| DUELO SILENCIOSO (Shizukanaru Ketto, 1949) |
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Un mundo rotoSituada entre El ángel ebrio y El perro rabioso, Duelo silencioso es la adaptación de una obra teatral contemporánea que describe la dolorosa situación de Kyoji Fujisaki (Toshiro Mifune), médico de campaña en la Segunda Guerra que es accidentalmente contagiado de sífilis durante la intervención a un paciente infectado. Su enfermedad, no curable en la época en que transcurre la acción (1946) determina su decisión de cortar con su prometida y volcarse en el trabajo. Kyoji, que oculta el motivo de su decisión tanto a su prometida como a su padre (Takashi Shimura), deberá enfrentarse solo al dolor de su pérdida como a la continua duda acerca de si su decisión es la acertada. Duelo silencioso es un potente y sobrio melodrama, por encima de la media de calidad de los melodramas americanos contemporáneos. Se inicia con un claro estilo expresionista, con un uso de luz y sonido muy acertados y evoluciona hacia un estilo naturalista que refuerza la intensidad de este drama íntimo. Al inicio, sombras y rejas acorralan a los protagonistas, en concreto a Kyoji, tanto en los barracones militares como en su clínica. De la misma manera, Kurosawa recurre al uso de sonidos intensos (camiones de carga, ferrocarril) para intensificar la tensión dramática. De esta manera, el director consigue sumergirnos en el drama con una precisión excelente. La tensión conseguida en la escena inicial es modélica: a unas imágenes de lluvia estrellándose contra un suelo embarrado (sobre las que aparecen los títulos de crédito) le sigue la forma agotada del médico, tratando de descansar entre operación y operación. Al iniciarse la intervención, Kurosawa elabora un juego de luces y sombras sobre el campo quirúrgico y la sala de operaciones que se complementa con el ruído de las goteras cayendo en las palanganas y primeros planos desenfocados de las lonas combadas por el viento y la lluvia. La intensidad resultante de la escena, culminada con sobriedad, casi en anticlímax, en la escena del corte, se mantiene mediante recursos expresionistas en tanto el médico ve confirmado su temor de contagio. Transcurridos dos años, Kyoji vive su drama interior. Kurosawa, posiblemente utilizando la construcción teatral a su favor, evita al máximo los exteriores y centra su visión del drama en este microcosmos. A la par que otorga a la historia un tratamiento más naturalista, utiliza los espacios de la clínica para representar las áreas de un conflicto, exteriormente parco en expresividad. Recurrirá tanto al travelling para situarnos en este microcosmos, como la profundidad de campo para definir los espacios propios de cada uno y la relación entre personajes. De esta manera, vemos a personajes distanciados por una pared (Misao y Kyonosuke, novia y padre de Kyoji, se descubren uno a otro a través de una ventana); observaremos la evolución de Rui, la chica de alterne que inicialmente aparece en segundo plano en la sala de estar de los médicos (en tanto no se implica en el drama y mantiene una desdeñosa distancia hacia los mismos que la acogen) y que más adelante compartirá protagonismo en el mismo plano; situa buena parte de las conversaciones de Kyoji y Misao en la sala de esterilización dónde se reúnen en interludios amargos; delimita un parco dormitorio de las enfermeras, que desaparece al aumentar el protagonismo de Rui, que compartirá escenas con Kyoji. Y, básicamente, trabajará el travelling en el pasillo (por encima de la sala de hospitalización, el despacho o el prácticamente invisible quirófano) dónde se producen buena parte de las (forzadas) relaciones o descubrimientos: en el pasillo se muestra la capacidad humana de Kyoji para con sus pacientes, desde el pasillo Kyonosuke sabrá de la enfermedad de su hijo y desde el pasillo Rui descubrirá su error y reconocerá su egoísmo. También en el pasillo se confrontarán la evolución a positivo de Rui con el drama de Tayiko, la mujer de Nakada, el enfermo, y, finalmente, el propio Nakada, presumiblemente afecto de tabes y demencia, caerá derrotado ante sí mismo y los que le envuelven. El tiempo pasa (la floración de la planta enredada en la reja lo evidencia tanto como el estado de ánimo de los protagonistas) y Kyoji renuncia, con gran dolor a una vida normal. En una sentida y a la par dura y sobria escena lamenta tanto la posibilidad de una vida perdida con Misao como la falta de sexo. Significativamente, las escenas de exterior se han reducido y Kyoji sólo aparece fuera de la clínica en la escena de la comisaría y en las sórdidas entrevistas en interiores con Nakada. Al final de este drama interior, Kyoji renuncia definitivamente a Misao. Pero, en lo que a él se refiere, se trata de un final en suspenso. Tras la catarsis de su enfrentamiento con Nakada, Kyoji sigue su rutina. No parece poder hacer otra cosa. No se plantea si habrá solución para su enfermedad ni para su vida. Pese a los comentarios de otros personajes, no se intuye que su abnegación tenga reconocimiento o consecuencias positivas para él. En un Japón arrasado, millones de personas arrastran este Duelo silencioso. Más allá de las comparaciones con el actual drama del Sida, no podemos ignorar el infausto peaje que la sociedad japonesa pagaría tras sufrir la irradiación de la bomba (y que Imamura recogió en su obra maestra Lluvia negra). Misao, el Japón clásico, encerrada en su misma y en sus tradiciones, seguirá adelante aun con un incierto destino. Kyoji, científico pero apegado a la moral tradicional que le condena por un pecado no cometido, seguirá pagando por ello. Ante esta sublimación de las emociones y drama interior, sólo Rui, personaje inicialmente roto y rechazado por la moral tradicional, se define como motor de la acción y en imagen de futuro que puede garantizar la continuidad de la sociedad japonesa, una sociedad quebrada. |