| 1985 • BRAZIL (Brazil, Terry Gilliam) |
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Tomorrow was another day«Brazil...Where hearts were entertaining June, We stood beneath an amber moon… And softly whispered someday soon...We kissed... And clung together. Then... Tomorrow was another day. The morning found me miles away, with still a million things to say… Now... When twilight dims the skies above, recalling thrills of our love… There's one thing I'm certain of… Return... I will... to old... BRAZIL» ¿Qué es Brazil?, esa misma pregunta se hacía todo el equipo completo de la película en el galardonado y precursor documental What is Brazil? sobre el rodaje de la misma, que acompañó a su estreno allá por el año 85. Y… ¿Qué es Brazil?, bueno, técnicamente, podemos hablar de un film de culto rodado a mediados de los ochenta por un miembro de los “Monty Phyton” en concreto por Terry Gilliam, al que acompañaron algunos de sus antiguos compañeros de correrías (Michael Palin, entre otros); una película encuadrada falsamente en la ciencia-ficción en ese “not too distant future” que sin embargo está impregnada de un fuerte aroma retro en su diseño de producción, y que nos habla del presente. Brazil es una ácida crítica social, es como dice el propio Gilliam, mitad sueño y mitad pesadilla, es un espejo inquietante, es una parábola terrorífica, una defensa de la locura, o una actualización de los temas de Kafka, una defensa del individuo frente al sistema, una ventana abierta en una habitación con un aire irrespirable y nauseabundo, una huida hacia las bandas, una fantasía pesimista que sostiene que no existe un mañana, porque el mañana ya pasó, tal y como reflejan las palabras de la canción que da título al film… “tomorrow was another day…”. ¿Qué es Brazil? Brazil, según Gilliam es un hombre tumbado sobre una playa de arena completamente negra debido a los vertidos industriales, con la radio encendida, en bañador, sobre su toalla, escuchando precisamente esa canción que da título al film. ¿Y qué es Brazil? Una de las canciones más emblemáticas del siglo XX, siempre asociada al país carioca, a la alegría de sus gentes, a su samba, pero no… en realidad, es una canción americana, que no habla de nada de eso, sino de un lugar ensoñado, de un paraíso mental imaginado para escapar de la monotonía y crudeza de la realidad gris, la realidad de esa playa negra, por ejemplo. La mente libera al cuerpo a través de la fantasía, cuando el cuerpo se encuentra condenado al tormento de la existencia diaria. Por lo tanto, la película tiene por título el de una canción, que simboliza el mensaje y la historia de una película, y que habla de los sueños como la única arma posible contra las pesadillas reales. La canción, de hecho, o sus versiones instrumentales orquestadas por el magnífico Michael Kamen, se reproducen continuamente a lo largo de la película, por ejemplo, la versión de Geoff Muldaur que suena cuando Sam Lowry, nuestro protagonista va a trabajar cada mañana, y que empieza como un suave silbido, como el de esa pequeña ilusión que escondida en nuestro subconsciente nos da fuerzas para levantarnos y seguir adelante cada mañana. Esa versión de Muldaur, actúa como recordatorio de la primera vez que en la película suena la canción, que es, en los sueños de Sam, donde cual caballero andante alado, vive un amor de novela con su dama (caracterización de Jill, a la que Sam acabará conociendo en la vida real). En el sueño, la versión de “Brazil” que escuchamos es la de Kate Bush, mucho más etérea y dulce, acorde a la escena a la que sirve. En la oficina, sólo escuchamos los compases iniciales que nunca permiten iniciar la sintonía principal y que producen cierta frustración en el espectador comparable a la de Sam en ese trabajo que no le llena. Pero vayamos con la historia. Gilliam comienza a escribirla con la superestrella de la pluma Tom Stoppard, y como era evidente, las dos fuertes personalidades chocan, y acaban como el “Rosario de la Aurora”, asi que el director-guionista tiene que sustituir a su prestigioso partenaire por Charles McKeown, que por cierto, había intervenido como actor en La vida de Brian, de los Monty. Juntos acaban de darle forma a la idea original de Gilliam y a ese mundo carente de lógica pero demasiado real como para no tomarlo en serio, una sucesión de desfases mentales, que son la marca del director tal y como ha demostrado en sus films posteriores como Time Bandits, The fisher king o Fear and loathing Las Vegas. La historia de Sam Lowry es por lo tanto tambien la del mundo en el que vive y al que se contrapone, (ese samurai de hormigon y acero al que se enfrenta en sus sueños), es la historia de una sociedad enferma, vacía y superficial, donde “todo va bien” hasta que tu destino por ejemplo y el de tu familia, cambia por el simple hecho de que un funcionario mate una mosca durante el trabajo, o hasta que inexplicablemente, tu máquina de aire acondicionado, deja de funcionar. Estos dos desencadenantes aleatorios (demasiado inquietantes como para no identificarse en nuestra fragilidad existencial, con la posibilidad de que hechos similares no nos puedan afectar igualmente algun día como a los personajes), son el origen de una bola de mierda, que no de nieve, que va a abrir los ojos de los dos protagonistas, Sam y Jill (su en principio platónica y onírica amada), y nos va a descubrir los podridos entresijos de una sociedad con una burocracia y maquinaria de estado castrante de la identidad humana, un consumismo alienante, y un pensamiento individual extirpado y sustituido por la ambición, las ansias de triunfo profesional y la obsesión por la eterna juventud y el