1987 • SORGO ROJO
(Hong gao liang, Zhang Yimou)
 
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Por Javier Castro
Cartel de la película
China, 1987. Director: Zhang Yimou. Productor: Tian-Ming Wu. Guión: Jianyu Chen y Wei Zhu, basado en los libros de Yan Mo. Música: Jiping Zhao. Fotografía: Changwei Gu, en Eastmancolor. Duración: 91 min. Intérpretes: Li Gong (Mi abuela), Wen Jiang (Mi abuelo), Rujun Ten (Tío Luohan), Liu Jia (Mi padre), Cunhua Ji, Ming Qian, Yimou Zhang.
 
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El color de las grandes pasiones y desgracias

Cuando allá por 1990 (no recuerdo exactamente) vi un pase de esta película por televisión, fue como enseñar a mis ojos a ver más allá de los muros, tanto socio-culturales como artísticos o cinematográficos, que retienen al espectador –ciudadano– occidental en un marco limitado a su propia, deficiente, y pobre por incompleta, cultura. Desconocía que existiera cine más allá del de Hollywood y del (accesible sólo a veces, en general poco y malo, y casi siempre verde) español. Haber gozado tanto con una obra tan ajena a la corriente audiovisual general, y proveniente de una cultura desconocida, no por más exótica y evocadora menos menospreciada, supuso una autentica revolución en mi forma de apreciar (en los dos sentidos) aquello que me era ajeno, en mi valoración del mundo en que vivimos. Y supuso un acicate en la búsqueda de más información e interés por las diversas existencias, tanto sociales como culturales –y entre estas últimas, eminentemente las cinematográficas– que se encuentran en el ancho, variado y maravilloso (a pesar de los magnates y los políticos a su servicio) mundo.

¿Y a qué vienen estas reflexiones tan personales? Porque quizá tu, querido lector, también hayas llegado a la conclusión, o al menos compartas conmigo la idea de que la gran cruz que tenemos que soportar los aficionados al cine, acentuada precisamente durante estos años 80, es la imposibilidad de acceder a estas cinematografías ajenas a la corriente monopolizadora de las distribuidoras americanas. Y no sólo por el hecho al fin y al cabo intrascendente del propio cine, sino por lo que este tiene de ventana a un nuevo mundo y una forma diferente de entender la realidad. El cine no-americano no llega a nuestras pantallas porque sea malo, o peor que el americano. A menudo (aunque no siempre), es incluso bastante mejor que el americano, al menos por término medio y dependiendo de qué cinematografía. Si no llega es porque no puede distribuirse debido al monopolio. Y eso que esta película no es un buen ejemplo, ya que gracias a haber obtenido el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1988 llegó a estrenarse en España e incluso a estar a la venta en una edición en vídeo. Menos mal, porque la que quizá sea (al menos para mi gusto) la mejor opera prima de la historia del cine no se merece menos.

La rica filmografía de su autor, una de las más redondas, coherentes y de mayor calidad de la historia del cine se resume y comprende perfectamente (algún visionario diría que se anticipa) a partir de esta primera pieza. Un resumen de lo que serían sus inquietudes tanto estéticas como dramáticas, y en la que además se encuentran los que posiblemente sean los momentos más líricos y bellos (la secuencia del encuentro amoroso entre la pareja protagonista en los campos de Sorgo es absolutamente inolvidable), y los más violentos y estremecedores que ha rodado Yimou. Y es que su autor sabe combinar a la perfección la tradición ancestral, la modernidad ideológica y estética, la profundidad dramática y el humor para servirnos un soplo fresco de cine puro, sin aditivos viscerales ni trampas que nos desvíen de la historia. Yimou se entretiene en los rituales (el trasporte de la novia, la fabricación del vino, etc...), pero el ritmo no se resiente porque nos hace partícipes de las emociones de sus protagonistas (a veces opuestas entre los propios personajes de la misma secuencia, y que por tanto se contradicen y luchan en quien ve la película), y porque la sencillez y el lirismo, aunque estén tan devaluados en el cine moderno, se sobran por si solos para arrastrar a cualquier espectador con un poco de sensibilidad.

La película está narrada por una voz en off que nos relata la historia de sus abuelos. Su abuela fue vendida a cambio de una mula para esposa del propietario de una bodega de vino de sorgo (un cereal parecido al maíz), el cual estaba enfermo de lepra. En el trayecto se enamora de uno de los que la portean, y poco después tiene un encuentro amoroso con él entre los campos de sorgo; quizá la secuencia más bella que ha rodado Zhang Yimou, lo cual es mucho decir. El marido es “misteriosamente” asesinado, y aunque al principio ella rechaza al porteador por su engreimiento, luego se unen. Tras esta primera parte de historia de amor, viene una segunda que transcurre durante la ocupación de China por los japoneses, con un desenlace dramático, y estéticamente desmesurado.

Y este bacanal visual se potencia casi siempre en las películas de Yimou a través del color rojo, que ya desde el título del filme –y de alguno más del autor– se anuncia como protagonista. No hay un solo plano en el que no aparezca en sus distintas variedades cromáticas, aumentando la fuerza de los momentos de pasión y deseo, de furia y lucha, de ira e impotencia, desatadas todas ellas sobre todo en esa secuencia final del ataque al comando japonés durante el eclipse total de Sol (una cosa que se puede achacar a Yimou es que evidentemente nunca ha visto un eclipse total de Sol, aunque ello le permita rodarlo con todo el libertinaje que requiere la secuencia).

Por lo demás, Yimou anticipa en esta primera película su obsesión por la belleza estética de la fotografía (hay que recordar que se inició en el cine precisamente en este campo) y la placidez en la composición (aspectos ambos que en algunas de sus obras, especialmente las últimas, le llevan a rozar el esteticismo), y su especial interés y respeto por los personajes femeninos, siempre fuertes y con carácter (impensable en la China real, incluso de hoy en día, un comportamiento tan lógico a nuestra visión como el de la protagonista). Y el retrato que hace de su musa por aquel entonces, la maravillosa Gong Li, tan bella, tan apasionada, tan libre, convierte en imposible la posibilidad de no enamorarse de ella.

Cuando un director empieza su carrera con una obra tan rotunda como esta, está claro que la exigencia va a ser enorme. Yimou nunca a defraudado las expectativas y, salvo unos poco tropiezos (que objetivamente son grandes obras, pero por debajo de la maestría del autor), nos ha dado piezas fundamentales como de El camino a casa (Wo de fu qin mu qin, 1999), Ju Dou, semilla de crisantemo (Ju Dou, 1990) o Vivir (Huozhe, 1994) entre otras. Con Sorgo rojo nació un mito del cine, que de haber nacido en EEUU sería considerado a la altura de Ford o Hitchcock y estaría forrado en óscares, y del que se puede esperar aun que nos regale alguna de las mejores películas que se harán en este recién comenzado siglo XXI.