MADADAYO (Madadayo, 1993)  
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Sumario
Por Antoni Peris
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

El largo adiós de Akira Kurosawa

Cuando Kurosawa intenta suicidarse en 1971 (por fortuna para él y para todos, sin éxito) tiene tras de sí una larga cadena de éxitos comerciales y artísticos. En su filmografía hay obras magnas de la categoría de Rashomon, Vivir, Los siete samurais o Barbaroja. Su cine, valorado en conjunto, no sólo ha cosechado reconocimiento película a película, sino que ha promocionado a nivel internacional la industria cinematográfica japonesa. Más allá de la estéril discusión acerca de su “occidentalidad” (1), lo cierto es que su reputación supera en lo que se refiere al público occidental a las de Ozu, Naruse o Mizoguchi. No obstante, nada de esto sirvió para evitar que Dodeskaden (1970), surrealista crónica de un barrio marginal narrada en desbordante color, fuera rechazada por público y crítica japoneses. Quizá cabría reflexionar sobre las causas y mecanismos de la caída en desgracia de un autor reconocido; pero la consecuencia de esta ceguera social y profesional ante una obra maestra fue la suspensión de los inmediatos proyectos del autor y, por así decirlo, su pérdida de crédito como creador.

Un largo adiós

Tras el intento de autolisis, Kurosawa tiene en su obra un paréntesis de cinco años hasta Dersu Uzala. El maestro tiene ya 65 años y se dudaba acerca de la continuidad de su obra. Distintos productores determinaron que no fuera así y, de manera intermitente, Kurosawa siguió dirigiendo grandes películas: Kagemusha (1980), Ran (1985), Sueños de Akira Kurosawa (1990), Rapsodia en agosto (1991) y Madadayo (1992). Pero todo tiene su impacto y, evidentemente, el peso de Dodeskaden y el rechazo sufrido se nota en toda la posterior creación de Kurosawa (quizás con la excepción de Kagemusha, obra encargada por dos fan nuevos ricos, Francis Coppola y George Lucas). Más allá de ejes temáticos, todas estas cintas forman parte de una prolongada despedida de Kurosawa. Madadayo, siendo la última, resulta la más emotiva.

John Huston, contemporáneo de Kurosawa, cerró su vida y su obra con The Dead (Dublineses, 1987), una conmovedora historia de amor perdido y sueños no realizados, aunque también una bellísima elegía a la levedad del ser. Kurosawa opta por cerrar su biofilmografía con un canto a la vida entregando un testamento vital que se erige en colofón del conjunto de obras previas. Madadayo recupera el tono de Dersu Uzala y del episodio del Pueblo de los Molinos de Agua de la película Sueños . Plantea una vejez integrada junto a las demás fases de la vida, optimista y creativa.

Madadayo narra la historia del profesor Hyakken Uchida, específicamente de su época de jubilado. Sin embargo, Kurosawa evita la narración clásica para centrarse, a través de tres o cuatro episodios, en los sentimientos, en las emociones. Uchida ha ejercido como profesor de alemán y ha sido maestro de varias generaciones de alumnos, de padres e hijos. Tras la guerra, decide retirarse y dedicarse a la escritura. Se evita contarnos el porqué de esta decisión. De hecho, con síntesis maestra, Kurosawa plantea ya en la primera y sencilla escena las relaciones del profesor con sus actuales alumnos demostrando como Uchida controla con profesionalidad a una clase desmandada y remite los actos de los estudiantes a los de sus padres, que fueron a su vez alumnos años atrás. De tal manera, Akira Kurosawa define a Uchida como un buen profesional, de talante humanista y tutor de varias generaciones (¿podríamos definir así al propio Akira?). Los alumnos, emocionados, le saludan con respeto al acabar la última clase.

