1983 • EL SENTIDO DE LA VIDA
(The Meaning of Life, Terry Jones y Tery Gilliam)
 
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Por Alejandro Díaz
Cartel de la película
Reino Unido, 1983. Directores: Terry Gilliam y Terry Jones. Productor: John Goldstone. Guión: Monty Python (Graham Chapman, John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones, Michael Palin). Fotografía: Peter Hannan y Roger Pratt, en Technicolor. Montaje: Julián Doyle. Diseño de produción: Harry Lange. Duración: 107 min. Intérpretes: Monty Python, Simon Jones (Jeremy Portland-Smythe), Patricia Quinn (Mrs. Williams), Judy Loe (Niñera), Andrew MacLachlan (Groom).
 
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Humor cáustico y metafísica

En 1969, el primer canal de la cadena televisiva británica BBC estrenó un show de humor llamado Monty Python's Flying Circus, consistente en un encadenado de sketches de variado contenido escritos y protagonizados por John Cleese, Michael Palin, Eric Idle, Terry Jones y Graham Chapman, contando además con las animaciones –y, ocasionalmente, con la actuación– de Terry Gilliam, el único miembro norteamericano del grupo. El resultado ha venido a convertirse en una de las series de humor más inteligentes, ingeniosas e irreverentes que se hayan producido jamás. Además de explotar el absurdo, el gag visual y la parodia de personajes históricos o intelectuales, el humor de los Monty Python se caracteriza, sobre todo, por su capacidad para revelar las características más estúpidas de la sociedad, y particularmente, como es lógico, de la sociedad británica (1). Una forma de entender la comedia que sigue llegando al público actual no sólo a través de la fama ganada por muchas de sus rutinas, sino, sobre todo, por la absoluta vigencia de su propuesta, que permanece fresca y lozana pese a los 35 años transcurridos desde su eclosión. Parece imposible negar, a estas alturas, que los Monty Python gozan de fama a nivel mundial, mas si bien ésta no puede calificarse como masiva, sí cabe destacarse la fidelidad y devoción de sus seguidores, así como la importante influencia que han tenido en otros cómicos posteriores.

El salto de los bad boys británicos al cine fue satisfactorio pese a los evidentes problemas presupuestarios, palpables sobre todo en Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (Monty Python and the Holy Grail 1975. Terry Jones/Terry Gilliam), su film de debut, problemas que, lejos de resultar un lastre, aguzaron la creatividad del grupo. Dejando a un lado proyectos paralelos de algunos de sus componentes (2), y las compilaciones de sus chistes televisivos más celebrados, la aportación de los Monty Python al cine se compone de tres títulos. El primero de ellos, cuyo gigantesco –y espantoso– título español evitaré volver a mencionar, atesoraba estupendos sketches sobre la leyenda del Rey Arturo, si bien el film era irregular y decaía por momentos. El segundo es, tal vez, el más venerado por sus fans y el que más revuelo causó en su época. La vida de Brian (Monty Python's Life of Brian, 1979. Terry Jones) contaba la historia de un hombre que vivía una existencia paralela a la de Jesucristo, y en ella las sociedades judaica y romana se revelaban, entre bromas, tan absurdas como el mundo de hoy.

El último film del grupo y el que nos ocupa, El sentido de la vida, contó con la mejor factura técnica y la producción más lujosa y costosa de todos ellos, y resultó, recordémoslo porque no es un dato muy sabido, galardonada con el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes. Pero, sobre todo, la película final de los Monty Python es una obra testamentaria de primer orden, ya que se presenta como un ahondamiento en la vertiente más filosófica de su humor, llevado hasta el límite de la causticidad. Su extremada acidez, su corrosión, su deliberado mal gusto, revelan también el hartazgo de sus responsables respecto al mundo que ya se configuraba a principios de los años ochenta –marcado por la eclosión del liberalismo económico–, y su descontento se extendía a la completa Historia humana, contemplada con un escepticismo que provoca que los mayores momentos de humor del film tengan siempre un reverso de amargura y desolación. Por todo ello no sería descabellado situar esta obra entre un cierto grupo de miradas cinematográficas que, conscientes de las transformaciones económicas, políticas y sociales del siglo XX, dibujan un mundo caótico y lleno de paradojas en el que todo intento de orden racional se revela como imposible, y la disolución de lo específicamente humano resulta inevitable.

