1984 • ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA
(Once Upon a Time in America / C'era una volta in America, S. Leone)
 
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Por Emilio Martínez-Borso
Cartel de la película
EE.UU.-Italia, 1984. Director: Sergio Leone. Guión: Leonardo Benvenuti, Piero De Bernardi, Enrico Medioli, Franco Arcalli, Franco Ferrini, Sergio Leone, basado en la novela de Harry Grey. Productor: Arnon Milchan. Música: Ennio Morricone. Fotografía: Tonino Delli Colli, en Technicolor. Montaje: Nino Baragli. Dirección artística: Carlo Simi. Duración: 229 min. Intérpretes: Robert De Niro (David 'Noodles' Aaronson), James Woods (Maximilian 'Max' Bercovicz), Elizabeth McGovern (Deborah Gelly), Treat Williams (James Conway O'Donnell), Tuesday Weld (Carol), Joe Pesci (Frankie Minaldi), Burt Young (Joe Minaldi), Danny Aiello (Police Chief Vincent Aiello), William Forsythe (Philip 'Cockeye' Stein).
 
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Érase una vez el cine

Tal como expongo en mi artículo sobre En busca del arca perdida (Raiders of the lost ark, 1981) de Steven Spielberg, existen películas que independientemente del lugar y fecha donde fueron producidas se desmarcan voluntariamente de cualquier etiqueta plausible para entrar a formar parte del grupo de las elegidas para capitanear la gloria del cine a los años y generaciones venideras.

En el caso de la obra póstuma de Leone viene dado no ya solo por su origen, el cual se remonta a los primeros años que formaron la década de los 70, sino por su voluntad de recrear y explicar unos acontecimientos pasados en forma de elegía épica, estando planteada y rodada no con las formas estéticas propias que imperaban en aquellos años sino con los cánones propios de su principal artífice, Sergio Leone, un cineasta que durante tres décadas se mantuvo fiel a unos principios muy arraigados en torno a su concepción del cine.

Último capítulo acerca de la trilogía sobre el origen de América formada por Hasta que llegó su hora (C'era una volta il west / Once upon a time in the west, 1968) y Agáchate maldito (Giú la testa / Once upon a time in the revolution, 1971), Érase una vez en América supone el último y más grandioso acto de una colosal obra que a pesar de haber sido rodada y montada en tres décadas distintas y tratar acerca de momentos puntuales de diferentes épocas sobre una misma nación, constituye una obra autónoma y conjunta dividida en tres capítulos englobados por cada película pero que se retroalimentan el uno al otro y que poseen el acabado de ser complementarios los unos de los otros.

Así pues, la presente película se erige en un monumental fresco acerca de cuatro décadas distintas durante el nacimiento del siglo XX concretizados en la ciudad de Nueva York, el símbolo de la América (Y en consecuencia, del mundo) moderna y civilizada en contraste con los grandes espacios del primitivo Monument Valley de Hasta que llegó su hora o de la frontera Mexicana de Agáchate maldito y tomando como motor de la historia a dos jóvenes perdedores y rufianes líderes de una banda de delincuentes callejeros de origen judío a través de sus andanzas, su ascensión, su gloria, su caída, sus amistades y deslealtades mientras son testigos del cambio de una civilización que está en una expansión y progreso constante. Debido a su origen humilde y a sus trapicheos con la mafia más la posterior carrera delictiva que acusarán, Leone permite adentrarnos en el mundo más pobre, en la América que realmente fue forjada en las calles como rezaba la frase promocional de la reciente Gangs of New York (Gangs of New York, 2002, Martin Scorsese) y que a diferencia de ésta, la película del cineasta italiano se centra en unas situaciones lo más intimistas posibles dentro de las vidas de los personajes para así abarcar y generalizar lo más posible a modo de ofrecer una reconstrucción lo más fidedigna posible pasando eso sí por el filtro de la épica y la fábula jugando con la pretendida ficción de la historia, frente al realismo descarnado y buscado de los acontecimientos narrados por Scorsese.

Frente a un acercamiento más simplista que sin profundizar demasiado dentro de la obra de Leone, fácilmente englobaría este último capítulo dentro de las películas acerca de la mafia, Leone la trata y la muestra más como una consecuencia inevitable del destino trágico de sus protagonistas que como el motor de la acción en sí. Éste es sin duda el único punto en el que convergen el largometraje y la saga de los Corleone de Coppola con la que tanto se le ha comparado. Del mismo modo que películas como Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990, Martin Scorsese) o Muerte entre las flores (Miller´s Crossing, 1990, Joel Coen) también han sido comparadas con ella, el largometraje de Leone no es una reconstrucción de las costumbres y vida de ciertos tipos de mafia que imperaban en la época que trata.

