| 1986 • HENRY, RETRATO DE UN ASESINO (Henry: Portrait of a Serial Killer, John McNaughton) |
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Retazos de maldadEl mal siempre ha resultado seductor. El misterio e incluso la extravagancia de determinadas propuestas, por descabelladas que sean, no pueden sino resulta atractivas. Aquello que es inconcebible, lo prohibido y lo reprobable por inalcanzable, resulta por definición sugestivo. Para que lo vamos a negar a estas alturas, el ser humano es muy estúpido y por el simple hecho de prohibirle algo de por vida, este se sentirá seducido por lo vedado. El cine se ha encargado de ilustrar esta asumida atracción de múltiples formas y maneras ataviando a sus personajes “malos” de iconos y formas atractivas; Drácula, Jack el destripador, Norman Bates, el mismísimo diablo..., nos seduce su misterio, su oscuridad y su ambigüedad, sus actos son despreciables si, pero están muy bien “envueltos”. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando el mal se desprende de su glamour y de su estilización, de su envoltorio?, ¿cuándo el mal deja a un lado los filtros propios de una industria como la de Hollywood y se presenta ante nosotros desnudo y frío?. Y lo que es más inquietante todavía, ¿qué ocurre cuando el mal deja de ser una consecuencia de la avaricia o el odio y simplemente, se convierte en un estilo de vida, en el hábitat de determinados individuos, en una actitud vital como en los casos de Drácula o el hombre lobo por ejemplo?. En este punto suceden dos cosas: primero, si el mal ya no resulta particularmente seductor desde su concepción iconográfica, los hechos malvados toman un mayor protagonismo y por extensión evidencia. El mal sigue resultando atractivo, pero ya no nos atraen las exquisitas formas sino –de forma inconsciente y rara vez admitida– sus repugnantes actos, y esto nos duele, nos duele mucho. Y dos, si el mal es una manifestación natural en un sujeto este resulta menos reprobable, ya que sus acciones, por nauseabundas que nos resulten, no dejan de estar condicionadas por escalas de valores y conceptos como moralidad o ética en definitiva, por inventos de la conciencia humana, que ha decidido dar nombre a aquello que no puede controlar. Estas dos consecuencias –el mal sin ataviares y el mal como forma de vida– nos hacen contemplar con doloroso pavor, la vulnerabilidad de nuestras creencias cívicas y sociales. No somos tan inmutables como creíamos, porque de hecho, cobijamos en nuestro interior la semilla de la putrefacción moral, “solo” es necesario un “pequeño” desbarajuste mental, para que nos convirtamos en monstruos. La materia prima la tenemos. Henry (Michael Rooker), protagonista de Henry. Retrato de un asesin (Henry. Portrair of a Serial Killer; John McNaughton,1986) es un monstruo típicamente posmoderno. Nada tiene que ver con la elegancia y la seducción de Drácula y sin embargo es la misma encarnación del mal, nada tiene que ver con las desmedidas aspiraciones del Dr. Frankenstein pero la naturaleza de sus obsesiones son similares, nada tiene que ver con las transformaciones de el hombre-lobo pero sus actos son igualmente irracionales. La principal diferencia entre Henry y Drácula, Frankenstein, el hombre-lobo, la momia o cualquier otro monstruo del estilo, incluso entre Henry y Hannibal Lecter, el asesino de Scream (Wes Craven; 1996) o el John Doe (Kevin Spacey) de Seven (David Fincher; 1995) es por un lado, la total ausencia de ornamentos. Henry no es un personaje construido en función de un público masivo que lo tiene que aceptar/consumir y hasta cierto punto, admirar. Henry es un personaje áspero, que antes incluso de cometer su primera barbarie ya resulta antipático para una película; tan vulgar, tan ausente de atractivo. Pero además, Henry, al contrario que buena parte de los monstruos antes mencionados, carece de motivaciones más o menos románticas, más o menos pecaminosas, más o menos estúpidas. Henry es malo, porque es lo único que es. En Henry desparece el motivo, y la consecuencia por