| BAJOS FONDOS (Donzoko, 1957) |
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Los miserables"No soy una persona especialmente fuerte; no estoy especialmente dotado. Simplemente no me gusta mostrar mi debilidad, y detesto perder, por lo que sólo soy un individuo que intenta las cosas". Akira Kurosawa. Cada vez que termino de ver una película de 'el Emperador', una duda razonable me asalta. El motivo por el que me parece el más dotado y talentoso de los directores nipones... ¿no será, digo yo, porque sus historias abordan temas muy cercanos / queridos por esta mentalidad occidental mía (comparado con los Mizoguchi, Inagaki, Shindo o Kobayashi)? ¿O será, sin más, que están rodadas por alguien educado en el clasicismo cinematográfico, despertando mis filias más irracionales? ¿Qué convierte una película de Akira en una suya y no -si, estoy fantaseando- en un plato combinado entre Ford y Chaplin? No lo sé. Pero tampoco creo que su estilo sea particularmente inconfundible: a lo largo de diversas épocas se observa alternancia de intereses, enfoques casi contradictorios y, en ocasiones, sumamente arriesgados, a contracorriente de tendencias o modas (véase la desubicada Dodes'ka-Den (1970), batacazo doloroso del que tardó cinco años en recuperarse). Lo que hace de un Kurosawa precisamente eso -¡un Kurosawa!- me atrevería a decir que es... el tema. La intención. Ese sentimentalismo corajudo, propósito que se troca huero e impostado entre las manos de otros directores menos cualificados (Tornatore, Garci). Déjenme seguir con este estúpido juego de fusiones. ¿El eslabón perdido entre Renoir y Rossellini? Humanismo y didactismo expresados de manera llana, sin acentos poéticos innecesarios. Reflexiones sobre la miseria de la condición humana, tema también favorito de sus escritores de cabecera (Shakespeare, Gorki, Dostoievski). Sus adaptaciones son fieles y libres a un tiempo: modélicas en su respeto al original, irrefutables en sus licencias. Y sin embargo, eso no es todo Kurosawa. Akira tenía –por encima de otras muchas cualidades– un don sin igual para rodar escenas de acción e incluirlas de manera coherente en tramas densas, adultas, complejas (Rashomon (1950), Barbarroja (Akahige, 1965)). Un coreógrafo que tuvo la suerte –como Donen con Gene Kelly– de contar con un bailarín formidable: Toshiro Mifune. A Los bajos fondos se había asomado ya un tal Renoir en 1936. La obra conoció también su adaptación teatral (corría el año 1902), estrenándose en Moscú. Gorki, él mismo de origen muy humilde, narró –o mejor dicho, denunció– las miserias y penurias de las clases bajas en la Rusia de los Zares, «introduciendo en la literatura rusa el tipo del vagabundo, el desheredado, el "exhombre" (como él lo bautizó), personaje lleno de humanidad y optimista ante la desgracia». (1) Decir que Los bajos fondos es un film opresivo o claustrofóbico sería una obviedad –¿y qué no lo es?–, pero una obviedad necesaria. El 60% de su metraje se desarrolla entre las cuatro paredes de una barraca subarrendada, punto de encuentro de desarrapados, fracasados de diverso grado y talante. Actores alcohólicos que ya olvidan sus recitados, tahúres que nunca disfrutaron de una buena baza, ex samuráis que tuvieron que acudir al prestamista con la katana bajo el brazo, enfermas terminales entendidas como estorbos por cónyuges mostrencos, prostitutas románticas que no cesan de inventarse historias de amores imposibles... "la casa de tu vida", vamos. El plano con el que arranca la película es fulminante, ejemplar por su concisión y crudeza: vemos como tiran basura y deshechos varios desde lo alto de una loma, cayendo estos sobre los tejados de nuestro micromundo, ciénaga infecta donde se pudren hombres en su apariencia, fieras en sus actos. ¿Por qué permanecen atados a este lugar, extraños prisioneros de unas circunstancias que nunca quedan del todo claras? Diríase que algo les retiene en este albergue de la séptima infelicidad, Chuck-a-luck donde refugiarse de una justicia difusa. Como si no se acabasen de creer que en cualquier lugar estarían mejor que allí, temerosos del cambio y de la incertidumbre inicial que este acarrea. Apenas se aventuran a dar unos pasos por la corrala, para volver acto seguido a refugiarse en su hoyo, tras la cortina de harapos donde rumian sus iniquidades. No existe ni el proverbial compadreo entre la gente del lumpen: Kurosawa –optimista recalcitrante e inasequible al desaliento– se acerca más que nunca al Buñuel nihilista de Los olvidados (1950): la miseria es tierra abonada para la maldad, el egoísmo y la envidia. La ley del más fuerte sin Fassbinder para ejercer de juez. Y el gallo de este corral es -premio para quién lo acertó- Toshiro Mifune. Un tipo guaperas y sobrao que ejerce de gigoló de una casera tan descontenta como ruin (Osugi). El problema será que esta tiene a su vez una hermana más joven (una tal Okayo), auténtica rosa rodeada de cardos y malas hierbas. Por momentos parece que el amor –esa fuerza "todopoderosa" invocada en tantas, tantas obras de ficción– acabará imponiéndose, amnistiando a los únicos personajes salvables, no del todo vaqueteados. Kurosawa decía: «estoy convencido de que la exposición sincera de una verdad íntima hace vibrar siempre la sensibilidad del público» (2). El acicate para esta relación es una peregrino, un anciano monje que está de paso y asiste al carnaval de los animales curado de espanto, con la mirada educada en la fugacidad de las pasiones humanas. Pero no, nada de eso. Un epílogo inmisericorde dejará bien claro que estamos ante irredimibles, auténtica escoria obnubilada por los efluvios del alcohol y la mala fortuna. El único momento de cierta comunión, de confraternización entre los miembros de la casa, de evasión y pasajera felicidad se verá interrumpido por la noticia del suicidio de uno de ellos. Un personaje estupidizado se lamentará directamente a cámara: «vaya, nos ha jorobado la fiesta». Terrible colofón para una película teatralizada en exceso aunque magníficamente interpretada, demostración palmaria de que las acometidas menos logradas de Akira eran, con todo, notables ejercicios de esgrima cinematográfico. (1) Martínez Cachero, José. "Diccionario de grandes figuras literarias". (2) Sánchez, Sergi. "Akira Kurosawa. El silencio y la furia". |