| YOJIMBO (Yojimbo, 1961) |
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Por un puñado de yenesPocos cineastas pueden presumir de una filmografía tan ecléctica como la de Akira Kurosawa. Similar en ese sentido a Hawks, Kurosawa ha abordado casi todos los géneros obteniendo grandes resultados en cada campo en el que se ha atrevido a entrar. A pesar de estar muy arraigado en la cultura japonesa (mostrado sobremanera en sus películas de samuráis) y preocuparse por mostrar una realidad y unos problemas muy reales además de ampararse en el folklore japonés para dar rienda suelta a historias desarrolladas en siglos pasados, el director nipón es sin duda alguna el más occidental de todos los cineastas japoneses que han existido. Muy influenciado por el cine norteamericano en general y por el de John Ford en particular, Kurosawa ha conseguido forjarse un estilo propio que le ha desbancado de las típicas etiquetas de “director” oriental que hace películas orientales encontrando un camino basado en su cultura pero mucho más cercano por tratamiento, ritmo y guión al cine norteamericano. Buena prueba de ello son las adaptaciones que los grandes estudios han hecho de sus películas más famosas como Los siete magníficos (The magnificient seven, John Sturges, 1960) a partir de Los siete samuráis (Sichinin no samurai, 1954) o Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, Sergio Leone, 1964) a partir de la presente película. En ese sentido, Kurosawa se nutre de la historia de su país del mismo modo que el western bebe de la historia de América. Y esa es sólo una más de las similitudes entre ambos cines. Concretamente, todas las películas que el cineasta rodó acerca de samuráis que son sino westerns japoneses. En consecuencia, la violencia dentro de la película (y dentro de la filmografía del cineasta) es una violencia muy estilizada, dura, tosca. Es un protagonista más y la planificación empleada por Kurosawa (planos largos siguiendo las peleas, sin cortes casi dejando que todos los enfrentamientos se resuelvan en dos planos para mostrarla lo más cercana y real posible) incrementa su protagonismo hasta igualarlo al de un personaje más. La película cuenta la historia de Sanjuro (Toshirô Mifune) un samurai que llega a un pueblo dividido en dos bandas en continua confrontación. Sanjuro decide alquilarse como yojimbo (guardaespaldas) y va cambiando de bando según quien le pague más. A pesar de encerrar una trama tan simple, Kurosawa crea un personaje mucho más trabajado de lo que parece a simple vista puesto que a pesar de ser un mercenario, Sanjuro es el más inteligente, el único que va ideando diversas salidas y el modo en que juega con los dos bandos siendo siempre superior a ellos, muy seguro de si mismo y consciente de su fuerza acentúa la lejanía entre el mundo de Sanjuro y el de las bandas rivales, o incluso la de los humildes habitantes del pueblo, poco más que idiotas la mayoría. Una diferencia que viene incrementada también por el patetismo que el director escribe en la historia. El pueblo al que llega el protagonista es claramente un pueblo de perdedores, y él se da cuenta de ello así que como reza la canción, él ha llegado para ganar. Matones patéticos que luchan por una causa patética y que no tiene según las ocasiones las agallas necesarias para enfrentarse entre ellos como muestra la magnífica secuencia del intento de batalla en la calle con Sanjuro en lo alto de la torre mirando y que ninguno de los dos bandos se decide a atacar, retrocediendo unos a medida que avanzan los otros. Gente sin honor en un tiempo en el que el honor es la posesión más preciada que un hombre puede poseer, y que al perderlo pierde su condición de hombre y su necesidad de vivir, como el duro instante en el que tras la liberación del hijo de Seibei la madre lo abofetea preguntándole porque no ha muerto tras la humillación de dejarse atrapar y tachándolo de cobarde. A todos ellos se les une Sanjuro, otro perdedor. Un vagabundo que no tiene más que su espada…y su honor. A pesar de su frialdad y su falta de escrúpulos es el único que demuestra un poco de humanidad y un estricto sentido del honor no dudando en masacrar a seis hombres con tal de liberar a una mujer a la que ni siquiera conoce pero que como exclama en un momento del film “Odio a la gente patética”. Kurosawa a mediante el formato panorámico y las estudiadas composiciones se encarga siempre de mostrar a Sanjuro como el personaje de la discordia, en medio de los dos bandos o separado por puertas, ventanas, katanas o cualquier objeto de cualquier personaje perteneciente a uno de los dos bandos. Tan solo pertenece al suyo. Un hecho apoyado en la magnífica utilización del espacio que el cineasta utiliza y domina con maestría estableciendo un juego entre básicamente cuatro espacios por los que deambularán los personajes y donde tendrán lugar los hechos más importantes. La casa y domino de Seibei donde residen él y su banda, la de Ushi-Tora, su rival, la calle principal que separa ambos dominios donde ocurrirán los enfrentamientos, intercambios y el duelo final (con cowboys vestidos con quimonos que utilizan katanas) y la taberna, el espacio neutral que Sanjuro utilizará como propio, su propio espacio donde podrá ser él mismo y negociará sus honorarios con los jefes rivales y ocurren las acciones que tiene que ver con su persona, no con algún hecho desencadenado de la trama principal. Yojimbo por méritos propios se convierte pues y a pesar que sus protagonistas luzcan moño en vez de sombrero polvoriento en uno de los mejores westerns jamás filmados. Un western en el que solamente aparece un revolver (y cuya aparición y consecuencia Kurosawa se preocupa en resaltar) pero cuyo sentido y constantes lo enmarcan más hondo en el género que algunos rodados en las soleadas colinas de Almería. |