alocada, tan ingenua como punible. ¿Cómo se las apaña Almodóvar para que la partida de Gollums que pueblan sus films nos acaben resultando entrañables, dignos de conmiseración? Todavía no conozco el secreto. Para este caso en concreto, resumía su quehacer con lacónicas palabras: «mezclo algunos hechos sacados de crónicas periodísticas con el recuerdo personal de un gran amor».

De hecho, escuchándole hablar de cine –demostrando, siempre que tiene la menor ocasión, su incuestionable cultura cinéfila: Pasolini, Visconti, Antonioni, Truffaut, Godard o Bergman–, de sí mismo o de sus personajes, me sigue causando cierto repelús esa manía suya de supeditarse a... lo que la mayoría espera oír de él. Como tantos otros directores, parece que se divierta tomándonos el pelo, haciendo chistes privados reídos –¡por la cuenta que les trae!– por su siempre resplandeciente casting. Es consciente de que él forma parte inseparable del producto. Y cree saber venderse bien. ¿Acaso se equivoca?

Sensaciones encontradas. Me sincero conmigo mismo: cuánto más pienso en Hable con ella más rocambolesca me parece, aunque subraye y encuentre muy acertadas las acotaciones de otros críticos. «Hable con ella se concentra en la comunicación entre los sexos y, más inquietantemente, en las consecuencias del fracaso de la comunicación» (2).

¿Qué puede ver una torera en el periodista argentino incorporado por Darío Grandinetti? Algo nos dice que esa relación no prosperaría de ninguna de las maneras, como la de Benigno con Alicia. (En el mundo de ahí fuera, quiero decir, a mil millas de la ficción cinematográfica). Amores imposibles donde, para variar, son los hombres los que aguardan en vano. «Almodóvar habla de dos parejas heterosexuales (...) pero a la vez anormales. Es que las dos mujeres están como muertas, y los dos hombres se comportarán a lo largo de la trama con el estereotipo que la sociedad hace de las mujeres: se mostrarán desbordados por los sentimientos, llorarán a moco tendido, serán solidarios en la desgracia» (3).

En los últimos films de nuestro director más clásico -no debemos confundir la "modernez" pretendidamente rompedora de sus tramas con la deliciosa carga formal con que las cuenta- se multiplican los personajes y sus formas surrealistas de interrelación; sin llegar nunca a ser corales, el baile de media docena de personajes disputándose amores y recuerdos termina, tras carambolas a tres bandas, en empates o tablas, sin ningún claro vencedor.

La gran paradoja consiste en que los personajes de Almodóvar acostumbran a lograr sus objetivos, saciando en mayor o menor grado sus apetitos animales. Efectivamente: se acuestan con sus idolatrados espejos, consuman venganzas transformistas, se encuentran a sí mismos o se liberan de compañeros/as mediocres.

Y como le ocurre a Benigno, el trayecto resulta estéril. Aquello que se ama queda inmediatamente destruido una vez que se posee. Bien porque esta acción no sea comprendida por una sociedad ajena a los matices o porque la efímera belleza quede aplastada, marchitada, deshojada tras el apretujón de la pasión. «Las leyes condenan al que ama». El enfermero ya tiene sus dos alas y abandona este mundo de una honrosa sobredosis, purificador chute con el que esperaba reunirse con Alicia, compartir catatonia, inconsciencia... paz.

Quijotes que se pintan los labios, Sanchos que esnifan en lavabos diseñados por Lichtenstein, Madames Bovarys sin complejos de culpa, Segismundos que recitan monólogos antes de acostarse con sus clientes. Almodóvar es –como el Tim Burton que abordamos hace unas semanas– un protector de especies en vías de extinción, un naturalista aficionada a coleccionar las flores del mal.

(1) A ún se recuerda la inexplicable maniobra de la Academia española, ninguneándole la posibilidad de representarnos en la ceremonia de los Oscars como mejor película extranjera.

(2) Allinson, Mark. "Un laberinto español. Las películas de Pedro Almodóvar". Colección Ocho y medio. Pág. 114.

(3) Polimeri, Carlos. "Pedro Almodóvar y el kitsch español". Serie Intelectuales, colección De Ideas. Pág. 115.