El conflicto mafioso está observado desde un punto de vista totalmente secundario puesto que aunque es importante el mostrar como la banda de Max y Noodles atracan, roban y asesinan, Leone se preocupa más en mostrar las interrelaciones entre ellos y sus momentos de ocio, o sobretodo su vída cotidiana una vez han alcanzado el poder. Mientras que Max es el único que consigue llevar una vida acorde con la nueva clase social a la que pertenecen y se adapta sin ningún problema, Noodles busca consuelo en los fumaderos chinos de opio. La mafia dentro de Érase una vez en América no es más que una consecuencia lógica de la situación político-económico-social de la época que se erige en la única consecución posible dentro del destino de estos personajes perdedores sin remisión (Un aspecto sobre la cual le debe mucho Donnie Brasco –Donnie Brasco, 1997, Mike Newell–) para los cuales la mafia es el único camino posible dentro de un tiempo donde estaban bien vistos los gangsters y su estilo de vida, por desgracia tan habitual y que tan bien retrató en los años 30 y 40 las películas de la Warner con James Cagney de protagonista y Bogart de antagonista.

Leone no busca tanto como reconstruir el cine de gangsters que acabo de comentar como materializar las huellas que el cine, la música y la literatura Americanas inculcaron en el cineasta. En declaraciones del propio Leone: «Ésta película supone para mi una dolorosa venganza. La hice para sacarme todo lo que América me había metido en ella». A través de la figura de los dos rufianes de pacotilla que suponen los dos protagonistas, Leone expone su propia reflexión acerca del paso del tiempo, la pérdida de las ilusiones y por tanto de la inocencia y el precio de la amistad.

Para ello, el cineasta italiano reproduce el ritmo narrativo utilizado en Hasta que llegó su hora, la cadencia que viene determinada por la medidísima composición y duración de cada plano y tal como apunta Carlos Aguilar en su libro sobre Leone de la editorial cátedra, sobretodo en la armonía entre movimientos de cámara y la expresión corporal de los actores que matiza hacia la segunda parte de la película en un bellísimo anti-crescendo que suprime la violencia física de la primera parte y valora poéticamente el relieve dramático de la serenidad.

Otra técnica magistralmente utilizada en torno a la puesta en escena es la utilización dramática del sonido. Por una parte el sonido del teléfono como noticia fatal que retumba en los oídos de Noodles y por extensión en los del espectador al aguantar el efecto durante un buen rato, y por otra parte la calculada utilización del silencio como elemento dramático que paraliza la acción viniendo dado por la clara influencia que el cine japonés ejerció en Leone. Mención especial merece la discontinuidad narrativa que permite seguir la historia a través de tres momentos puntuales, la adolescencia en 1922, la madurez en 1933 y la vejez en 1968.

La fantástica fotografía de Tonino Delli Colli diferenciando las propiedades cromáticas de cada época, unida una nueva colaboración entre el director y la música de Ennio Morricone, compositor de una partitura muy matizada utilizando ya los instrumentos propios que se reflejan en los barrios bajos y en Chinatown como las propuestas sonoras más cercana al jazz y el blues en los nights clubs, coronado por la principal melodía que acompaña a los protagonistas o la versión de Amapola que acompañará cada encuentro entre Max y su amada Deborah, ya sea cuando él la observa bailar cuando es niño o en una de las mejores secuencias de la película, que es la anterior a su violación por parte de Noodles, aquella en la que le lleva a una cena de ensueño.

En el apartado interpretativo, tanto Robert De niro como James Woods componen unas intensas interpretaciones que vienen complementadas por un plantel de actores muy bien encauzados y dirigidos que elevan el largometraje y lo levantan a través de su larguísima duración.

Érase una vez en América supone la película más pesimista de su creador. El largometraje no es más que la derrota a todos los niveles de un personaje que creyó estar por encima de ese destino que nos marca desde un principio, un destino que le auguraba una existencia mediocre y que de nuevo el otro punto en común con la trilogía de Coppola ya que al igual que Michael Corleone, Noodles lucha y lucha en contra de su destino para acabar sucumbiendo ante él.

Por desgracia, una vez más en la historia del cine se da el caso que como en las más grandes películas, existe una cantidad ingente de material filmado que a pesar de tener su función tuvo que ser desechado y cuya versión total murió con Sergio Leone.

Por suerte aún nos queda ésta para nuestro gozo y disfrute.