1980 • LA PUERTA DEL CIELO
(Heaven's Gate, Michael Cimino)
 
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Por Antoni Peris Grao
Cartel de la película
EE.UU., 1980. Director y guión: Michael Cimino. Productora: Joan Carelli. Producción: Lorimar Television para United Artists. Fotografía: Vilmos Zsigmond, en Technicolor. Música: David Mansfield. Montaje: Lisa Fruchtman, Gerald B. Greenberg, William Reynolds, Tom Rolf. Direccion artística: Spencer Deverell y Maurice Fowler. Duración: 209 min. Intérpretes: Kris Kristofferson (James Averill), Christopher Walken (Nathan D. Champion), John Hurt (Billy Irvine), Sam Waterston (Frank Canton), Brad Dourif (Sr. Eggleston), Isabelle Huppert (Ella Watson), Joseph Cotten (Rev. Doctor), Jeff Bridges (John L. Brid).
 
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Episodio de lucha de clases en las Puertas del Cielo

Por distintos motivos hay directores de trayectorias sinuosas, erráticas. Directores que tuvieron su momento de gloria y que buscan alcanzarlo de nuevo en vano. Autores que repiten la misma historia en inútil búsqueda de la perfección. Profesionales que tratan de convencer a la audiencia que aquella película que rodaron años atrás no fue un simple golpe de suerte. El rigor de algunos pesa en su obra como un lastre fatal. En otros casos, el afán de comercialidad estropea sus productos. Sus filmografías se vuelven intermitentes y su figura se desvanece con los años. Y, no obstante, hubo un momento en que llamaron a la puerta del cielo. Quizás la historia de Michael Cimino sea una de las más peculiares. Encumbrado por El cazador y odiado por Hollywood por abrir una caja de Pandora con Heaven's Gate, sólo ha rodado 7 películas en un cuarto de siglo. Muchos se esfuerzan en olvidarlo, otros esperan su nueva obra.

Del cielo al infierno

Tras escribir los guiones de La Rosa (Mark Rydell), Silent running (Naves misteriosas, Douglas Trumbull, 1973) y Harry el Fuerte (Mágnum Force, Ted Post, 1973), Cimino es reconocido como director por Thunderbolt and Lighfoot (Un botín de 500.000 dólares, 1974) y premiado por la industria de Hollywood con la dirección de un proyecto suculento. The deer hunter (El cazador, 1977) es un melodrama bélico ambientado en Vietnam y las urbes obreras de los Estados Unidos de América. La combinación entre el drama intimista y el grand guignol bélico (característica inherente a su cine) superan el riesgo que implicaba destapar la herida de la guerra perdida por los USA. El Cazador es un apoteósico éxito de taquilla y es premiado con varios oscar. Este respaldo permite a Cimino defender la realización de un viejo proyecto, The Johnson County War, historia de un genocidio de clase sucedido en 1890 en Wyoming, con el pretexto de mantener libres de granjeros las dehesas ganaderas. La United Artists dio carta blanca al director y el proyecto se alargó durante dos años. El rodaje, en 70mm, se desarrolló en tres puntos distintos de la geografía e implicó la construcción no sólo de dos pueblos a tamaño natural si no la de un gigantesco árbol en los jardines de Harvard. Incluso se buscó un auténtico ferrocarril del siglo XIX para ilustrar un par de escenas, emulando en cierta manera el perfeccionismo viscontiniano en cuanto a accesorios y diseño de producción. Rodaje y producción del prólogo y epílogo (ambos recortados en la versión estrenada) significaban la quinta parte del presupuesto de la película. El producto final, acortado en más de una hora respecto del metraje original, fue considerado lento y (¡pecado mortal!) antiamericano. Un remontaje posterior no haría sino aportar más confusión a la trama y la película arrastró en su fracaso comercial a la propia productora que, penalizada también por la mala acogida a Stardust Memories (un excelente Woody Allen que hacía suyo Otto e mezzo cargando las tintas contra espectadores y críticos… nadie se lo perdonó) desapareció como tal tras 60 años de existencia. Insospechadamente, Cimino sobrevivió al naufragio y el denostado Dino de Laurentis (de quien hay que reconocer su riesgo en impulsar a curiosos personajes, como David Lynch) le produciría Year of the Dragon (Manhatan Sur, 1985), que podría valorarse como la tercera entrega de un fresco sobre la sociedad americana y la violencia. Etiquetada de racista y machista, este thriller electrizante pasó sin pena ni gloria por las pantallas. Michael Cimino volvería a la acción dos años después con una lujosa producción, El siciliano , versión libre y desaforada de la leyenda (más que de la propia vida) de Salvatore Giulano. El resultado, moroso, petulante y grandilocuente, hundiría, esta vez sí, a Michael Cimino.que no reaparece más que en dos ocasiones hasta la actualidad, en 1990 con un nuevo encargo de De Laurentis, Desperate Hours (37 horas desesperadas, remake de la obra de Wyler dónde substituye a March y Bogart por Hopkins y O'Rourke) y en 1998 con Sunchase r, buddy movie dónde dos personajes antagónicos, un delincuente afecto de leucemia terminal y el médico que le atiende, emprenden esposados una huída a una nueva vida. En todas ellas, Cimino exhibió generosamente su gran capacidad visual y su habilidad para recoger de manera complementaria el detalle íntimo. La energía que desprendían diversos pasajes de Sunchaser nos permitía mantener esperanzas por un cineasta aun en forma. Continuamos a la espera.

