LABERINTO DE PASIONES (1984)  
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Sumario
Por Susanna Farré
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

No me dejes

El cine que se produjo durante la etapa de la transición democrática en nuestro país se caracterizó por una búsqueda de la libertad creativa e ideológica que había faltado durante los años de la represión franquista. Los cineastas se volcaron en plasmar en sus filmes aquellos aspectos que les inquietaban sobre la nueva realidad que se estaba viviendo en nuestro país, así como también dedicaron sus esfuerzos a revisitar con nuevos y renovados puntos de vista la historia oficial que tanto se había visto manipulada durante los años precedentes. En medio de todo este panorama de renovación temática, estilística y formal, algunos directores crearon obras caracterizadas por la desinhibición total de temas que hasta el momento eran objeto prioritario de los censores. Temas como el sexo en cualquiera de sus variantes, las drogas, la prostitución o la delincuencia fueron la nota común de algunas de las obras de cineastas como Vicente Aranda, Jaime Chávarri, Ventura Pons, Eloy de la Iglesia o... Almodóvar.

Pedro Almodóvar inició su carrera cinematográfica durante los primeros años de la transición, con una serie de cortometrajes realizados en 8 mm en los cuales ya se adivinaban los rasgos más destacados de su filmografía posterior. Algunos de los títulos de estas primeras obras daban idea del espíritu provocador que caracterizaría al futuro realizador: Dos putas o una historia de amor que termina en boda (1974), La caída de Sodoma (1975), Sexo va, sexo viene (1977), Folle... folle... fólleme Tim! (1978).... Su primer largometraje, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), rodado en 16mm con muy pocos recursos fue una obra muy mal recibida por gran parte de la crítica y del mundillo cinematográfico en general, debido no sólo a las evidentes carencias formales y narrativas que poseía el film, sino también a la voluntaria negativa que con este film mostraba Almodóvar hacia cualquier tipo de compromiso crítico o de denuncia hacia la represión cultural, social e intelectual que se había sufrido en los años anteriores, y que era la nota dominante en la mayoría de obras consideradas "respetables" de este nuevo cine español posterior al franquismo. Pese a este mal recibimiento, la primera obra de Almodóvar consiguió que un sector de la crítica la considerase como obra de culto, innovadora en muchos aspectos, y esto propició que su siguiente largometraje fuese respaldado económicamente por los propietarios del cine Alphaville de Madrid, en el cual Pepi, Luci, Bom...se mantuvo en cartel durante cuatro años.

Laberinto de Pasiones (1982), segundo largometraje del director manchego, contaba con un presupuesto mucho mayor que el primero, y con un guión también más elaborado –aunque igualmente carente de calidad– obra del mismo Almodóvar. Esta historia, al igual que ocurría en su película anterior, era una historia alocada y desenfrenada en la que la lógica de las situaciones o la verosimilitud de lo narrado quedaba muy lejos de cualquier correspondencia con una posible realidad, al menos en lo que al contenido de la historia principal se refiere. El guión narraba las aventuras y desventuras amorosas de Riza Niro (Imanol Arias), el hijo del Sha de un país llamado Tirán , el cual vive en Madrid de incógnito y es perseguido por una red de terroristas islámicos que pretenden secuestrarlo. Riza, pese a su condición inicial de homosexual, se enamora de una chica ninfómana llamada Sexilia (Cecilia Roth), y entre ellos se establece una historia de amor que los "redimirá" de su anterior vida en la que el sexo era la perdición de ambos.