Pero allí dónde acaban otras películas, Madadayo tiene su punto de partida. Pues, a partir de su retiro, los antiguos alumnos deciden tomar a su cargo las necesidades del profesor y le ayudarán, sucesivamente, en la instalación de su primera casa, en el traslado ulterior, en la adopción de un tercer domicilio y en la búsqueda de Nora, la gata perdida, entre otras actividades. Y, de entre ellas, la más destacable, la celebración de la vida, de la perseverancia, de la ilusión por la vida, el Madadayo. Madadayo, una expresión que, aproximadamente, significa “Todavía no… No quiero morir… No me resigno… Quiero seguir”.

Como los budistas, Uchida y el propio Kurosawa plantean la vida como un aprendizaje. Un aprendizaje que han seguido los personajes de buena parte de las historias de Kurosawa: Murakami en El perro rabioso, Watanabe al fin de sus días en Vivir, Kikuchiyo y Katsushiro en Los siete samurais, Yasumoto en Barbaroja y Arseniev en Dersu Uzala.

El mundo como escuela

En Madadayo, no obstante, el protagonismo corresponde básicamente al maestro. Kurosawa, a sus 82 años, y Uchida comprenden que la vida es la mejor lección y se esfuerzan por transmitir respectivamente esta idea a sus espectadores y alumnos. Los alumnos de Uchida y sus familias (esposas, hijos, incluso nietos) veneran al profesor y aprenden más allá de las cuatro paredes de la escuela conocimientos esenciales. En las fiestas Madadayo, amigos y alumnos del profesor ríen, lo elogian y se burlan, por así decirlo, del propio diablo. Él, por su parte, repite la fórmula e ingiere un gran vaso de cerveza antes de concluír ¡Madadayo!, ¡Todavía no! Y Kurosawa, a la vez maestro y alumno, nos recuerda a todos también que la vida es la mejor lección, tal vez la mejor película

Allá dónde Ran representara (entre miles de ideas) el fracaso vital, el naufragio de toda una vida, la ruina de propios y extraños, por la incapacidad de amar, de atender las necesidades de los demás, Madadayo es el grito de la alegría por la vida, la ilusión por un esfuerzo enriquecedor, el crecimiento profesional y personal…

Kurosawa mantiene el tono jovial a lo largo de toda la película. Sabía que ésta podía ser su última cinta y, pese a las sombras de tristeza, se esforzó en transmitir una idea positiva, optimista, a través de ella. Al valorar el cine de Kurosawa aparece siempre el tópico de su humanidad, pero es un tópico plenamente justificado. Y es plenamente justificable la autoindulgencia con que Kurosawa trata a Uchida por que, en definitiva, se está mirando a sí mismo.

Al final el longevo profesor padece un síncope durante un Madadayo. Velándole, los alumnos fieles (ahora ancianos como él) oyen como Uchida entona en sueños el Madadayo. Se resiste todavía, hay ansia de vivir. Pero, inesperadamente, Kurosawa introduce una escena onírica (¿tal vez una confesión?) digna de Sueños . En ella un infantil Uchida corre en el campo a esconderse de sus amigos. Ellos gritan si pueden buscarle, mientras él escoge escondite. ¡Todavía no!, responde en varias ocasiones mientras el cielo adquiere un tono surreal, psicodélico. Finalmente el pequeño Uchida encuentra un lugar dónde ocultarse pero no grita ¡Ahora! Dersu encontró su trágico final en el mundo dónde quiso vivir, Uchida llega al suyo tras haber dado al prójimo todo lo que podía ofrecer; pero el mundo es una escuela y siempre hay algo nuevo por aprender.

Akira Kurosawa se retiró con esta bellísima cinta y dejó de gritar Madadayo tras darnos ejemplo de profesionalidad, honestidad y, digámoslo una vez más, de humanismo.

(1) Cabría recordar que pese a su “japonesidad”, Ozu está más próximo a Dreyer, Bresson (como Paul Schrader teorizó) e incluso a Tati que al conjunto del cine japonés. Determinados melodramas de Mikio Naruse, por su parte, pueden valorarse como más occidentales que el conjunto de la obra de Kurosawa.