Una tragedia americana

Pocas opciones da Cimino a los cándidos espectadores americanos. Heaven's Gate no es un western. De hecho, no es un antiwestern, un spaghetti ni un western crepuscular. Como El cazador, más melodrama que cine bélico, Heaven's Gate tiene más de cine social o político aunque utilice las claves del oeste y Cimino está más próximo a La Patagonia Rebelde o a Novecento que a Grupo Salvaje o Cheyenne Autumn.

La puerta del cielo se inicia en 1870 en la ceremonia de graduación en Harvard de James Averill (Kris Kristofferson) y su amigo Billy Irvine (John Hurt); la vida es bella. Averill tiene varias amantes y Irving es escogido como orador para despedir la promoción. Veinte años después, Averill ejercerá como marshall en un pueblo perdido en Wyoming y su autoridad está coartada por la agenda oculta y pactos secretos de los políticos, últimos representantes de los intereses del lobby ganadero. Irving, aunque partícipe de las actividades de su clase social, es un pelele alcoholizado que Cimino utiliza como un bufón que lanza sus puyas contra Frank Canton (Sam Waterston), líder del grupo. Completan el cuadro el capataz de Canton, Nate Champion (un turbio Christopher Walken) y Ella (Isabelle Huppert), triangular amante de Averill y Champion, madame y prostituta del burdel. Hay escasas oportunidades de identificarse con ninguno de los protagonistas. Es más, Cimino trabaja con alevosía las ambigüedades de los unos y los otros. Así, el criminal Nate Champion, que no duda en asesinar a sangre fría a los cuatreros (inmigrantes muertos de hambre), es quien tiene más sensibilidad a la hora de tratar a Ella, ofreciéndole una vida compartida por encima de los regalos lujosos con los que Averill pretende seducirla. En una de las escenas más tiernas escenas, Nate ofrece a Ella su cabaña, que ha empapelado amorosamente… con periódicos; poco después, antes de ser asesinado, Champion verá reducidos a cenizas estos periódicos y la propia cabaña. Averill, por su parte, lúcido conocedor de la situación, no tiene inicialmente el valor de defender a sus amigos con las armas y no será sino tardíamente que decide ayudarles en su lucha, demorando una estrategia que podría haber salvado la vida de muchos. Billy, por su parte, patético personaje extraído de las tenebrosas pesadillas del Rey Lear, no cesa de lanzar improperios contra sus compañeros de clase sin mover un solo dedo para ayudar a Averill y los granjeros.

