| 1984 • AMADEUS (Amadeus, Milos Forman) |
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Segundo premioPrácticamente desde sus primeros años de vida se pueden encontrar numerosos biopics a lo largo de la historia del cine. No son pocos los analistas que han mantenido encendidas discusiones teóricas acerca de si el biopic debe ser considerado un género en sí mismo. Se trata de una polémica que ha perdido su vigencia en los últimos años, habida cuenta de que las barreras entre géneros parecen difuminarse a pasos agigantados. En cualquier caso, numerosos directores de todo pelaje han sucumbido alguna vez a la tentación de traspasar a imagen fílmica la vida y milagros de un personaje de importancia histórica, o al menos algunos de los momentos más relevantes de su biografía. Biopics los hay de todas clases. Los más comunes son aquellos que ensalzan la figura del personaje referente, hasta el punto de pasar por alto algunos detalles “escabrosos” que podrían enturbiar la hagiografía que tratan de vender. El ejemplo más reciente es Una mente maravillosa (A beautiful mind, 2001), del mediocre Ron Howard, que tuvo a bien esconder determinados aspectos de la historia del matemático John Forbes Nash, como su homosexualidad, “por temor a que repercutiera en el resultado comercial de la cinta”. En el extremo opuesto están justicieros como Oliver Stone, que lleva años rescribiendo la historia de Norteamérica a su manera, aún a pesar de caer en ocasiones en el más absoluto de los ridículos; pienso en Nixon (Nixon, 1995) o en el videoclip de dos horas que es The doors (The Doors, 1991). Existe, en fin, una variante del biopic en la que el personaje aludido no es más que una excusa para abordar determinados aspectos de las relaciones humanas. Aquí sin duda el maestro es Milos Forman, con biografías tan atípicas como las de Andy Kaufman (Man on the moon, 1991) o el polémico Larry Flint (People Vs. Larry Flint, 1996). Década y media antes, el francotirador de la industria que es Forman había sorprendido a propios y extraños con Amadeus (1984), la biografía del genial Wolfgang Amadeus Mozart. Y es que el hecho de que la película pareciera mofarse en ocasiones del sacrosanto “rigor histórico” provocó las iras de los estudiosos del personaje, que denigraron el filme con documentadas y sonoras protestas. Sin embargo, Forman no engañaba a nadie. Además de que la película se basa en un relato de corte fantasioso de Peter Shaffer (1), el realizador checo nunca tuvo interés en contar una de esas historias “más grandes que la vida”. Al fin y al cabo, no hablamos de fotografía sino de cine, un arte libre que no tiene porqué reflejar objetivamente la realidad. La película se estructura en base a los recuerdos de Antonio Salieri. Es el año 1823, y el compositor, envejecido y enloquecido, ingresa en un manicomio. Allí le confesará a un joven capellán que fue el responsable directo de la muerte de Wolgang Amadeus Mozart. Atormentado por los remordimientos, Salieri rememorará su caída en desgracia a consecuencia del enorme talento de su rival. Que no estamos ante una minuciosa reconstrucción histórica de la vida del compositor debería quedar claro con el propio título de la película. En lugar de bautizar la obra como “Mozart” a secas, Forman utiliza el primer apellido del compositor. No se trata de un ninguneo gratuito, porque no es Mozart el motor de la historia. El filme está narrado desde el punto de vista de Salieri, su mentor y enemigo en la sombra, y sus recuerdos están barnizados con capas de rencor, celos y odio. Mozart no fue nunca tan infantil ni descerebrado. Si aparece así en el filme es porque la visión de Salieri le demoniza, le retuerce y deforma a voluntad, porque es la única victoria moral que puede obtener sobre él. A Forman no le interesa lo más mínimo si lo narrado se ajusta a la veracidad histórica, o si Salieri tuvo realmente algo que ver en la muerte de Mozart. En realidad, la relación entre ambos artistas es el verdadero leit-motiv de la película. De una parte Amadeus, que profesa una fé ciega en Salieri, pero también un cierto desdén por su obra, que considera propia de un músico decididamente menor. De otra Salieri, que a lo largo del filme pasa por un auténtico calvario personal, al no poder conciliar las sensaciones tan contratadas, de odio y admiración, que le provoca el joven músico. Amadeus (2) es una película terriblemente