Aunque su condición de producto hilarante pueda llevar a alguien a pensar, erróneamente, hay que decirlo, que no se trata de una propuesta seria, el caso es que este grupo de cómicos ingleses fue capaz de legar un ensayo fílmico con reflexiones existenciales de primer orden intelectual. El cortometraje que precede a la película nos muestra la historia de una rebelión. Los veteranos empleados de una pequeña compañía de seguros toman –literalmente– el timón de la misma, y el edificio en el que trabajan comienza a moverse hacia los mares de las altas finanzas, donde terminarán abordando a las grandes compañías multinacionales, si bien al final serán irremediablemente aplastados por ellas. No están las cosas como para pensar en utopías, parecen decirnos con este estupendo arranque. El sentido de la vida como largometraje comienza con la imagen de unos peces con rostro humano que se saludan mecánicamente unos a otros: “Buenos días”, “Buenos días”, “Buenos días”... El sinsentido y el aburrimiento de las convenciones humanas mostrado de un modo simple pero harto efectivo. Tras la desagradable secuencia del parto (“El milagro del nacimiento”, la titulan) el film nos traslada a lo que los Monty Python consideran “El tercer mundo”: Los suburbios de Yorkshire, Inglaterra. Allí, una pareja católica tiene problemas para mantener a los cientos (sic) de hijos que han engendrado porque su religión prohibe los métodos anticonceptivos, por lo que el padre decide venderlos como cobayas para experimentos (¡!). Tras un inenarrable número musical coreografiado (cuya letra dice algo así como “todo el esperma es válido, todo el esperma es bueno; si el esperma se malgasta, dios se enfada mucho...”), la narración se centra en unos vecinos del matrimonio católico, los Blackitt, que son protestantes. El marido desprecia a sus vecinos porque tienen un hijo cada vez que copulan, pero su mujer le recuerda que ellos tienen dos hijos y sólo han hecho el amor dos veces...

Éstos son sólo algunos ejemplos de las situaciones plasmadas por la película, que van desde las guerras coloniales inglesas hasta la educación sexual en los colegios (con clases teóricas y prácticas). Incluso existía un segmento en el guión original protagonizado por un Martín Lutero absolutamente atormentado por su atracción por las mujeres e incapaz de reconocerlo, pero no fue incluido en la película. Particularmente memorable resulta el episodio titulado “Mediana edad”, en el que una pareja visita un restaurante “temático” donde, en lugar de servir comidas, sirven conversaciones. El hombre que les atiende les recomienda “filosofía”, y ellos aceptan encantados: “¿Por qué no?”. Finalmente, la conversación consiste en preguntarse si todos los nombres de filósofos llevan la letra “s”, como Schopenhauer y Nietzsche. «¿Significa eso que Selina Jones es una filósofa?», pregunta la mujer con todo convencimiento. La vulgaridad, la más absoluta superficialidad de ciertas acartonadas generaciones humanas, expuesta con una crudeza inaudita. Pero sin duda uno de los highlights del film es el pasaje del restaurante, en el que un orondo comensal elige las viandas que va a tomar pidiendo la carta completa («Excelente elección, señor», le contesta el camarero), y, por supuesto, un cubo para vomitar. La escatología puesta al servicio del exceso, y el exceso como plasmación del estragamiento de unas determinadas formas de vivir propias de un triste presente.

Al final, el golpe de gracia: La mismísima muerte, directamente inspirada en las imágenes de El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957. Ingmar Bergman), hace acto de presencia irrumpiendo en una casa donde cenan varios matrimonios burgueses. Unos alimentos en mal estado han provocado la muerte de todos ellos, y el Grim Reaper les acompaña al otro mundo. La inquietante circunspección del filme de Bergman desarmada definitivamente por unos nuevos tiempos en los que los fenecidos se toman su viaje sin retorno como si fuese una visita a un parque de atracciones. Incluso se llevan los (fantasmas de los) coches con ellos, hasta llegar a un cielo que diríase sacado de un anuncio publicitario. En el cielo siempre es Navidad, la gente sonríe sin parar y reina la felicidad. Todos los personajes muertos durante el film se dejan ver por allí, disfrutando de los mayores lujos y comodidades... ¿Acaso puede haber una crítica más afilada contra los fetiches y la falsedad de la sociedad ultra-materialista de los ochenta?

(1) Esta es una de las causas por las que se me antoja absolutamente indispensable, en el caso de los Python, visionar sus obras en versión original.
(2) Entre elos podemos destacar, positivamente, la comedia Un pez llamado Wanda (A Fish Called Wanda, 1988. Charles Crichton), que contó con Cleese y Palin; y, negativamente, la insoportable Los héroes del tiempo (Time Bandits, 1982. Terry Gilliam), película en la que intervinieron Gilliam, Palin y Cleese, y que, por mucho que las sucesivas ediciones de vídeo insistan en ello, no es un film de los Monty Python.