1986 • BAJO EL PESO DE LA LEY
(Down by Law, Jim Jarmusch)
 
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Por Alejandro G. Calvo
Cartel de la película
EE.UU., 1986. Director y guión: Jim Jarmusch. Productor: Alan Kleinberg. Música: John Lurie. Canciones: Tom Waits. Fotografía: Robby Muller, en b/n. Montaje: Melody London. Dirección artística: Janet Densmore. Duración: 107 min. Intérpretes: Tom Waits (Zack), John Lurie (Jack), Roberto Benigni (Roberto), Nicoletta Braschi (Nicoletta), Ellen Barkin (Laurette), Billie Neal (Bobbie).
 
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It's a sad an'beatiful World (1)

Down by law, tercer film del norteamericano Jim Jarmusch todos ellos fotografiados en blanco y negro– arranca con un travelling lateral (de derecha a izquierda) en la que, con el fondo sonoro del Jockey full of bourbon de Tom Waits (2), vamos recorriendo el paisaje de la Norteamérica en la que Jarmusch disfruta situando a sus personajes: barrios destartalados de New Orleans, donde malviven más fantasmas que personas, pantanos tumefactos, carreteras desérticas… la narración se interrumpe, junto con la canción, para presentar al personaje de Jack (John Lurie), un chulo que mal duerme junto a una de sus prostitutas, la cual, abre los ojos en el momento que él se introduce en la cama… volvemos al travelling lateral y al tema de Waits, pero esta vez de izquierda a derecha, más paisajes desolados, fotografías hieráticas sobre un mundo en un aletargado paréntesis, con una nueva pausa, se presenta al personaje de Zack (Tom Waits), donde en un movimiento similar al de Jack –ambos representan la cara de un mismo centavo roído y desgastado-, que llega borracho a casa se introduce en la cama de su novia (Ellen Barkin), justo cuando ella se descubre también insomne, abriendo los ojos frente a su abrazo… Jarmusch ya ha conseguido presentarnos a dos de sus protagonistas, que como en todos los de su filmografía, no tienen ni la moral de los héroes ni la ética de los anti-héroes, sus vidas, carecen de toda épica y sólo parecen bañadas de un nihilismo existencial, cuya fijación por el mañana responde, como dice la prostituta negra de Jack, «por que siempre andan jodiendo el presente».

El concepto de cine independiente ha sido aplicado con tanta ligereza en el cine norteamericano, que ya es un término cuyo uso es prácticamente inútil. Hoy en día, hasta se han considerado independientes directores como Michael Mann, Curtis Hanson o Neill La Butte, lo que implica un total desconocimiento del acuñamiento de dicho adjetivo. Buena culpa de ello, al margen de una crítica despistada, varada en la desidia neuronal, cabe también aplicársela a coetáneos de Jarmusch, que con el tiempo han ido convirtiendo su cine en productos comerciales para que los estudios obtengan un buen rendimiento: Desde Tom DiCillo a Steven Soderbergh, de los hermanos Coen a Martin Scorsese, la máquina de engullir y defecar el talento de los cineastas que ha representado no pocas veces Hollywood, ha convertido a los hijos putativos de John Cassavettes en productos refinados de merchandising galáctico. Jim Jarmusch, por suerte, y aunque no toda la crítica ha querido acompañarle en su trayectoria como cineasta, es uno de los pocos ejemplos de cine “en el exilio interior”, pues su carrera cinematográfica, al igual que su modo de concebir los guiones mediante su escritura “al revés” (3), no es tanto la de un “cuenta cuentos” –aunque en el caso de Down by law nos encontramos con algo parecido a una fábula–, como la de un retratista del minimalismo, un poeta del humor extraterrestre, que es capaz de poseer en un solo plano fijo la ambigüedad de los personajes de Cassavettes, el desencanto rabioso de un Ray, el escepticismo de un Fuller, la quietud dramática de un Ozu, el extracto existencialista de Bresson, el onirismo de Wenders y el humanismo de Kurosawa, por citar sólo unos cuantos…

Jarmusch inició en 1984 una trilogía con Strangers than paradise (Ídem, 1984), que se completaría con esta Down by law y con la fantasmagórica Mistery train (Ídem, 1989). Todos estos films poseen en común la presencia de un extranjero en una tierra más propia de una fotografía o una pintura, que de un extracto de la realidad. Strangers than paradise pasa por ser el film de mayor pericia artística de Jarmusch, pues está todo rodado en planos secuencia –el 99% de los cuales son fijos–, con la ausencia total de contraplanos, comunicados entre sí por el punteado de los fundidos a negro. En ella dos extranjeros, uno arraigado y otro que acaba de llegar, intentan encontrar algo parecido, más que a un lugar donde poder encontrarse a sí mismo –no hay ningún tipo de búsqueda interior consciente en los protagonistas de la trilogía–, a un espacio mínimo donde poder continuar con su dilatado paréntesis existencial. En Mistery train, su primer film en color, las historias se cruzan en un Memphis ausente de toda mística, por más que se cite una y otra vez al rey Elvis, donde japoneses, italianos y británicos, en su continuo pasar por la vida, plantean un nudo narrativo, sin tener la necesidad de explicar el planteamiento y el desenlace. Lo que implica, que a Jarmusch, en estos tres films, no le interesa ni donde empieza ni donde acaba la historia, para él, lo importante, es el camino incompleto recorrido, el hábitat donde los personajes se sienten cómodos consigo mismos. Es en este particular teatro, que no tiene nada de brechtiano, donde los personajes se definen sin necesidad alguna de revelación.

