¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO? (1986)  
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Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

¡En pie, marujas de la tierra!

«El neorrealismo italiano para mí es una de las subdivisiones del melodrama: se le añade al sentimiento una gran conciencia social. Además le quita al melodrama su parte más artificiosa y lo vincula con la realidad. En esta película le quito al neorrealismo sus elementos más melodramáticos y los sustituyo por humor negro.» Pedro Almodóvar (1).

En la filmografía del favorito de Hollywood –¡y que dure!– se aprecia un innegable traspiés creativo que abarcaría desde su ruptura con la Maura (junto con las también frecuentadas Victoria Abril y Rosa María Sardà, grandes damas del cine de acá sin sucesoras de entidad hasta la irrupción de Adriana Ozores) y que concluiría –dicha crisis– con la progresiva sublimación de su estilo, apuntada en Carne trémula (1997) y refrendada con Todo sobre mi madre (1999).

Y viendo películas como la presente se entiende hasta qué punto debió de ser importante esta mujer en los planteamientos vitales no tan solo creativos del propio Almodóvar. Estamos hablando de una actriz auténticamente dispuesta a todo, generosa y desprendida, poseedora de una confianza ciega en su confidente y -se adivina- amigo tras las cámaras. En cada película fueron un pasito más allá, moldeando un prototipo femenino fuerte, montaraz y bizarro. No pierdo la esperanza de volver a verlos trabajar juntos, aunque dos egos tan grandes sean siempre poco compatibles.

Y de partida, no puede haber un papel más anti-glamouroso: ama de casa a punto de volverse tarumba perdida entre las cuatro paredes de su cocina, penitenciario grasiento por donde se pasean zumbando el marido, un par de hijos con vocación de marginales, la suegra y una vecinita tan puta como honrada.

Una desgraciada que, sin embargo, provoca nuestra hilaridad. Algo que le sorprendió a la propia Carmen Maura: «¡Qué cruel es el espectador! ¿Cómo puede reírse de todas las desgracias que rodean al personaje? Convierte al personaje en una doble víctima, porque tiene una vida difícil y además la reacción del espectador la convierte en una víctima mayor» (2). Sí, volviendo a ver ¿Qué he hecho yo... muchas de las situaciones recordadas con regocijo y aroma de carcajada, me han resultado dolorosamente despiadadas. (Moraleja: hacerse viejo le resta a la vida su dimensión lúdica. ¡Crezcan, pero no se hagan mayores!)

El comienzo, con algo de fantasía onírica, sitúa a nuestra Carmen de España remangada y 'arrastrá', inmersa en la limpieza de un gimnasio muy in donde se practica un arte marcial ideal para yuppies estresados nostálgicos de Shaolin y David Carradine caminando descalzo por las dunas. La repentina pero significativa transfiguración que sufre la "fregoína" incluye fantasía erótica con posesión en las duchas por un desconocido bien parecido, golpeo repetido del aire con estructura penética y ensayo, en definitiva, del garrotazo mortal que asestará en breve con genuina furia. Funciona este prólogo, digo, como auténtico flash forward de lo que se avecina, anticipo del drama que se desencadenará entre guisos y frituras.

Y es que las cárceles del alma de la mística avulense no eran sino espaciosos jardines del Edén en comparación al ambiente represivo en el que malvive esta auténtico monja de clausura sin oficio ni beneficio reconocido. Casada con un tipo despótico obsesionado por el buen yantar, profesional del volante más pendiente de la música teutona que le retrotrae a los recuerdos de emigrante en los tiempos de las dos Alemanias. La madre del susodicho (Chus Lampreave, defendiendo un personaje ya clásico dentro de sus colaboraciones con Pedro), petarda santurrona y rácana a la que parece comprender mejor un hijo emporrado y chungo. Sí, porque el par de churumbeles tampoco tienen desperdicio: el uno, un efebo que hubiese traído por la calle de la amargura al Ascilto y Encolpio de El Satiricón; el otro, un autodidacta de las toxicomanías dispuesto a probar cualquier cosa que le permita evadirse un rato de tan encantadora familia.

Rodeada de gente y, sin embargo... ¡tan sola! «La mujer de ¿Qué he hecho yo para merecer esto! está tan sola que verdaderamente sus únicos compañeros, los únicos elementos presentes a lo largo de toda su jornada son los electrodomésticos» (3).

Por si esto fuese poco, aparece de vez en cuando en su puerta una vecinita cañón y cortesana, única ligazón de esta pobre mujer con el mundo exterior, lo de "ahí fuera". Su anodino tren de vida choca radicalmente con el de la meretriz extrovertida, aunque ambas tienen más puntos en común de lo que parece y eso se encarga de subrayarlo Almodóvar: las dos reciben dinero por un trabajo más o menos sórdido, aunque a la verdadera prostituta se le ve más contenta y con mayor vocación que a la ama de casa chuscarrada. Una de las dos, por lo menos, ha decidido conscientemente qué hacer con su vida.

Las pinceladas costumbristas se suceden, las vejaciones morales, la tortura psicológica a la que es sometida esta mujer va en aumento. En un arrebato perfectamente legítimo aplaudido incluso por un espectador más que cómplice a estas alturas, descalabra al sorprendido marido de un vengativo jamonazo en la testa, apunte castizo tan del agrado del manchego.

La posterior investigación policial tratará de poner en claro lo sucedido en esa estancia donde le ha ocurrido a nuestra protagonista todo lo bueno y todo lo malo: la cocina, se entiende. El chapucero crimen, la coartada de opereta, la pueril ocultación de pruebas... en cualquier film noir el pastel se hubiese descubierto al instante. De hecho, nuestra Juana de Arco de los fogones reivindicará alto y claro su autoría, mas de nada servirá: todos la hemos absuelto hace tiempo.

La soledad será, quizás, el único castigo que encuentre su acción. Asistirá paulatinamente a la disgregación de ese conglomerado de consanguinidades que sólo ella sostiene en imposible equilibrio merced a un sacrificio callado, martirio asumido sin peros ni porqués. La apresurada independencia de unos adolescentes en fuga, la vuelta de la suegra al pueblo... abandonada, sin ninguna de las razones que justificaban su triste existencia.

El milagro final (oportuno retorno del hijo pródigo que evita su salto al vacío) no es más que una prórroga, un añadido para una mujer desamparada incapaz de vivir con y sin su familia. Un homenaje encendido e incendiario a tantas y tantas marujas, epíteto despectivo con el que olvidamos a madres y mujeres anónimas que dejaron de ser para que otros fuesen.

«El español se defiende a base de humor de las cosas que le dan miedo, que le hacen sufrir, se defiende de la muerte». Pedro Almodóvar.

(1) "Pedro Almodóvar: un cine visceral", conversaciones con Frédéric Strauss. Ediciones El País Aguilar. Colección Visto y Leído Pág. 60.

(2) Íbid, pág. 59

(3) Íbid, pág. 63