Lo interesante de Laberinto de Pasiones no tiene nada que ver con su calidad formal o narrativa que, todo hay que decirlo, dejan mucho que desear (aspecto extensivo a estas primeras obras del período de iniciación del realizador hasta mediados de los ochenta). Lo que hace de esta obra un producto a tener en cuenta es su valor como documento de caracter social. Almodóvar se había trasladado a la capital desde un pueblo de Cáceres cuando era aún muy joven, contando tan sólo dieciséis años. Pedro conoció en Madrid y Barcelona –donde viajaba a menudo– a todo un grupo de gente relacionado con la llamada "movida" madrileña de aquel entonces: diseñadores, artistas de cabaret, rockeros, prostitutas, realizadores de cortometrajes, drogadictos, travestis... y toda una cohorte de personas que le hicieron vivir de lleno la efervescencia cultural y estética que se estaba produciendo en la capital en aquellos años. Madrid era una ciudad moderna y esta era la imagen que trataba de mostrar parte de su juventud para abrir las puertas que tanto tiempo habían estado cerradas al mundo exterior. Este es el panorama que aparece representado en el film, el cual se convierte, por encima del insustancial contenido narrativo y formal, en una interesante muestra de los cambios sociales que se estaban llevando a cabo en la sociedad madrileña del momento. Como contrapartida a las películas que reflejaban el lado más duro y amargo de la juventud, por ejemplo las obras que en estos años realizaron José Antonio de la Loma o Eloy de la Iglesia, Almodóvar plasmó en su film una juventud desenfadada y totalmente liberada de cualquier atadura a ningún código moral o social. Por el film van desfilando una serie de personajes variopintos, la mayoría ficticios pero otros realmente pertenecientes a la "movida", como ya había sucedido con Pepi, Luci..., en la que la cantante Alaska aparecía junto a sus compañeros Pegamoides. En Laberinto de pasiones la caótica situación dramática sólo es una excusa para servir de enlace a todo un caleidoscopio de situaciones y personajes con los que Almodóvar daba rienda suelta a su imaginación más desbordada. El mismo realizador ha sido siempre contrario a que se le defina en sus inicios como un director trangresor, ya que según él, esta definición implica un respeto a las leyes que él no comparte para nada (1). Transgresor o simplemente provocador, lo cierto es que el primer Almodóvar fue un director totalmente comprometido con su propia realidad, la de una juventud que no buscaba ningún tipo de reivindicación política ni de denuncia social y que olvidaba el pasado para intentar construir un futuro libre de condiciones y ataduras morales. Una juventud que trataba de vivir la vida de la manera más hedonista posible, disfrutando de los placeres al máximo y llevando al extremo sus locuras más desenfrenadas. Almodóvar se ríe abiertamente de todo, para él no existen barreras que delimiten lo que es moralmente correcto o lo lo excede. Así, se permite liar a un padre con su propia hija, representar en una sesión fotográfica el goce sádico de un travesti mientras es masacrado con un taladro o plasmar toda una serie de situaciones que resultarían, sin este tratamiento desenfadado y divertido, de lo más grotesco. Almodóvar pertenecía y contribuía a esta cultura underground, y así lo hace explícito el hecho de que aparezca en algunas escenas de estos primeros films representando algún show o actuación. En este caso lo hace como fotógrafo sádico y como cantante transvestido, en uno de los números musicales de la película que, aunque se hagan demasiado largos y no contribuyan para nada a mejorar un ritmo global totalmente incontrolado, son un buen ejemplo de este retrato social que hemos comentado.

Laberinto de Pasiones es con todo lo dicho una película cuanto menos curiosa desde un punto de vista sociológico. Dejando a un lado cualquier valoración estética o formal que haría de ella una obra totalmente inaceptable, no hay que negarle su importancia como reflejo de una realidad, aunque sea parcial, que se estaba viviendo en el Madrid de los primeros años ochenta. Almodóvar se sirvió del cine para manifestar el espíritu anárquico y rebelde que buscaban unos cuantos en la decompuesta estructura social que había quedado tras los años de represión vividos anteriormente. No se trataba de realizar una obra comprometida o reflexiva socialmente, sino de plasmar a través del cine el espíritu de libertad total que algunos trataban por todos los medios de convertir en su filosofía de vida. Almodóvar, como partícipe de esta realidad, trató de comunicar este hecho por medio de sus primeras obras, convirtiéndose con ello en un director admirado y rechazado a partes iguales, sólo respetado en aquel entonces por los que ya veían en él, tras la imagen frívola y superficial que parecía mostrar, un director de talento que iba a cumplir un papel de primera línea en la historia de nuestro cine.

(1) POLIMENI, Carlos. Pedro Almodóvar y el Kitsch español. Ed. Campo de ideas, Madrid, 2004, p.62