1989 • DELITOS Y FALTAS
(Crimes and Misdemeanors, Woody Allen)
 
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Por J.A. Souto Pacheco
Cartel de la película

EE.UU., 1989. Director y guión: Woody Allen. Productores: Robert Greenhutt, Jack Rollins y Charles H. Joffe. Fotografía: Sven Nykvist. Montaje: Susan E. Morse. Dirección Artística: Santo Loquasto. Duración: 107 min. Intérpretes: Martin Landau (Judah Rosenthal), Claire Bloom (Miriam Rosenthal), Stephanie Roth (Sharon Rosenthal). Gregg Edelman (Chris), George J. Manos (Fotógrafo), Anjelica Huston (Dolores Paley), Woody Allen (Cliff Stern).

 
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El sentido de la vida

Delitos y faltas es una de las mejores películas de la extensa filmografía de Woody Allen. Por un lado, nos encontramos con uno de los guiones más sólidos y mejor construidos de su carrera. Y por otro, tenemos una puesta en escena que alcanza sus cotas más altas.

En el cine del director neoyorquino, siempre tiene mucho peso la coralidad de la historia. En el film que nos ocupa, volvemos a encontrarnos con esa clase media-alta judía neoyorquina (en esta ocasión la ciudad no es más que el decorado para las relaciones de sus personajes) de la que tanto jugo ha sabido sacar. Sus tradiciones, sus gustos, sus manías, etc. son la materia prima a través de la cual Woody Allen construye un relato en el que las contradicciones son la esencia que le permite buscar la acción en los problemas sentimentales y las crisis existenciales de los protagonistas de la historia. Pese a la gran variedad de personajes, Woody Allen los controla todos consiguiendo un conjunto armonizado en el que ningún personaje sobresale del resto.

Delitos y faltas trata temas tan trascendentales como la religión, la moral, la fe, la justicia, la verdad, la culpa, el existencialismo, el pecado, el remordimiento, la virtud... Sin embargo, Allen otorga un tono al relato en el que estos temas son apuntes para la reflexión. No se trata pues, de una película moralista sino que utiliza las vicisitudes de los dos protagonistas para hablar de sus inquietudes, para charlar de sus cosas. Woody Allen no es un moralista, pero se interroga continuamente por la moral.

En el film se presentan dos líneas de acción paralelas. En una de ellas (que nos remite a los films más bergmanianos de Woody Allen), Judah Rosenthal (Martín Landau), un prestigioso oftalmólogo, casado y con dos hijos, se efrenta a una delicada relación adúltera. Su amante es Dolores Paley (Anjelica Huston), una azafata de vuelo, con la que mantuvo una agradable historia de amor que ahora se ha convertido en un infierno. Siempre al borde de un ataque de histeria, Dolores exige a Judah que abandone a su esposa y se vaya a vivir con ella. Dolores llega a extorsionarle con destapar cierto escándalo por el uso fraudulento que hizo de ciertos fondos del hospital en el que trabaja. El oftalmólogo, para liberarse del doble escándalo (conyugal y profesional) acude a su hermano Jack (Jerry Orbach) que acabará por “arreglar” las cosas, en un acto que Allen trata con mucho pudor pues nunca lo llegamos a ver hasta que ya está consumado.

Por otro lado tenemos una historia más cercana a Manhattan (Idem. Woody Allen, 1979) o Annie Hall (Idem. Woody Allen, 1977), nos encontramos con Cliff Stern (Woody Allen), un productor de documentales de escaso éxito, con un dificultades en su matrimonio y que se ha autoimpuesto la tarea de educar a su sobrina en las cosas importantes de la vida (como por ejemplo, el cine). Inicia una relación (que no pasa de los flirteos) con Halley Reed (Mia Farrow), mientras ruedan un documental centrado en la figura de su cuñado, Lester (Alan Alda). Éste es un productor de comedias de notable éxito que ofrece el trabajo a Cliff, más por ayudar a su hermana que a su cuñado. El hermano de Lester, Ben (Sam Waterston), padece una enfermedad que acabará por dejarlo ciego. Este personaje es, pues, el nexo de unión de las dos tramas ya que Ben también es paciente de Judah.

