1989 • DRUGSTORE COWBOY
(Drugstore Cowboy, Gus Van Sant)
 
SumarioVotaciones
Por Susanna Farré
Cartel de la película
EE.UU., 1989. Director: Gus Van Sant. Productores: Karen Murphy y Nick Wechsler. Guión: Gus Van Sant y Daniel Yost y William S. Burroughs, basado en la novela de James Fogle. Fotografía: Robert Yeoman. Música: Elliot Goldenthal. Montaje: Mary Bauer y Curtiss Clayton. Diseño de producción: David Brisbin. Duración: 100 min, Intérpretes: Matt Dillon (Bob), Kelly Lynch (Dianne), James LeGros (Rick), Heather Graham (Nadine), Eric Hull (farmacéutico), Max Perlich (David), James Remar, John Kelly, Grace Zabriskie, George Catalano.
 
Miradas de Cine © 2002-2004

Señales

Referirse en la actualidad al cine independiente norteamericano es hablar de unas producciones que, pese a intentar conservar unas características formales y temáticas que las alejan del cine mainstream, han acabado por ser engullidas en el circuito de producción y distribución de las grandes empresas que controlan el mercado. El caso más conocido es el de Miramax, la productora independiente que fue comprada por Disney en 1993 y que es ahora mismo uno de los gigantes del cine estadounidense. El actual cine indie es más bien una especie de género de obras controladas por los intereses de la gran industria, la cual ha encontrado un filón de beneficios en unos filmes dirigidos a un público que es más numeroso de lo que se pretendía, un público más preocupado por el nivel de calidad de las obras que por el cine como simple entretenimiento.

Esta fusión encubierta entre ambos mercados, el independiente y el comercializado directamente por las grandes compañías, ha sido la consecuencia directa del gran éxito que el primero de ellos obtuvo durante la década pasada. La amplia difusión y valoración de estas producciones independientes, tuvo como punto de origen el Festival de Sundance, que aunque actualmente esté siendo puesto en tela de juicio por la polémica que ha suscitado el recientemente editado libro de Peter Biskind Down and dirty pictures: Miramax, Sundance and the rise of independent film (Simon and Shuster, 2004) –en el que el autor carga las tintas contra la falsedad de un festival que no está siendo consecuente con sus principios de creación y sobretodo contra la mala gestión de un director, Robert Redford, más preocupado según Biskind de cuestiones personales que de llevar a cabo una gestión eficaz del evento– dio a conocer a un plantel de nuevos directores que han enriquecido con algunas de sus obras el cine norteamericano de los últimos años. El caso de Steven Soderbergh y su Sex, lies and videotape (1989) fue quizás el primer ejemplo destacado de que este cine podía llegar muy bien a un público mucho más numeroso que el reducido grupo habitual de las sesiones de "arte y ensayo", aunque este hecho haya supuesto por desgracia la violación de sus principios fundamentales.

Precisamente fue Nick Wechsler, productor ejecutivo en la premiada obra de Soderbergh, quien se hizo cargo junto a Karen Murphy de la producción del segundo filme de Gus van Sant, Drugstore Cowboy. Van Sant ya era conocido en los circuitos independientes por haber obtenido con su primera obra Mala noche (ídem. 1985) el premio de la crítica de Los Ángeles a mejor película independiente. Con su nuevo filme, cuyo guión estaba basado en la novela autobiográfica de James Fogle, un presidiario condenado por sus múltiples robos a farmacias para hacerse con drogas, Gus van Sant consiguió ganarse la atención y el respeto de la crítica y el público tanto de su país como del extranjero, recibiendo entre otros el premio de la crítica norteamericana de ese año a mejor film y mejor director.

Drugstore Cowboy narra la historia de un grupo de cuatro chicos drogadictos, liderados por el joven Bob Hughes (Matt Dillon), que se dedican a atracar farmacias y hospitales de diversos pueblos y ciudades del noroeste de Estados Unidos en busca de drogas y fármacos con los que colocarse. La historia, que se desarrolla a lo largo de pocos meses durante el año 1971, intenta ser un retrato de un sector de la juventud norteamericana que estaba asistiendo al desmoronamiento del paraíso hippie de la droga y la sustitución de éste por una horrible y vertiginosa caída en la drogodependencia y la marginación social. La marihuana y el ácido estaban siendo substituídos por otras sustancias, y los chicos de la calle se chutaban ahora con metedrina, morfina, dilaudid, cocaína, heroína o cualquier otro barbitúrico, narcótico, alucinógeno o lo que fuese que pudieran conseguir, a través de algún camello o bien yendo directamente, como Bob y sus amigos, a atracar alguna farmacia para hacerse con ellos. Portland, ciudad de Gus van Sant, es el escenario donde Bob, su mujer Dianne (Kelly Lynch), su amigo Rick (James Le Gros) y la novia de éste, Nadine (Heather Graham) llevan a cabo sus primeros golpes, una ciudad gris y deprimente –en ella se desarrollaría también la acción del siguiente film de van Sant, My Own Private Idaho (1991)– a la que Bob regresa cuando decide recuperar su vida y abandonar el mundo de la delincuencia y la drogadicción a cambio de una vida considerada "normal". Esta realidad en la que Bob aspira reintegrarse no es muy esperanzadora, de hecho es tan horrible como para justificar el intento de evasión de algunos jóvenes en la fácil salida que los fármacos y las drogas les proporcionan, en esos instantes en los que conocen con certeza su destino de felicidad inmediata, escrito en las etiquetas de los frascos de pastillas, un destino con el que algunos se conforman sin considerar otras posibles vías de salida, puesto que pensar en ellas es un frustrante e inalcanzable sueño. Ambas realidades son espantosas, una por los peligros que conlleva, un constante pulso mantenido con la decadencia y la muerte, y la otra por la triste agonía en una realidad en la que un duro trabajo apenas da para pagar el alquiler de una habitación fría y deprimente, y en la que la muerte danza incesantemente en derredor acostumbrando su presencia a los ojos de los niñatos chupateles, niños abandonados por sus padres y que probablemente tendrán como único aliciente en sus vidas el placer efímero y traicionero que cualquier droga les proporcione.