En Down by law, sin duda el mejor título de la trilogía, Jarmusch plantea la obra en tres partes (igual que el número de protagonistas): (i) Desde el despertar de los protagonistas hasta la llegada a la cárcel de cada uno de ellos. (ii) Su estancia en la cárcel que termina con una de las fugas más elípticas que ha dado el cine. (iii) La huída a través de los pantanos de New Orleans hasta llegar al pequeño restaurante que regenta Nicoletta (Nicoletta Braschi) y la posterior disgregación de los… ¿amigos?. Dice Breixo (4) que «para Jarmusch la eternidad es una forma de tiempo, y el absurdo, un tipo de razón», lo que llevaría la contraria a los que creen que los momentos muertos del cine de Jarmusch no son nada más que extractos de la realidad, Jarmusch no evidencia los mecanismos de representación –con la excepción claro de su documental sobre Neill Young Year of the horse / Ídem, 1997–-, como harían Kiarostami o Von Trier, pero estiliza las situaciones derivadas de lo anecdótico hasta llegar a un planeta que le es muy propicio: aquél donde la representación de lo aparentemente intrascendente (además de la miscelánea cultural, el humor keatoniano, la mística del rock & el blues…), le confiere a la filosofía global de la obra una entereza incuestionable, algo parecido a lo que se puede encontrar en algunas poesías de Ginsberg, algunas canciones de Waits o algunas películas de Aki Kaurismaki.

La estancia en la cárcel para Jack, Zack y Roberto es por ello la misma situación a la que se enfrentaban los turistas japoneses en Mistery train o a la joven húngara protagonista de Strangers than paradise , cada uno intenta adaptarse a su manera a un mundo particularmente hostil: Tanto Jack como Zack son engañados por la policía corrupta –atención a la escena del agente intentado seducir a la niña-prostituta–, en la cárcel les tienen hasta cuatro días sin salir de la celda, los pantanos están plagados de serpientes y caimanes (sin contar los perros que les persiguen)... En este aspecto tanto Jack como Zack son la imagen del canalla acostumbrado a sobrevivir en la Norteamérica de los sueños rotos –la cita a Hopper no es gratuita, el plano en que Waits recorre una desértica esquina con todos sus discos y ropa por el suelo, es buena prueba de ello– y Roberto, la mezcla de inocencia y optimismo (además de un impresionante sentido del humor: «If looks can kill, I am a dead man now», les dice en su divertido inglés justo al entrar en la celda), que consigue conectar entre ambos tipos duros. Jack y Zack, como la celda en la que se hayan, son carreteras sin salida, jugadores que cayeron hace tiempo en el fuera de juego, y Roberto, igual que pinta una ventana en la celda para mirar “a través” de ella, consigue conectar con ambos macarras, despertándoles una empatía que parecía ya muerta y enterrada hace tiempo en sus personalidades. La escena en la que bailan mientras cantan "I scream, you scream, they scream for ice-cream" es el punto más álgido de una amistad, que como todo en el cine de Jarmusch, es fruto de un momento determinado en un espacio determinado, y cuyo catalizador, siempre es la figura del clown, la parte positiva del magnetismo de los films del realizador de Dead man (Ídem, 1995). Roberto Benigni, borda su cometido como figura optimista, una sencillez que heredaría la maravillosa Mitzuko de Mistery Train, el clown Helmut en Night on Earth (Ídem, 1991) o el indio “Nadie” en Dead man.

Es por ello que cuando acaba el relato, aunque este quede abierto, nada se puede asegurar de los personajes de Jack y Zack, cuyo único acto de amistad consiste en intercambiarse las chaquetas. No se sabe realmente si su estancia conjunta con Roberto ha servido para replantear su inexistente filosofía vital, ni falta que nos hace. Lo que Jarmusch nos ha mostrado ha sido un momento determinado en un cruce de caminos accidental, un tiempo precioso (y preciso) en el que hemos podido apreciar que los refugios son como las celdas y que un extranjero recita en italiano a Walt Whitman y Robert Frost. Es sobre estos artificios de donde se extrae la esencia del relato de Jarmusch, nunca ni a él ni a nosotros nos ha interesado la intriga o el género, por que estos son inexistentes, pues si hubiera una manera de destilar el concentrado de Down by law obtendríamos a Zack haciendo de locutor de radio en una celda, a Roberto contando como su encantadora mamá mataba los conejos o a Jack imaginando su vida viajando en limusina acompañada de una guapa mujer.

(1) «Es un mundo triste y hermoso» frase acuñada por el clown Roberto/Bob (Roberto Benigni) en varios momentos del film.

(2) El film se cierra a la vez con Tango till they're sore, ambas excelentes canciones están extraídas del álbum de Waits Rain dogs.

(3) Dicha escritura pasa por empezar por los detalles o las anécdotas, para luego construir un relato sostenido sobre las partes significativas, que el cineasta nos desea mostrar en imágenes. Para más información, recomiendo la lectura del muy interesante libro de VIEJO, Breixo: Jim Jarmusch y el sueño de los justos. Ediciones JC. Madrid, 2001.

(4) Ibídem.