1989 • EL SÉPTIMO CONTINENTE
(Der Siebente Kontinent, Michael Haneke)
 
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Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
Austria, 1989. Director y guión: Michael Haneke. Productor: Veit Heiduschka. Fotografía: Anton Peschke. Montaje: Marie Homolkova. Dirección Artística: Rudolf Czettel. Duración: 90 min. Intérpretes: Dieter Berner (Georg), Udo Samel (Alexander), Leni Tanzer (Eva), Silvia Fenz, Robert Dietl, Birgit Doll (Anna), Georg Friedrich, Georges Kern, Elisabeth Rath.
 
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Salto al vacío

"No odio en modo alguno el cine comercial. Es perfectamente lícito. Hay mucha gente que necesita evadirse porque quizás atraviesen situaciones personales difíciles. Pero eso no tiene nada que ver con una manifestación artística. Una manifestación artística está obligada a confrontarte con la realidad". Michael Haneke.

¿Qué quién es Michael Haneke? ¿Así estamos a estas alturas, criaturas? Haneke –para ahorrarnos esa multitud de palabras que siempre se vierten en los presentaciones formales– es a la desgracia lo que Frank Capra a la felicidad y el optimismo.

Este tipo bastante cafre confía menos en la humanidad que este país en la selección nacional (no me negaran que unos y otros tenemos nuestras razones). El clima desesperanzador de sus historias parte de una absoluta convicción personal: poco (o nada) tiene sentido en esta farsa sin gracia.

Digo yo que si fuese verdad que todo lo ve de ese color tan intensamente oscuro, Haneke debería de quemarse a lo bonzo, siendo así absolutamente consecuente con su credo –una actualización del de Kierkegaard o Schopenhauer, versión centroeuropea–. Si el director padece la décima parte de las angustias de sus personajes, convivir con él debe de ser tan revitalizante como un picnic en el cementerio del barrio.

La coherencia es un valor a la baja. Indudablemente. Seguir una línea de actuación, ser fiel a ella y no desistir en nuestras intenciones –por poco partícipes que sean de ellas las mayorías–, es el camino más seguro hacia la marginación, ya sea social o intelectual. ¿Qué si soy un tremendista? Ummm, sí, quizás si. Pero prueben a decir realmente lo que piensan en la próxima reunión de vecinos...

La familia protagonista de El séptimo continente (un título que suena a idílico slogan de agencia de viajes) debería de ser, técnicamente, feliz. De hecho, raya la "perfección": han alcanzado ese maravilloso status de clase media-alta que pasa por tener asegurada la descendencia, una casa con todas las comodidades imaginables y un trabajo envidiado por el vecino. En pocas palabras: lo tienen "todo".

...y sin embargo, no están satisfechos. No, lo suyo no es avaricia o ambición desmesurada, fruto de la codicia consumista. Lo que les falta no se encuadra en un orden tangible o material. Les faltan ganas, un acicate para disfrutar de aquello que poseen, motivaciones a nivel emocional. ¿Les iría bien creer en algo? Posiblemente, aunque dudo que un salvavidas religioso lograse sacarles a flote.

Haneke nos narra una depresión colectiva, compartida por una familia desubicada, botón de muestra de millones de grupúsculos constituidos alrededor de tan consolidada institución.

El ritmo de sus vidas, marcado por una rutina alienante al compás del ir y venir de electrodomésticos y máquinas varias, nos puede parecer al principio cómico, puesta al día de aquellos tiempos modernos chaplinianos. Padre, madre e hija transitan por este mundo asumiendo su condición de meros espectadores: fascinados por el recorrido del rodillo en un tren de lavado de coches, el colorido que provocan las sirenas de una ambulancia atendiendo un accidente de tráfico.

Levantarse, vestirse, desayunar, lavarse los dientes... en un momento dado, deja de parecernos divertido. Es más, sus asquerosas existencias –joder, ¡tan parecidas a las nuestras!– se nos antojan vacías, angustiosas, inermes. Incluso nos atreveríamos a decir que nadie les echaría de menos en este mundo si lo abandonasen por la puerta de atrás. Este efecto no es casual: "en El séptimo continente traté de la cosificación de nuestras vidas, que ahora están determinadas por toda una serie de datos. Esto motivó que la película tuviese una estética concreta. Era muy consciente del hecho que un primer plano tiene una significación diferente en el cine y en la televisión. Pero como la sucesión de planos muy próximos no es habitual en la televisión, esto me llevó a pensar que era el discurso apropiado para vehicular este concepto de la cosificación del individuo (...) Del mismo modo, los planos a negro están directamente relacionados con las diversas secuencias. Crean una autentica sensación de fragmentación (...): tenían una duración que variaba de acuerdo con la profundidad de la escena. Si en una secuencia se había de reflexionar mucho, yo hacía un plano negro más largo".(1)

Ellos también se dan cuenta de esta situación y toman una decisión al respecto. Esta opción por la que se decantan es salvaje y radical: la van a llevar a cabo con perfecta conciencia de sus actos, de una manera minuciosa, casi obsesiva. No se puede alegar enajenación mental transitoria. La fiebre destructiva que se apodera de ellos les lleva a suprimir de sus vidas incluso aquello que han podido llegar a amar o tener en cierta estima: unos peces de colores, una pieza de porcelana con algún valor sentimental... tanto da.

¿Exagerada apología de la desesperación, del pánico y el vacío con el que decoramos nuestras vidas? No. Haneke no fabula... parte de un hecho real. Historias de esas que decoran las columnas laterales de los periódicos, actos terribles e inexplicables que se ocultan tras la crónica de sucesos.

Pienso que Haneke nunca ha llevado tan lejos sus perturbadas premisas como en esta su primera película. En la reciente La hora del lobo (Le Temps du Loup, 2003), su particular versión del Apocalipsis, acababa contagiado del hieratismo de sus personajes, demasiado concentrados en no transmitir emoción alguna. En La pianista (La Pianiste, 2001), tremendo recital de Isabelle Huppert y Annie Girardot, la fascinación que ejercía la enfermiza Erika enturbiaba cualquier reflexión de mayor calado (un claro ejemplo de criatura capaz de fagocitar toda una trama). Incluso en su magnífica Funny games (id., 1997), la utilización de cierto recurso metacinematográfico restaba verosimilitud a una de las historias más terroríficas contadas en los noventa. En su vertiente más culterana –71 fragmentos de una cronología del azar (71 Fragmente einer Chronologie des Zufalls, 1994) y Código desconocido (Code Inconnu, 2000)– Michael logra sumir al espectador influenciable en una nueva depresión de caballo, aunque su estilo escindido y episódico no sea tan directo como en el resto de sus films.

En definitiva, pocas óperas primas demuestran tan a las claras el ideario de un director como esta apabullante disección de la Austria acomodada, de esta nuestra Europa del bienestar social y la desolación moral. Camino sin retorno hacia un continente recóndito al que todos, antes que después, acabaremos emigrando.

(1) Entrevista a Michael Haneke. Positif, núm. 478, diciembre de 2000.