Cimino está más inspirado en La puerta del cielo que en ninguna otra película de su filmografía. Sin embargo, como autor, repite sus errores y exhibe sus virtudes al igual que en sus otras obras. Por una parte, mueve los hilos de la trama con torpeza, lastrado quizás por un forzado (des)montaje. El prólogo y el epílogo, fotográficamente mimados (es el mundo de Averill del que nunca debió salir) por Vilmos Zsigmond quedan algo desvinculados de la trama (especialmente las melancólicas imágenes a bordo del barco, tras la espantosa secuencia del último tiroteo injertada en el montaje final). La elipsis que propulsaba a los protagonistas de El cazador de Pennsylvania a Vietnam es equivalente a la que deriva a Averill y Billy de Harvard a Wyoming. Cimino obvia dar explicaciones. No obstante, la trama presenta incoherencias y vacíos. Aun conociendo la inminente carga de los ganaderos, Averill se demora en comunicarla a la población (con el pretexto de no arruinarles el domingo). Ella duda entre Averill y Champion tanto como la Bergman dudaba entre Rick Blaine y Victor Laszlo. Billy Irvine despotrica de sus compañeros (¡hijo de puta ha sido siempre la expresión favorita de este país!) pero no duda en seguirles. Champion es el líder aparente de los pistoleros de la zona pero desconoce las intenciones de Canton. Las discusiones entre los emigrantes (imprescindible aportación del guión, enfrentando los pequeño burgueses y los obreros) resultan difíciles de seguir por la falta de identificación de los diferentes personajes.

Sin embargo, como en El cazador y como en Manhatan sur, Cimino consigue auténticos fogonazos de gloria cinematográfica, tanto en escenas íntimas como en las más épicas.

Los diálogos doloridos de De Niro y Streep a la vuelta de Vietnam y las amargas discusiones de O'Rourke y su mujer en Year of the Dragon , tienen su equivalente en las conversaciones en casa de Ella con Averill y Champion, alternativamente. Y la relación triangular, condenada al fracaso, de los tres, la amistad no reconocida por Averill de Champion hacia él mismo, nos retrotrae a la relación de Tom Doniphon y Stoddard, rivales en el amor y opciones de destino incompatibles para el futuro de los nuevos territorios, en El hombre que mató a Liberty Valance (y quizás, ya más forzadamente, a la relación de Daniel Day Lewis y De Caprio en la fallida Gangs of New York de Scorsesse, explicitada en la escena dónde el joven se acuesta con la amante del jefe y este les contempla envuelto en las barras y estrellas). Por otra parte, Michael Cimino, como Coppola, también es un maestro a la hora de retratar celebraciones de grupo. En The Deer Hunter, captaba literalmente la vida real en las escenas de la salida de la fábrica, el pub dónde se reunían los protagonistas a beber cerveza (no recuerdo escenas de amigotes tan creíbles como aquellas en que cantan alrededor del billar). En Heaven's Gate ocupan su lugar los bailes y patinajes en la sala homónima que da su título a la película. Allí todos los inmigrantes centroeuropeos, alemanes y rusos en su mayoría, funden su babel en la música que David Mansfield (compositor fiel de Cimino) ofrece para que olviden sus miserias y Averill baila con Ella tratando de eternizar la intensidad del momento Heaven's Gate, refugio frente a las miserias y las amenazas de los ganaderos y mercenarios, contrapone la música folk americana, heredera mestiza de orígenes múltiples, que bailan y celebran todos los inmigrantes al Danubio Azul imperial que adoptan los herederos anglosajones en su reino principesco de Harvard.

