| LA LEYENDA DEL GRAN JUDO (Sugata Sanshiro, 1943) |
|
|
||||||||||||||||||
Aprendiz antes que maestroLa extraordinaria filmografía del genio Japonés que fue Akira Kurosawa no se merece el tratamiento que se le da en las televisiones de este país. Ni siquiera tras su muerte se emitieron películas de homenaje al maestro, a pesar de hacerse eco todas las televisiones en sus informativos. Con un cine de una calidad comparable y a menudo superior al mejor cine americano de su época, e igual de accesible en cuanto a formas y contenidos, es sistemáticamente ignorado por los programadores provocando el general desconocimiento e incluso el rechazo por parte del consumidor medio de televisión para el cual es sólo "uno de esos orientales que hace cine raro". Pero si algunas de sus películas como El ángel ebrio (Yoidore tenshi, 1948), Rashomon (Id., 1950), Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) y en general sus películas de aventuras con samuráis, o bien aquellas con más pretensiones como las maravillosas Los canallas duermen en paz (Warui yatsu hodo yoku nemuru, 1960), Barbaroja (Akahige, 1965) o Dersu Uzala (id., 1975) se pasaran por la televisión con la frecuencia de los clásicos americanos, la obra del japonés sería igualmente admirada y respetada, y con ellas seguramente la de los otros maestros japoneses como Yasuhiro Ozu, Kenji Mizoguchi o Masaki Kobayashi, además de los grandes de hoy en día. Pero no cabe duda de que antes de hacer estas grandes películas Kurosawa hizo otras bastante menos conseguidas, obras de aprendizaje con presupuestos ridículos debido a la convulsa época en que se inició en el cine (ya se sabe; la guerra, siempre la guerra). Muchas de sus grandes películas se ambientaron también en esta época, en parte hablándonos de la occidentalización de su país (emparentando su cine con el de Ozu), en parte describiendo los estragos de la guerra en la sociedad nipona, tema que abandonaría para resurgir nuevamente en sus últimos trabajos, pero en aquellos años los temas escapistas o propagandísticos eran lo único admitido por la maquinaria cinematográfica del imperio. Y dentro de estos géneros escapista y publicitario se podría incluir su primera película. La leyenda del gran Judo es un folletín. Un chico que no es nadie pero descubre el judo y se convierte en un maestro del "arte". Un día se enamora pero debe pelearse con el padre de la chica, mientras un malo trata de arruinarle la vida. Moralina y final feliz. Buenos muy buenos, malos malísimos, jóvenes virtuosos y virtuosas, padres adorables, historia de caída y superación desde la nada, y todos los lugares comunes que te puedas imaginar. También dista mucho de ser un prodigio técnico. Las escenas de lucha, por la falta de medios y personal especializado, están casi todas rodadas en off (los contendientes están agarrados, se salen de cuadro y uno aparece volando por los aires hasta estrellarse fuera de cuadro). Hay a veces desequilibrios en el interés de la narración, momentos de verdadera inocencia temática y estilística, personajes poco o mal construidos. Sin embargo hay también algunos puntos que la emparentan con la evolución posterior del director, como por ejemplo esa relación paterno-filial del maestro al alumno, aunque esta vez sin Toshiro Mifune haciendo de aprendiz de Takashi Shimura. Kurosawa no se centra en la acción y la lucha, así como no nos muestra el proceso de aprendizaje técnico del luchador, sino el proceso de maduración como persona, su educación desde la alocada e ignorante juventud hasta la conciencia de la propia responsabilidad. Su discurso intenta mostrar la importancia de la tolerancia, la paciencia, la comprensión, rayando lo "políticamente incorrecto" en la época en que se pedía una exaltación ultranacionalista, exaltación que está presente pese a que el director la encubre y deja en segundo plano, aunque su planteamiento resulte demasiado simplista. También aparece aquí ese gusto por el cine de época que con tanta maestría dirigió, aunque esta vez trocando samuráis en yudocas, y por el cine de aventuras que iría depurando hasta la soberbia los siete samuráis (yo aun no me creo que dure 3 horas y cuarto). Incluso algunos momentos más líricos, como el encuentro con la chica en las escaleras cuando descubre que ella es la hija de su contrincante, o la primera pelea en el puerto y la última en un campo de hierbas altas, rozan los grandes momentos que llenarían sus películas. Y los largos planos con travelings y panorámicas, junto con el montaje de planos cortos imponiendo un ritmo vivo, marca de estilo de la casa, ya están presentes en contraposición a la firma Ozu de planos fijos. Ozu que, por cierto, alabo grandemente esta película. La película resultó, a pesar de sus muchas carencias, o precisamente gracias a ellas, un éxito de público, agradando por igual al respetable y a los censores (que según parece cortaron alguna escena sentimental). De hecho tubo una segunda parte que, aunque no he visto, cuentan que es aun peor y de un nacionalismo mucho más exaltado que esta primera (curioso siendo como era Kurosawa de ideas muy izquierdistas, y ahí está Los canallas duermen en paz para atestiguarlo, pero la propaganda era una condición impuesta desde los estudios a los directores). Al menos este éxito le permitió continuar su carrera, que también gustó al ocupante americano tras la guerra, y de esta manera afianzó su cine para llegar a cotas de maestría que muy pocos más han alcanzado. Kurosawa aprovechó bien su etapa de aprendiz para llegar a ser maestro de maestros a la altura de Ford, Hitchcock o Bergman. |