Sin embargo, para mí el personaje estrella (y clave de toda la película) es el doctor Levy. Éste es todo un filósofo, un superviviente del holocausto nazi que pronuncia frases como esta: “en todo momento nos encontramos ante decisiones morales, y nosotros somos la suma de nuestras decisiones; es sólo nuestra capacidad de amar lo que da sentido al universo. Mucha gente encuentra la felicidad en cosas sencillas: la familia, el trabajo...”. Este personaje se convierte en fuente de inspiración para Cliff y Halley por su sabiduría e inquebrantable optimismo. No obstante, el doctor Levy acaba suicidándose de forma inesperada con una lacónica nota: “me voy por la ventana”. Poco más tarde, Cliff, profundamente dañado por lo sucedido dice: “pero si en toda mi vida en Brooklyn no se suicidó nadie porque todo el mundo era infeliz”. La conclusión es clara, sólo los arrogantes, orgullosos y sin escrúpulos, como Judah o Lester, triunfan en la vida (o, al menos, lo tienen más fácil).

El relato se forja en base a una cierta circularidad y a diversos juegos de dualidades (ciencia y religión, virtud y pecado, hipocresía y verdad, cine y realidad...). Octaví Martí apuntaba con certera precisión este aspecto. «... Allen ha escogido el tema de la mirada como punto de referencia para todos los personajes: Judah redescubre el ojo de Dios...; Cliff Stern es cineasta y hace del mirar su oficio; Lester... es un productor de TV que se enorgullece de saber lo que quiere ver el público; Ben... es un rabino que va quedándose ciego, pero que cree en Dios y en un sentido superior de la existencia. Y aquí se cierra el círculo...» (1).

Las asociaciones visuales que crea Woody Allen entre las dos tramas mediante el montaje son fundamentales para entender la película. En este sentido, no se trata sólo de remarcar la narración más trágica de Judah y la cómica de Cliff, sino que Allen pretende remarcar que son complementarias. Es a partir de la suma de las dos historias que podemos comprobar el significado del conjunto. Por ejemplo, tras una discusión entre Dolores y Judah, Allen nos muestra a Cliff y a su sobrina viendo una escena de Matrimonio Original (Mr. and Mrs. Smith. Alfred Hitchcock, 1941) en la que los protagonistas disputan de un modo similar. Más tarde, cuando el hermano de Judah le sugiere la posibilidad de asesinar a Dolores, Allen monta una escena en la que, nuevamente, Cliff y su sobrina ven una película de cine negro (El cuervo This gun for hire. Frank Tuttle, 1941). Esta estrategia es utilizada por el realizador durante un par de ocasiones más y anuncia la convergencia final de las dos tramas. Por otro lado, la diferencia de tono entre las dos historias enriquecen las sugerencias morales y éticas que van desarrollando el film.

El argumento, aparentemente enrevesado, se sigue con mucha facilidad. Woody Allen lo conduce con naturalidad, y por el mismo discurren los fantasmas personales del realizador y una visión de una sociedad con una escala de valores que no comparte y de la cual se presenta como víctima. La figura de Cliff Stern se constituye en la referencia sobre la que se articula el discurso moral que preside el relato. Y es que Delitos y faltas es un cuento moral bañado de ironía. El desenlace de las peripecias de los dos protagonistas, que no detallaré, otorga un especial significado al conjunto. El contrapunto de la dialéctica de la moral judía alrededor del clan familiar del rabino Ben actúa como catalizador y acaba por pintar sobre la comedia con colores oscuros de pesimismo.

(1) “Bailando en la oscuridad”, EL PAÍS, martes 10 de abril de 1990.