1984 • PARIS, TEXAS
(Paris, Texas, Wim Wenders)
 
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Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
USA-ING-FRA-RDA,1984. Director: Wim Wenders. Guión: Sam Shepard. Productores: Anatole Dauman, Don Guest, Chris Sievernich. Fotografía: Robby Muller. Música: Ry Cooder. Montaje: Peter Przygodda. Duración: 147 min. Intérpretes: Harry Dean Stanton (Travis), Nastassja Kinski (Jane), Dean Stockwell (Walt), Aurore Clément (Anne), Hunter Carson (Hunter), Socorro Valdez (Carmelita), Bernhard Wicki (Doctor Ulmer).
 
Miradas de Cine © 2002-2004

El caminante y su sombra

Paraje desértico, arranque de western. Leve repecho de la vereda, guijarros ardiendo, cielo despejado. Un buitre se deja caer desde lo alto y despliega sus alas bajo el sol del mediodía, arrebujando el cuello entre las plumas. Travis me interroga nuevamente con ojos alucinados, con esa mirada suya que atraviesa al interlocutor y parece perderse detrás, a lo lejos. ¿Qué buscará?

Lentamente, el punteado de Ry Cooder nos da la bienvenida. Volvemos a estar ahí, en París. No, no es el París francés, meca de parejas de Arizona que se enamoraron de un lugar mitificado por cuatro paletos que volvían de la guerra. Tras reunir a madre e hijo, ha tenido la necesidad de volver una vez más a los orígenes: a aquel terruño yermo donde –si no le engañó su padre, demasiado dado a la socarronería– fue concebido hacía... hacía muchos años. Sí, en París. Texas.

Busca un sucedáneo de colilla que yace –si mal no recuerda– en el fondo del bolsillo de su camisa. Lo enciende mecánicamente, con la precisión que da un gesto repetido mil veces, aprovechando la penúltima cerilla encastada en una cajetilla con el logotipo de unos grandes almacenes. La carretera, solitaria, se pierde en un atardecer rutilante, punto de fuga de recuerdos poco gratos. Querría encarar las vías del tren, seguir la senda marcada por unas traviesas que llevan décadas sin vibrar al paso de un convoy cargado de maíz y cacao. Junto a ellas, encadenados y paralelos hasta más allá del infinito, los postes del telégrafo.

Travis tiene la sensación de que en esta vida no le ha ido digamos que... excesivamente bien. Conocemos y compartimos ese sentimiento que nada tiene que ver con el fracaso, pues ninguno considera del todo satisfactoria su singladura por estos mares... ¿será por que nadie se cansa de ansiar "algo más", por muchas que hayan sido las islas avistadas, los ríos vadeados, los puertos fondeados?

Cuando lo conocimos, hará ya unos 20 años, nos pareció la viva estampa de la locura. Y es que asusta ver aparecer a un hombre salido de ninguna parte, con un garrafón de agua como único compañero de viaje. Y ese silencio tan ensordecedor, esa delgadez que remarcaba sus pómulos, sus costillas... no se me ocurre una imagen más desvalida de nadie. Ese no saber de dónde vengo... ese no saber a dónde voy.

Y sin embargo, nos cayó en gracia. Adivinábamos que tenía que haberlas pasado canutas y que si no hablaba no era porque le faltasen cosas que contar, sino porque quizás no supiese muy bien por dónde empezar.

Eso nos ocurre muchas veces a todos. (¿Por qué generalizo? Te ocurre a ti y sólo a ti, maldita sea). Cuando trabamos conversación con alguien por primera vez, alguien que presumimos nos puede llegar a importar: nos gustaría ofrecernos de un tirón, conteniendo el aliento, sin apenas respirar. Que se haga una idea lo más parcial posible de lo que somos... y contándoselo, además, en el lapso de tiempo más breve que uno pueda, sin pausas para reponer saliva, trastabillándonos con nuestra inédita y desatada locuacidad. En nuestra ingenuidad, nos creemos capaces de poder resumirnos en unas cuantas frases... para descubrir, algo contrariados, que incluso nos sobran palabras. No somos nada del otro mundo, después de todo.

Pero Travis no busca impresionar a nadie. No quiere dar una imagen distorsionada de sí mismo, inundada de verismo lacrimógeno. Por eso prefiere no violentar el silencio que le separa –y protege– de su interlocutor. (Vivir, ¿consistirá acaso en un diálogo ininterrumpido con los demás? ¿Somos mientras nos interesan nuestros semejantes? ¿No es el aislamiento una forma de suicidio pausado, ridículo monólogo sin apuntador ni audiencia?)

Creo firmemente en el poder de la palabra. Y sobretodo, en el de la palabra ajena, en el discurso de "el otro" (¿será porque el mío ya me cansa, por reiterativo y autocompasivo?) Mis etapas de silencio, de recogimiento, no me han ayudado especialmente a conocerme mejor, a deshacer la madeja del "quién soy". Conocerse a uno mismo –lema de eminentes barbudos de la antigüedad– es una labor tan necesaria como baldía: somos en la medida en la que nos relacionamos con los demás, existimos mientras contamos en la memoria de otro. Con ello llegaríamos a la conclusión de que la inmortalidad se alcanza acumulando entradas por tu apellido en las enciclopedias... lo cuál nos llevaría a soltar una nueva carcajada, maravillados por la pasmosa estupidez de eso que algunos llaman raciocinio.