Más allá de los errores antes comentados, Michael Cimino construye la película alternando estas imágenes intimistas con enérgicas secuencias de acción. Los escenarios de Montana (dónde se rodó la cinta) facilitan la creación de un ambiente que adquiere categoría protagonista como antes consiguieran Ford y Mann. Es inolvidable la cabalgada del ejército mercenario mientras las nubes atraviesan cielo y tierra, o el galope salvaje de la calesa de Ella por la calle principal, con todos los granjeros ajenos a la inminente tragedia, celebrando su aparición y siendo recriminados por sus mujeres. Igualmente, Cimino domina las gruas en los escenarios construídos, tanto en la suntuosa escena del baile de Harvard como en la fastuosa reconstrucción de Casper, atiborrado de inmigrantes que descienden del tren y pistoleros haciendo acopio de armas y guardapolvos.

Lamentablemente esta capacidad visual que permite la construcción de grandes secuencias quedará empequeñecida por una insuficiencia narrativa, que es menos un resultado de su torpeza que las consecuencias de una voluntad operística. Es curiosa la oposición entre la capacidad de captar la cotidianeidad con obsesión por conseguir contar historias bigger than life. Así, las escenas de desmesura, grand guignolescas y masoquistas, salpican toda su obra: de la inmolación del protagonista en Un botín de 500.000 dólares, a la histérica escena de la ruleta rusa en El cazador (anunciada en otra escena convulsa con Cazale a media película), al duelo de Stanley y Joel al final de Manhatan Sur, la muerte de Albert en el paraje idílico de 37 horas desesperadas y a la errante agonía de Blue en Sunchaser.

El balance, afortunadamente positivo, configura la mejor película de Cimino. En El cazador retrató el sufrimiento de una clase obrera, habitualmente ausente de las pantallas americanas y remató la historia con el dolorido y elegiaco canto a la gloria de América, desaparecida tras una guerra cruel que arrasa el corazón del país. La rabia, el dolor y la denuncia de aquella última escena son el espíritu que recorre todas las imágenes de Heaven's Gate.

Revolución

En 1890, Averill vuelve a Casper tras entregar una prisionera que será ejecutada por matar una vaca con que alimentar a us hijos. Su amigo le responde que ser pobre es una profesión de riesgo y que si los ricos pudieran pagar a los pobres para que murieran por ellos, éstos vivirían de maravilla. A unas millas de distancia, Nate acaba de matar a sangre fría a un inmigrante que había robado una vaca. De vuelta a su campamento, se cruza con una interminable fila de inmigrantes que arrastran sus escasas pertenencias y les espeta: «Idiotas, volved a vuestros paises». Poco después, Averill deja atrás el hervidero de recién llegados en la estación de tren y se cruza con la viuda del asesinado que se niega a abandonar sus tierras.

The Johnson County War era uno de los primeros guiones escritos por Cimino y que se guardó para dirigirlo personalmente. Precedía, por tanto, a El cazador y El año del dragón. En la primera, ponía en la palestra cómo los inmigrantes obreros originarios de Rusia eran carne de cañón en el frente de Vietnam. El catolicismo es tan exótico como el vudú en la América profunda y aquel grupo de rudos siderúrgicos consumen las armas que fabrican con su acero y mueren por un país que no les da demasiadas oportunidades (como apunta certeramente Michael Moore al final de Fahrenheit 9/11). En Manhatan sur, un emigrante polaco de segunda generación, exhibía su xenofobia contra los chinos de quinta generación que se enriquecían en su país; Stanley es un policía fascista, alcohólico, que echa las culpas de su vida desolada a aquellos que prosperan y a los que él, por su color de piel, identifica como recién llegados.

Completando una trilogía sobre la mezcla étnica como motor de la construcción de los Estados Unidos, el “melting pot”, Heaven's Gate deja bien claro que la base de la colonización no fueron los ricos ganaderos, si no los inmigrantes, en este caso centroeuropeos. El lobby de poder está emparentado, tal y como Cimino pone en boca de Canton, con el gobernador del estado, con gobernadores de varios estados y con el propio presidente de los Estados Unidos. No se explicita pero tampoco se obvia la capacidad financiera de las reses del oeste. Ellos hacen las leyes, ellos imponen su ley. Sin embargo, la ingente masa de inmigrantes, que desbordan el andén de Casper, serán los auténticos colonos, aquellos que crearán las nuevas poblaciones y aquellos que llevarán hacia el Oeste su concepto de civilización. En una sociedad primitiva y rural, las necesidades de los primeros determinarían una reacción represiva y xenófoba que dio lugar a las matanzas que culminarían en la guerra de Johnson County; el Estado dio el beneplácito para un genocidio de más de 120 inmigrantes, supuestamente cuatreros, a manos de un auténtico ejército mercenario y con el apoyo logístico de la caballería.