extensión se transforma en evidencia. Ya no es que el mal sea el resultado de nada, es que el mal tiene su propia razón de ser en si mismo. Algo se menciona en Henry en torno a una supuesta infancia plagada de maltratos a su protagonista, pero es obvio que esto no es lo que preocupa a McNaughton. El interés del cineasta norteamericano parece ir enfocado hacía otros derroteros más antropológicos, más sociológicos. John McNaughton parece ubicar en un entorno urbano aparentemente corriente a un monstruo descarnado y plantear de esta forma la razón de ser de su presencia. ¿Cómo es posible que una sociedad, por imperfecta que sea, origine monstruos de semejante calibre?. John McNaughton antes de lanzarse a la aventura del cinematógrafo ya había explotado las posibilidades del video, un formato mucho más cercano a la “realidad”, por su textura, por sus imágenes, e incluso después de haber dirigido Henry, McNaughton siguió explotando los caminos del documental con trabajos como Dealers in Death (1994). No es por esto de extrañar el formato de falso documental que adopta el punto de vista de Henry. Siguiendo la estela de exitosos largometrajes de terror anteriores como La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead; George A. Romero, 1968), La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre; Tobe Hooper, 1974) o Posesión infernal (Evil Dead; Sam Raimi,1982), Henry también depositó buena parte de su inquietud y de su turbación, en esa textura malsana, aparentemente amateur que como el video, resulta más cercana a la realidad, por los tejidos de sus imágenes, por el granulado de lo que vemos, una imagen fría e irremediablemente cercana. Algo de eso tiene Henry y por eso resulta un film tan terrorífico, algo de cercano posee esa despreciable aberración que es Henry. Nada nos garantiza que nuestro vecino de al lado o que nosotros mismos, alberguemos la semilla de un émulo de Henry, y esa es quizá la idea más terrorífica que pueda albergar un hombre. Pero además Henry guarda un as en la manga, nada desdeñable aunque planteado y desarrollado –a mi juicio– con cierta inexactitud dramática. El personaje de Otis (Tom Towles) cumple una curiosa función que exacerba, si cabe, el pavor de Henry ya que Otis viene a ejemplificar esa malsana y morbosa fascinación del hombre “normal” por las barbaries perpetradas por Henry. ¿Cómo es posible que matar sea tan sencillo?. ¿Cómo se hace?. ¿Qué se siente?. Henry obviamente no dudara en ilustrar a su amigo Otis en un curso de homicida sin escrúpulos avanzado, poniendo ante sus pies la evidencia de que para matar, solo es necesario dejar escapar un fogonazo de visceralidad acumulada/reprimida. Sin embargo, parece hacer falta no obstante, algo más para convertirse en un Henry y esto es, carecer de aliento humano, de alma. Como escribía Hilario J. Rodríguez «Matar es sencillo, basta con estar hueco, no tener entrañas, alma» (1) . Quizá por esto, pese a la evidente estupidez de Otis, este cobijara un alma olvidada entre la idiotez de sus actos, quizá por eso Henry no pestañee a la hora de eliminarlo del mapa. Henry es a mi juicio, una película importante dentro de la década de los ochenta por tres razones principalmente:
Quizá la principal innovación que presenta un film como Henry estribe en el hecho de que el film de John McNaughton es un largometraje de terror que parte de unas herramientas y unos resortes dramáticos hasta la fecha tímidamente expuestos en el género. Es decir, lo que hizo McNaughton fue escoger una ilustre figura del imaginario colectivo del terror como el psycho killer y retratarlo de una forma iconográficamente dispar a lo hecho hasta la fecha, algo así como –y que nadie se ofenda– filmar Psicosis (Psycho; Alfred Hitchcock, 1960) con el envoltorio formal de La matanza de Texas; o lo que es lo mismo, una hábil combinación entre una figura ya planteada y desarrollada por el género envuelta en una forma hasta el momento, ajena a esta. (1) Rodríguez, Hilario J. El museo del miedo . Madrid: Ediciones JC, 2003 p. 277. |