RAPSODIA EN AGOSTO (Hachi-gatsu no kyôshikyoku, 1991)  
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Sumario
Por Javier Castro
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Cuentas con el pasado

Akira Kurosawa no quiso terminar su carrera sin ajustar cuentas con el pasado de su país. En la época de posguerra había tratado las secuelas de la guerra en Japón de forma indirecta, como telón de fondo de muchas de sus películas, como El perro rabioso (Nora inu, 1949), El ángel ebrio (Yoidore tenshi, 1948) o El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963). Pero nunca había entrado directamente en el tema de la guerra y sus secuelas. Lo dejó para sus dos últimas obras, la que ahora me ocupa, rapsodia en agosto y su obra póstuma, Madadayo (Id. 1993). Sabiamente, Kurosawa debía tener la certeza de que para valorar las cosas importantes era mejor dejarlas reposar.

De las dos, la que más se involucra en ello es la primera. Pero no se trata de una película que culpe o eche en cara nada a nadie. Bueno, tal vez en algún momento, y siempre justificadamente. Se trata más bien del reconocimiento de un hecho: hay que aprender a vivir con el pasado, y mirar hacia el futuro. Y Rapsodia en agosto es, en ese sentido, una historia de comprensión a la vez que de asunción de los hechos que marcaron la vida de unas gentes afectadas por el infierno nuclear. Que no se puede vivir de espaldas al presente por los hechos del pasado, pero que tampoco se puede olvidar, como condición para no repetir lo ya vivido.

Kurosawa nos cuenta con extrema sensibilidad la relación de cuatro muchachos y muchachas, poco más que unos niños, con su anciana abuela cuyo marido murió en el ataque a la ciudad de Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Ella cuida de ellos mientras los padres están de viaje a Hawai para conocer a una parte de su familia que emigró allí a principios de siglo. La abuela les cuenta historias de su juventud, antes y durante la guerra, mientras ellos aprenden por su cuenta en sus visitas a la ciudad.

También es Rapsodia en agosto una descripción de los cambios sufridos por el país tras la guerra, de cómo ha cambiado en una sola generación la mentalidad y la forma de ver la vida. Desde la tradición representada por la abuela, pasando por la adaptación más o menos conseguida de la generación de los que nacieron en la época de la guerra, a los cuales Kurosawa dedicó parte de su obra anterior, la más emparentada temáticamente con coetáneos y maestros suyos como Ozu, hasta la plena modernidad cuasi-occidentalizada de los niños protagonistas.

Estos aspectos la emparientan con esa joya de Shohei Imamura titulada Lluvia negra (Kuroi ame, 1989) , muy cercano precedente que también efectúa un recorrido por la historia del Japón post-nuclear y sus secuelas, aunque prestando más atención al hecho mismo del bombardeo. Un precedente realizado por un autor, Imamura, en plenitud creativa (al contrario que Kurosawa, que ya se encontraba en horas bajas, aunque sin desmerecer de su mejor época), pero de un humanismo y sensibilidad similares a los del maestro.

Y otro aspecto muy didáctico es la representación de la relación que mantienen los japoneses con los occidentales, en concreto con los americanos. O más bien el concepto que tienen de nosotros. Resulta muy curioso observar como en el año en que se realizó esta película, 1991, en plena era de la información y con muchísimos cauces para conocer y comprender la manera de pensar y de actuar de casi cualquier sociedad del mundo, sigue existiendo esa falta de entendimiento y conocimiento mutuo entre los que compartimos el mundo. Pero esto, viendo el mundo de hoy en día, tampoco nos puede extrañar que se diera en el 91. En cualquier caso, y quizá sea este uno de los puntos flacos de la cinta, el tratamiento que hace Kurosawa me parece demasiado simplista, o quizá exagerado, que se podría justificar como paródico si no fuera porque no es ni mucho menos ese el tono que tiene la película.

Pero a pesar de contarnos tantas cosas, el maestro rueda con modestia, sin dar importancia, sin incidir especialmente en nada. La cámara muy fija mientras delante de ella conversaciones de apariencia intrascendente nos empapan de los sentimientos de los japoneses, de su manera de ver el mundo, de su relación con la historia, la tragedia, la derrota. Especialmente sabio y entrañable es el personaje de la abuela, curtida en mil batallas y vencedora por si sola no sólo ante la vida, a la que hubo de enfrentar sola y criando a sus hijos, sino ante cualquier sentimiento de venganza, desprecio o irracional odio. El gran acierto de esta película es la falta de pretenciosidad, que no de pretensiones.

En su momento algunos acusaron a esta obra de Kurosawa de tener un marcado carácter antiamericano, culpando a los vencedores de los desastres de la guerra en Japón. Dejaremos a un lado las cuestiones políticas que no vienen a cuento aquí, cosas como quién dio la orden de lanzar las bombas y cosas así, pero aparte de eso, la película se muestra siempre comprensiva, conciliadora. Muestra, en efecto, hechos verídicos, como la falta de monumentos americanos que expresen condolencia o solidaridad, pero en ningún momento se muestra beligerante o incisiva. De hecho, el personaje americano coprotagonista (un Richard Gere cuya presencia y posible tirón de taquilla tampoco sirvió para la difusión de la película en nuestro país) se muestra siempre muy sensible al dolor de su familia japonesa.

Kurosawa nos propone reflexionar acerca del dolor, del pasado, de la falta de comprensión y entendimiento. Kurosawa tal vez perdona, pero no olvida. Su mirada transmite calor y amor por los que sufrieron, pero también alarma por lo porvenir, pues nada le aseguraba que algo así no se pudiera repetir. Así nos lo parece transmitir esa anciana que huye enajenada bajo la lluvia hacia un pasado que ha marcado su vida sin remisión. Pare él el hombre estaba por encima de todas las cosas. En el mundo impersonal de hoy, esa visión humanista es la que más nos sorprende y nos conmueve.