| 1980 • UNO ROJO, DIVISIÓN DE CHOQUE (The Big Red One, Samuel Fuller) |
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A finales de los 90, Steven Spielberg y Terrence Malick trataron de retratar el horror de la guerra, aunque ni uno ni otro lo consiguieron por completo. En el caso de Spielberg, por el uso casi pornográfico que hizo de la violencia; la exhibición cruda de las heridas de guerra (cortesía del departamento de efectos especiales) tenía más de exaltación heroica que de condena de la guerra (la guerra es mala pero nosotros la ganamos). En el caso de Malick, su estrategia planteaba la contraposición entre una Naturaleza arcádica y la transformación de hombres en bestias generada por la guerra; un exceso de manierismo lastraba la cinta. Ni uno ni otro suelen ser defectos del cine bélico de Sam Fuller, escritor, periodista, reportero de guerra, guionista y director y, en definitiva, autor de un puñado de películas enérgicas entre las que se cuentan las mejores crónicas de guerra jamás filmadas, de Casco de Acero a Fixed Bayonets, de Merrill's Marauders a The Big Red One. Fuller era uno de esos cineastas de genio, de golpe de genio, que transmitían en sus películas la rabia y el dolor con una energía casi física. Es conocida su frase en la que reivindicaba que debería poder dispararse al espectador desde la pantalla para hacerle compartir el riesgo y las sensaciones de los protagonistas de las cintas. En sus películas se observa con crudeza el sufrimiento humano, se trate de un huérfano que decide vengar a su padre, la locura de los internos en un psiquiátrico o la angustia de los soldados ante un destino incierto. La habilidad de Fuller para retratar la guerra y hombres en guerra tenía dos fundamentos. En primer lugar, su capacidad de síntesis, adquirida en sus tiempos formativos de periodista, que le permitía narrar con claridad y concisión bajo los presupuestos de serie B. En segundo lugar, su conocimiento personal del horror y el absurdo de la guerra. Si Coppola necesitó tres horas para presentar la capacidad para el mal del ser “humano” y del horror del que es capaz, Fuller expone lo mismo en la mitad de tiempo. Sam Fuller no fue nunca un director que buscara la perfección Sus películas se rigen por el patrón de producción de la serie B. Y Merrill's Marauders (Invasión en Birmania), quizás su película de mayor presupuesto, chocó de pleno con las imposicones de la productora que la mutiló (como sucedería más tarde con The Big Red One) y alteró su final. Auténtico “indie” de los cincuenta y sesenta, el sarcástico Sam no se integró nunca por completo en el sistemay, más allá del reconocimiento de los chicos de la “nouvelle vague” y de Wenders o Jarmusch, Fuller es ahora ignorado por nuevas generaciones cinéfilas. Uno rojo, división de choque es la “summa” de los postulados de Fuller respecto de la guerra. Más allá de la locura retratada en Invasión en Birmania, más cercana a Joseph Conrad y Francis Coppola (véase la escena en el depósito laberíntico dónde los dos bandos disparan indiscriminadamente), The Big Red One plantea, en ocasiones con sutileza y en otras de manera más explícita, el pánico de los soldados a los daños, la mutilación o la muerte, la ilógica de la normativa militar, la crueldad humana… Estructurada circularmente en torno a dos episodios vividos por el sargento (un sobrio Lee Marvin) en las dos guerras mundiales, la cinta se abre con un prólogo de características oníricas. El sargento, perdido en la niebla de un páramo y bajo la mirada vacía de un enorme Cristo Crucificado es sucesivamente atacado por un caballo blanco y luego enfrentado a un alemán que avanza hacia él. El sargento le mata a cuchilladas para enterarse más adelante al regresar a la trinchera que la guerra, tal y como le decía el alemán en su lengua, ya había terminado. El superior le plantea al sargento su inocencia: «Usted no lo sabía». A lo que el sargento responde: «Yo no; pero él sí». La película saltará a un primer episodios, el desembarco aliado en Marruecos, dónde tras una escaramuza se unirán las tropas aliadas. El sargento dirige un pelotón, en franca amistad con cuatro de los jóvenes: Johnson, un wasp rubito con hemorroides; Riff, un tirador de élite con crisis de conciencia; Vinci, un italiano simpático y Zab (Robert Carradine) que quiere ser escritor (se refiere a su primera novela con el título de una novela escrita por Fuller), que redacta sus vivencias en la guerra, como hiciera Fuller, y que, como Fuller, no deja de fumar puros. No hay, pues, gran creación de personajes ni variedad de puntos de vista. Ni tan siquiera se ha elaborado más el personaje del sargento, más de una pieza que los dos antagónicos protagonistas de Invasión en Birmania. Es el conjunto del pelotón que funciona como vehículo para expresar las diferentes anécdotas y los argumentos de Fuller. Así, sucesivamente, la 1ª División de Infantería, la Gran Roja, y el pelotón protagonista lucharán en la paso de Kassarine en Túnez, desembarcarán en Sicilia, en Normandía más adelante, atravesarán Francia y Bélgica y acabarán su trágico periplo en el campo de exterminio de Falkeneau, dónde, paralelamente a la captura de los últimos nazis fugitivos, descubrirán el corazón de las tinieblas (con la venia de un Enola Gay todavía por cumplir su misión atroz).Sin perder el