sexo. ¿alguien sigue pensando que estamos hablando del futuro? Vista con perspectiva, Brazil que es una auténtica bomba incendiaria contra lo establecido, responde sin duda a un cabreo monumental y a la frustración de una mente sensible como es la de Gilliam frente a lo que la sociedad que le rodea le ofrece; y es por ello, que la película deja esa sensación en el espectador, la sensación de haber asistido a una autopsia en directo de un cadáver en completa descomposición. Sam, funcionario del ministerio, forma parte de la maquinaria, no busca el progreso social, y es por eso que su madre en parte lo rechaza (madre obsesionada con volver a los quince años), es por lo tanto a su manera un “outsider” que vive con la ilusión de sus sueños de caballero andante (no parece ahora muy extraño los intentos de Gilliam por adaptar una y otra vez la obra magna de Cervantes al cine). Presionado por su familia, accederá a formar parte del “castillo kafkiano”, pero la puesta patas arriba que supone la entrada de Jill en su mundo, y el contratar a un fontanero ilegal que le “soluciona” sus problemas con el aire acondicionado (que magnífica presencia la de Robert de Niro en ese papel), le hacen colocarse al borde del abismo, aún teniendo los pies inmersos en esa misma maquinaria de la que forma parte y de la que finalmente será víctima. Es más, acabará en las manos de su propio compañero de pupitre, eterno objeto de comparación del éxito social, que debe su progreso a sus dotes como torturador. Jill en cambio es una ciudadana con conciencia, dispuesta a no tolerar las injusticias, la de que por ejemplo se hayan llevado a un vecino suyo por un error administrativo. Su espíritu combativo espolea y complementa el de Sam, ella es el catalizador que le abre los ojos, y por ello, será condenada por el Estado. En Brazil, la máquina de consumo, es la máquina del estado, porque el consumo está instrumentalizado y es utilizado y controlado por el gobierno para tener poder sobre las personas. Es por ello, que el primer gran error de Sam, es no esperar a que los técnicos oficiales gubernamentales (miedo da, la semejanza entre esos “Servicios Centrales” y el por ejemplo, cada día más institucionalizado “Corte Inglés”) y confiar en un ilegal reparador de máquinas que encarna más bien a la resistencia contra el sistema, para solucionar su problema. Es duro, pero es así… salirse de la burocracia y de lo establecido, supone colocarse contra el sistema, algo que nos suena de todas las dictaduras que han poblado este ancho mundo, pero no de las democracias (¿o sí?). ¿Y vale la pena pertencer a un mundo basura donde los reactores de las centrales nucleares se pintan de azulito con nubecitas para ocultar lo que son, y se nos vende una felicidad de plástico que sustituye a nuestros esfuerzos por realizarnos? De una forma un poco tópica, Gilliam muestra siempre exteriores en descomposición, entornos marginales, que son la imagen de una sociedad que empieza a descomponerse por abajo 8al estilo de Kubrick en “La naranja mecánica”), lugares donde niños sin futuro ejercen la violencia, y donde no existe esperanza, puesto que son los directos objetos de represión de la maquinaria estatal. De esta manera surgen fenómenos como el terrorismo, las bombas que estallan en restaurantes de lujo, y diezman a los siervos pasivos de esa maquinaria (¿tampoco les suena?). Para el resto de la sociedad, para esos siervos pasivos, está el “no merece la pena que te esfuerzes, ya te damos nosotros la felicidad, y mira, se parece a este anuncio de televisión” es una desgraciada realidad en la que hemos caido de lleno. La pantalla, como elemento instrumentalizador de la imagen, el gran yugo del pasado siglo XX y del presente, se muestra en la película de dos formas… las pantallas de ordenador que ofrecen una panorámica distorsionada del individuo que las utilizan en su reverso, que sirven para trabajar y controlar a los semejantes, en ese trabajo ministerial que Sam desarrolla, y las televisiones, en las que a veces se transforman, y donde los empleados siguen atentamente la evolución de vaqueros e indios (¿?). Trabajo y televisión, ocio y deber, las dos caras de una misma maquinaria alienante. O dicho de otra manera, una metáfora de esos, nuestros trabajos anodinos y masificados, anverso, y esos centros comerciales donde todos vamos en masa a comprar en masa, anodinos y masificados, y que se suponen que son nuestro ocio, reverso. Brazil tiene por ello, ese carácter de film premonitorio, pero no tanto como de crítica social realista y actual. Y todo ello tratado con una estética años 30-50, que de alguna forma amortigua el impacto, con sensación de algo pasado que no puede reproducirse. ¿Y qué salida tiene todo esto? Gilliam es claro y valiente en su apuesta, pueden poseer mi cuerpo, pero no mi mente. Cuando no existe ninguna esperanza, cuando el Estado te controla completamente y sabes que sólo el dolor y el sufrimiento son lo que te espera hasta la muerte más terrible, la única salida posible es la locura. Cuando la playa de tu pueblo se ha convertido en un lugar infecto repleto de excrementos industriales y tu pequeño paraíso se ha venido abajo, sólo queda ponerse el bañador y escuchar música de samba, para darle a la mente alas, y que vuele lejos de ese lugar. Así hace Sam, cuando lo ha perdido todo, y ya no es dueño de su cuerpo, sólo le queda soñar con Brazil, con su mundo imaginario, donde por siempre, en un mundo verde y libre, puede estar junto a su amada. Viendo esta obra maestra de Terry Gilliam, a uno, no se le ocurre otra salida posible para huir de lo que cada dia le toca, que eso mismo, bueno… algunos prefieren el cine a la locura. |