Conocí a Travis en un bar de carretera del medio Oeste, una noche en la que los neones parecían derretirse tras una densa cortina de lluvia. Pedí un café bien caliente –o eso que los americanos llaman café, you know–, mientras trataba torpemente de enderezar una varilla del paraguas, trozo de tela enmarañado entre antenas impares. No había cambiado mucho desde la última vez que lo vi: se cuidaba bastante más –presumió incluso de afeitarse a diario–, aunque su indumentaria seguía estando igualmente descolorida, con la tela desgastada a la altura de todas las articulaciones.

No me habló de la caravana ni de su vida itinerante. Tampoco le pregunté por su hermano, que tanto se había empeñado en encontrarle un trabajo decente, un futuro desahogado, "satisfactorio". El primer nombre que salió de su boca... fue el de ella.

La sabía hermosa, o así se me antojó en aquella conversación interminable desde el otro lado del espejo, Alicia irredenta en el sórdido reino de Nunca Jamás. A pesar de ir vestida con la rotunda intención de parecer vulgar, a pesar de no hallar brillo alguno en aquellos ojos anegados en lágrimas... y el modo como el teléfono colgaba lánguidamente de su mano. Tampoco me he olvidado del aroma a perfume barato y ambientador de utilitario que impregnaba aquel pasillo de sudores y perversiones viriles.

La sabía hermosa y sin embargo, no pude por menos que sorprenderme cuando me enseñó su foto. Mujeres bonitas, después de todo, hay muchas en este dichoso país. No, no era eso. Se trataba de una cualidad inaprensible, de un embrujo hiperbólico que manaba de su rostro pálido, como recién recuperada de una larga convalecencia en cama.

Travis me confesó que la felicidad es una patraña, una zanahoria que nos ponen delante para que sigamos a la carrera, sin aliento, para que ni se nos ocurra hacer una parada, alzar la vista del suelo y preguntarnos por el objetivo de la competición. La felicidad es la entelequia por definición, la mentira necesaria que da sentido a todo esto. Lo sabes, ¿verdad?

Me dijo que él sí que sabía de lo que hablaba. Que la había acariciado, que la había tenido entre sus manos. Una familia. Un hijo sano, una mujer que le quería. ¿Se podía pedir algo más? ¿Teníamos –incluso– derecho a nada más?

"Sí, sí, tenemos derecho a todo". Incluso a renunciar a cualquier dicha pasajera. Porque él no se consideraba un hombre especialmente celoso y sin embargo... no sabía como... había estado cerca de enloquecer por culpa de aquél animal tan bello... cómo pudo...

Poso mi mano sobre su muñeca, torpe gesto para demostrar algo de comprensión. Travis aplasta la colilla contra un cenicero con el emblema entrecortado de la Shell, dibujando círculos de ceniza. Le pregunto cómo están ellos, si todavía se cartea con Jane. Hace que sí con la cabeza y sonríe, mientras la lluvia retumba sobre el tejado de uralita, dificultando nuestra conversación. Me tiende un sobre arrugado, con un par de lamparones de grasa, tatuaje de ketchup en recuerdo de todas las hamburgueserías existentes de aquí a San Diego.

La dirección en una de las esquinas, contra toda lógica. La letra temblorosa de un chico de 10 años queriendo pasar por alguien todavía mayor. Una avenida, un número, un código postal: una invitación en toda regla, un pasaje de vuelta a la vida. ¿Qué le impedía coger el vuelo?

«Existe un miedo todavía mayor al miedo a fracasar. Y es el miedo a que a uno le salgan las cosas bien». Travis consulta un calendario olvidado en una pared amarillenta, desde donde una morena recostada sobre las letras del mes de octubre sonríe con gesto forzado. Recoge la carta y se la embute en el mismo sitio de donde saca de vez en cuando cigarrillos troceados, sucedáneo de conejo asomando fuera de una chistera roída. Deja unas cuantas monedas sobre la barra y se despide de una camarera con el letrerito de "Helen" bien asido al sobaco.

Le acompaño hasta un porche destartalado bajo el que se cobija su camioneta, trozo de chatarra con ruedas decorada en su parte trasera con las pegatinas de medio centenar de estados, de California a la Florida, de Ontario a Nuevo México. Sonríe bajo su irregular bigotillo y tiembla al introducir la llave en una cerradura mil veces forzada en las traseras de mil áreas de servicio.

Cuando Travis arrancó, haciendo sonar el claxon y agitando el brazo por la ventanilla en señal de adiós, supe que jamás le volvería a ver. Me alegré tanto por él como por los que vinieron antes y lograron dejar la carretera para integrarse al mundo de ahí fuera. Con todo, no podía dejar de preguntarme qué tal le iría... la lluvia había amainado. Deposité el paraguas en una papelera y me abotoné la gabardina hasta el cuello. La noche iba a ser fría. El primero en pararme fue un desencantado padre de familia en viaje de negocios a Salt Lake City. En la radio, una vieja canción de Chuck Berry. Las noticias de las dos de la mañana hablaron de vientos procedentes de no sé dónde, de nubes cargadas de esperanza que tardarían todavía unos días en descargar.