Gus van Sant retrata el mundo de la drogadicción sin entrar en sentimentalismos ni en moralinas banales. Su film es un retrato duro y directo sin necesidad de serlo explícitamente, que impacta tanto al espectador como cualquier visión de la parte más sórdida y cruda del mundo de la drogodependencia. Uno de los elemntos más destacados es la aportación que hace al relato la presencia de uno de los gurús de la generación beat de los años sesenta, aquella generación de escritores que había hallado en las drogas un aliciente a su vida y un propulsor de su capacidad creativa. William Burroughs, en el ocaso de sus días, aparece en el filme interpretando al predicador Tom, personaje que había introducido a Bob en las drogas y a quien éste encuentra en el centro de rehabilitación de metadona en el que está ingresado. Burroughs interpreta un papel que bien podría ser el de sí mismo, la figura ya decadente de un anciano que se resiste a renunciar a algún "viaje" esporádico y que aún mantiene la lucidez de miras que le permite reflexionar sobre el verdadero interés que según sus palabras tiene la ultraderecha en la existencia de este submundo. Burroughs/Tom manifiesta que, en un futuro no muy lejano, la histeria antidroga servirá como pretexto para la implantación de un aparato policial internacional, mensaje que desde luego se ha ido cumpliendo y que obliga a cuestionar tanto las metodologías de lucha o de información y concienciación social, como la adjudicación de las responsabilidades a los verdaderos culpables y no de hecho a las víctimas. Pero Drugstore Cowboy no pretende tomar partido, y la postura defendida por el personaje de Tom es contrarrestada por el patetismo de su figura, en la que Bob puede imaginarse reflejado en un posible futuro al que no pretende llegar. Bob decide rehabilitarse, pero su decisión está desprovista de la heroicidad maniquea que hubiera destrozado por completo toda la historia. Bob decide emprender su difícil decisión, en la que debe renunciar hasta a su mujer Dianne, guiado por un instinto basado en lo que denomina "señales", aquellas experiencias que provocan la aparición del miedo, como mirar un espejo por su reverso, ver un sombrero encima de una cama, o asistir a la muerte por sobredosis de una jovencita descerebrada.

Drugstore Cowboy deja constancia en su tratamiento formal, al igual que ocurre con otras de las obras más "personales" de Gus van Sant, como My Own Private Idaho, Gerry (2002) o Elephant (2003), de que a parte de su dedicación profesional orientada al cine, este director tiene una especial predilección por el tratamiento cromático y por el cuidado de la textura en sus imágenes, consecuencias del influjo de la pintura y la fotografía, otras de sus dedicaciones, en su cine (1). La predilección pictórica de van Sant por los paisajes es especialmente constatable en My Own Private Idaho, pero se puede adivinar también en Drugstore Cowboy y en los reiterados planos de nubes que avanzan velozmente. Los colores deslucidos y las tonalidades verdosas visten una triste realidad que se asemeja tanto a las imágenes caseras registradas por una cámara de 8 milímetros –textura que es empleada en la secuencia inicial en la que Bob presenta a los personajes iniciando con ello su relato y a la que se vuelve al final del filme–, como a la estética de los cuadros de Hopper, con sus habitaciones de hoteles de mala muerte a los que remiten invariablemente los sórdidos interiores del centro de rehabilitación en el que Bob intenta recuperarse. Los actores realizan un trabajo nada desdeñable, brillante en el caso de Matt Dillon, en la que es la mejor interpretación de su carrera hasta la fecha, así como en el de Kelly Lynch, quien dibuja una Dianne altiva y distante, demasiado preocupada por sí misma como para calibrar las probabilidades de fracaso de su desorientada vida. James Le Gros, actor que sería recordado más por sus apariciones en Ally McBeal y sobretodo por su papel de Palomino en la genial Vivir Rodando (Living in Oblivion, Tom Di Cillo, 1995) cumple bien su función aunque no destaca especialmente, al igual que una jovencísima Heather Graham en uno de los primeros papeles de su carrera interpretativa. Acompañando a esta estética, la música de Elliot Goldenthal, a ratos estridente y nerviosa, en otros momentos más suave pero igualmente inquietante, acaba de redondear un film magnífico en todos los sentidos, una muestra irrefutable del talento de Gus van Sant para crear buenas obras y elaborar un estilo propio original e innovador, un estilo presente en sus primeros filmes que se vio sacrificado en las producciones que van Sant haría más adelante para los grandes estudios en aras de una mayor comercialidad, pero que está siendo recuperado en sus obras más recientes y que esperemos por el bien del buen cine, que se mantenga por mucho tiempo.

(1) Gus van Sant también es compositor y ha llegado a formar una banda en Portland llamada "Destroy all Blondes". También publicó un libro de fotografías llamado 108 portraits en 1995 y escribió una novela llamada Pink en 1997 y basada en la vida del malogrado River Phoenix, con quien van Sant compartía muchos recuerdos.