Se legitima de esta manera el racismo vinculándolo al poder. Un poder de auténticos boyardos en las estepas de Montana, que sin duda habría sido analizado por Eisenstein de manera muy dispar pero quizás con objetivos similares. Los ganaderos encuentran en la superioridad numérica un peligroso rival («Son demasiados, no podremos matarlos a todos, como a los indios», se dicen entre sí cuando se defienden de los granjeros en un círculo). Los inmigrantes, por su parte, deben luchar en dos flancos. Por una parte, contra los terratenientes; pero, por otra parte, la mayoría campesina deberá deshacerse en primer lugar de un alcalde pequeño burgués que, lejos de hacerles lado, plantea a Averill venderles para salvarse de la quema. Tras una lúcida escena en la Puerta del Cielo dónde los condenados a muerte exhiben distintas reacciones (el dolor, la ira, la fuga, la traición), queda clara que la división entre eslavos, checos y rusos no es la lengua si no la clase social. Liderados por el responsable de la Cámara de Comercio, el grupo de deshace del alcalde y se lanza contra el ejército mercenario, de manera harto inesperada en imágenes inspiradas en las épicas soviéticas.

Cimino, y la Historia, dejan sin embargo bien claro que la Revolución Rusa no podía hacerse en USA. Pese a la ayuda de James Averill, en el último instante la Caballería rescata a los sobrevivientes del ejército mercenario. Creía recordar en el estreno un plano de la bandera americana pisoteada por la tropa, imagen que no aparece ahora en la copia de la que dispongo. Tal vez fue un detalle romántico de mi memoria, tal vez desapareció en el remontaje. Pero no era necesaria esta imagen para reflejar la implicación de los poderes fácticos en el genocidio y la subversión de los valores americanos de libertad e igualdad. Ya resulta bastante expresivo y duro para el espectador clásico el uso que se hace de un icono clásico del western : La caballería salvando in extremis a los buenos, es subvertido de tal manera que sobran otras imágenes. Si el God bless America sonaba tremendamente vacío al final de El cazador, el rol de las instituciones americanas es puesto en tela de juicio con tan vigorosa denuncia.

En la discusión previa a la batalla dos personajes discuten sobre la permanencia de la revolución y se arguye que en cien años todo puede perderse. Un personaje le responde al otro que el futuro no tiene que preocuparnos: «lo important, es el presente». La matanza de Johnson County sirvió para revisar la situación de los inmigrantes y de los derechos de tierras, pero más de 100 años después el problema se repite. En el epílogo de Heaven's Gate, un envejecido Averill vaga por un lujoso barco bajo la misma luz dorada que muchos años atrás bañara la Puerta del Cielo. Está con la mujer que había deseado toda su vida. Sin embargo, su actitud es la de un fantasma, errando por las salas del yate. Cimino plantea la imposibilidad de las utopías. Averill, desclasado entre los agricultores y pistoleros de Wyoming se siente ahora extrañado en su mundo de riquezas. Cimino nos trae el dolor de sus recuerdos y la denuncia del genocidio con la fuerza de sus imágenes para que nos planteemos qué deberíamos hacer en nuestro presente.

Michael Cimino nos lo recordaría una vez más con un nuevo episodio de lucha de clases en Manhattan sur. Ahí evitó ser tildado de rojo y prefirió ser acusado de fascista y racista para revisar la historia y denunciar, esta vez bajo la forma de thriller un país mucho menos democrático de lo que pregona su más poderosa arma propagandística, el cine.