ritmo ni resultar forzado, discursivo o artificial, Fuller utiliza cada uno de estos episodios para reflejar una determinada idea, empezando por la más importante, expresada de manera consecutiva por el sargento y por un homónimo alemán: matar en tiempo de guerra no es un asesinato, si no una actividad legal. Basados en esta premisa se suceden los distintos episodios. En el paso de Kassarine, el pelotón deberá enterrarse para evitar ser visto por el Afrika Korps de Rommel. No sobrevivirán los mejores si no los afortunados que no sean aplastados por los Panzer. En Sicilia, Zab (que ejerce de narrador), explica de manera lacónica que el grupo protagonista no se molesta en entablar relación con los nuevos reclutas, dado que pronto fallecen o son heridos. Fuller ilustra el comentario con la castración por mina de uno de ellos. El sargento alarga la mano con un testículo recogido del suelo y le dice: «Tranquilo, para eso tenemos dos». El pelotón prosigue su misión en busca de un cañón oculto en una finca rural, guiado por un muchacho que arrastra en un carretón el cadáver de su madre. Una vez han eliminado a los artilleros, las campesinas se ensañan con hoces y guadañas con loa cuerpos caídos (como en La notte di San Lorenzo, de los hermanos Taviani, crónica complementaria a este episodio). Sin transición, Fuller nos muestra el banquete que las mujeres ofrecen a los libertadores. La celebración de la vida frente al horror de la guerra. La Gran Roja participó en el Día D y cayó en la trampa de la playa Omaha. Ametrallados, bombardeados y, en definitiva, masacrados, los hombres de la 1ª División fueron diezmados. Lejos de utilizar el recurso fácil a la espectacularidad o al morbo, Fuller se limita a mostrar como los hombres quedan inmovilizados bajo el incesante fuego. El reloj en la muñeca de un cadáver señala el paso del tiempo mientras las olas se tiñen progresivamente de rojo. La escena es tensa pero sencilla y eficaz, mucho más que la escena equivalente en El Día más largo o Saving Private Ryan. Normandía marca un punto de inflexión en la película. Aunque no desaparece el humor negro, característico de Fuller, remite la ligereza de los episodios previos todo ello a fin de resaltar el absurdo de la guerra. Fuller, como Ford, Mann o Kurosawa, es un cineasta físico. Humaniza en cierta manera a sus personajes a través del esfuerzo y el sufrimiento físico, representado por el sudor, la sangre y el polvo que se levantan del suelo y envuelven hombres y paisaje. De esta manera, llegará el pelotón al norte de Francia dónde, combinando fisicidad y onirismo, el sargento deberá enfrentarse de nuevo al Cristo crucificado. Las cuencas vacías llenas de hormigas, la imagen oculta en esta ocasión una emboscada nazi de la que los americanos saldrán a salvo. Tras la escaramuza con los nazis, la imprevista aparición de una partera da lugar a una escena cómica en la que las tiras de balas son utilizadas como perneras y la funda de un queso hace las veces de mascarilla quirúrgica, dónde se confunde “poussez” con “pussy” y se da el contrapunto cómico a la matanza previa. La comicidad, no obstante, no está exenta de sarcasmo. Mientras el sargento alemán se descuelga de su escondite, Zab comenta en off que ganaron medallas por aquello. «Curiosamente», observa, «no nos las dieron por ayudar a nacer a nadie, sinó por matar a muchos». Fuller acentúa el sentido del absurdo en la siguiente secuencia. Ante la resistencia de un destacamento nazi atrincherado en un manicomio, el alto mando decide no bombardearlo. “Podemos matar todos los cuerdos que queramos”, dice Zab, “pero está muy mal visto matar a los locos”. Con la ayuda de una resistente infiltrada (Stephane Audran, señora de Chabrol), el pelotón se introduce en el hospital dónde se producirá un tiroteo. En la escena culminante, en pleno refectorio (los locos, como los mendigos de Viridiana, siguen su juerga indiferentes a la locura exterior), un interno coge un arma y dispara contra todos mientras grita “¡Miradme, soy uno de los vuestros, estoy sano! Tras un interludio en brumosos bosques dónde la muerte ronda sin verla, amparada en los rifles de francotiradores ocultos, el pelotón llega a Falkeneau dónde encuentra, sin paliativos, el punto final de la guerra: la humillación, la desolación, la muerte…Griff, en estado de shock, disparará dos cargadores sobre un nazi que se esconde en un horno crematorio El sargento recogerá a un niño judío que poco después fallecerá en sus brazos. Finalmente, un nazi se presenta ante el sargento que, una vez más, dispara sobre él sin comprender qué le dice. Cerrando el círculo, Fuller lleva a su protagonista a la misma situación que al inicio: el alemán le informaba de la firma del armisticio. A la carrera, el pelotón recoge al alemán herido y le salva. Contado así, la guerra parece una carrera de obstáculos. Pero, en realidad, no es ni más ni menos que eso. Una absurda e inmoral carrera dónde puedes perder la vida en cada obstáculo. Fuller nos lo presenta sin más estridencias de las necesarias y revisa un catálogo de la infamia con agilidad de buen periodista y naturalidad de buen narrador. Al final, de manera lógica e implacable, sentencia, en voz de Zab, que no importa quien gane la guerra si no el hecho que ésta se termine. Los únicos héroes de la guerra son los supervivientes. |