triste. No es la obra de Forman un drama con ínfulas de Oscar que provoque la lágrima fácil. Tampoco se trata de un filme descarnado repleto de personajes amargados e introspectivos. Es un estudio sobre las pasiones humanas: la frustración de no poder llegar a ser aquello por lo que se ha luchado toda la vida; la impotencia que da sentirse torpe ante la llegada de alguien mejor que consigue eclipsarte por completo; la envidia insana que genera ser arrojado como un juguete viejo cuando se ha dejado de ser el objeto de atención. Es también el fruto de un titánico esfuerzo de guión y un reparto sobresaliente. F. Murray Abraham proporciona una de esas interpretaciones capaces de trascender el sentido mismo de lo narrado para convertirse en atemporal, inmortal. Con una estilo de interpretación que conjuga a la perfección la técnica y la intuición, su composición de un Salieri acabado, amargado y arrepentido, ha pasado ya a la historia del cine. Es tan complejo e interesante el personaje de Salieri que llega a eclipsar la labor interpretativa de Tom Hulce, un Mozart muy convincente al que la crítica ha vituperado sin miramientos. Hablamos de un personaje que tan pronto demuestra una sensibilidad a flor de piel, que le hace llorar al leer partituras de Mozart, como estalla de celos al constatar su incapacidad para producir material a la altura del joven músico. En realidad, es el odio hacia el genio el que alimenta a Salieri, pero también le consume hasta hacerle perder la razón. Su esquizofrenia le hace acudir maravillado a las representaciones de las óperas de Mozart, para después hacer lo imposible para impedir que se sigan celebrando más pases de las mismas. Ya al final de la película, una escena resume a la perfección la relación entre ambos personajes. Un Mozart terriblemente enfermo dicta una partitura a un incrédulo Salieri, que se ve incapaz de seguir el ritmo del genio. Del rencor inicial hacia el alocado artista pasa a la resignación, acabando totalmente maravillado del talento de Mozart. Amadeus también plantea el cinismo de determinadas convicciones religiosas. Salieri es un personaje religioso, en paz con el creador, al que le agradece su posición; es el músico mimado de la corte del Emperador José II de Austria. Sin embargo, tras el revuelo causado por la llegada de Mozart, se quejará amargamente a su dios cristiano por dotarle de un verdadero amor hacia la música, pero no de las dotes para materializarla. El creador no solo le ha arrebatado su don, sino que ha incrementado su sensibilidad para apreciar el talento de su rival. Salieri, ciego de ira, llegará a tramar un plan para vengarse de dios, destruyendo lo que él interpreta como creación divina. Pero Amadeus no es sólo un excelente compendio de las emociones humanas más subterráneas. Forman también logró captar en el celuloide todo el barroquismo de la época en que tiene lugar la acción. Para ello rodó localizaciones en Viena y Praga, a la batuta de un equipo checo que se implicó de forma notable en la producción. La película luce así un suntuoso diseño de producción, una utilización particularmente emotiva de la fotografía, y una acertada elección del vestuario, que además tiene un alto contenido simbólico. Mientras que Mozart siempre va ataviado con ropajes blancos que evocan la pureza, Salieri parece un verdadero cuervo negro, encogido y malhumorado. Como no podía ser de otra manera, tratándose de una biografía sobre un compositor, la música juega un papel fundamental. Forman consigue engarzar las composiciones de Mozart en la trama de manera absolutamente fluida, natural. Incluso las representaciones operísticas, que a priori podrían ralentizar el ritmo narrativo, están dotadas de una tremenda carga emocional. Todo ello a lo largo de tres horas de proyección en las que el ritmo no tiene ningún bajón digno de mención. Amadeus es un trabajo de orfebrería solo al alcance de los grandes, una obra compacta que se resiste a envejecer, uno de los mejores filmes de todos los tiempos. (1) Shaffer escribió la obra en la década de los 70. A Forman le llevó tres años convencerle para llevar a cabo la adaptación. Pese a la brillantez del resultado final, la relación entre ambos no fue especialmente cordial. (2) Recientemente se ha estrenado el montaje del director, que como en el caso de Apocalypse Now, tan solo añade brillo a una película que no necesita volver a ser apuntalada. |