| LOS OTROS SUPERHÉROES |
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Uno de los aspectos más molestos de Batman y Robin (Batman & Robin, 1999. Joel Schumacher), además de la existencia de la película en sí, era la conversión del introvertido protagonista del cómic y de los films de Tim Burton (e incluso de la serie de animación de los noventa) en una especie de ligón narcisista que se pasa el día de sarao en sarao, arruinando toda la carga psicológica de Bruce Wayne y su alter-ego enmascarado. Y de esa clase de héroes arquetípicos a los que todo les sale bien y que son los más buenos, listos, fuertes y guapos (verbigracia el Ethan Hunt interpretado por Tom Cruise para la saga de Misión imposible), es de lo que no vamos a tratar en las líneas que siguen. Por el contrario, nos fijaremos en personajes que tienen un lado lo suficientemente turbio como para ser considerados auténticos héroes oscuros, o también en antihéroes y caricaturas no siempre logradas, pero definitivamente poco solemnes. Comenzamos, pues, este nada ambicioso, subjetivo y nunca exhaustivo repaso por algunos de esos “otros héroes” a los que se refiere el título del artículo, en el que trataremos de mencionar lo menos posible aquellos personajes que son analizados individualmente en el resto de apartados que componen este estudio. Sin duda el de Tim Burton es uno de los nombres que resulta más difícil no citar cuando hablamos de héroes poco convencionales en el cine. Su simpatía por personajes de apariencia inusual o deforme, sobre todo presente en sus primeros trabajos como realizador, se demuestra en las ya citadas adaptaciones de Batman y en su apreciada Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), pero también en obras como Bitelchus (Beetlejuice, 1988) y Pesadilla antes de Navidad (Tim Burton's Nightmare Before Christmas, 1993. Henry Selick). En la primera, Burton se esforzó, en colaboración con el intérprete Michael Keaton, para forma a Beteljuice, el bio-exorcista más famoso del mundo de los muertos; un ser extravagante, mordaz e incontrolable en cuya creación se le ve a Burton muy cómodo y esmerado. Sin embargo, tal vez fue en la segunda donde contó con un ser atípico como protagonista aún más claro del relato. El Jack Skellington de Pesadilla antes de Navidad pasa por ser uno de los más extraños, melancólicos y ambiguos héroes de la historia del cine animado. La particular reinterpretación de las fiestas navideñas que lleva a cabo desde Halloween Town, su amor “descosido” por Sally Shock, y su siniestro aspecto físico (incluida, por supuesto, su carencia de ojos) le convierten en una figura muy poco “familiar” para lo que acostumbran en Disney, además de en un héroe nada al uso. Y otra obra de animación que también nos presentó a un protagonista –una chica, en este caso– un tanto oscuro fue La princesa Mononoke (Mononoke hari, 1997. Hayao Miyazaki), un anime con implicaciones ecologistas creado por el firmante de la posterior y más reputada (aunque, para mi gusto, inferior) El viaje de Chihiro (Spirited Away, 2002). San, que fue criada por lobos en los bosques, y conocida por las gentes como la Princesa Mononoke, es una heroína salvaje e incluso violenta, y además se ve acompañada en su lucha por Ashitaka, un chico infectado por una maldición que poco a poco va restándole energía vital en este nada infantil film japonés. Paul Verhoeven es uno de los cineastas más inteligentes y reivindicables de entre las últimas incorporaciones al cine americano de talentos europeos. En su película Robocop (íd., 1987) nos proponía, al fin, una física y moralmente transgresora buddy movie futurista en una época en la que el subgénero de películas con “polis” compañeros incluía parejas formadas por humanos y extraterrestres (Alien Nation / íd., 1988, Graham Baker), o, todo un clásico, humanos y perros (Socios y sabuesos / Turner & Hooch , 1989. Roger Spottiswoode; Superagente K-9 / K-9 , 1989. Rod Daniel; etc...). En Robocop, el agente de policía Alex J. Murphy es rescatado de la muerte por la compañía de robótica OCP, quienes le convierten en un ser mitad hombre mitad cyborg, programándole para hacer respetar la ley y el orden y asignándole la misma compañera con la que patrullaba antes de ser tiroteado. Sin embargo, los recuerdos de Murphy volverán intermitentemente y la historia terminará en relato de venganza, siempre bajo las coordenadas de ese inquietante cine de “la nueva carne” que directores como David Cronenberg también –y tan bien– transitaban ya en los ochenta. Sólo tres años después de este título se estrena el film que tal vez encaja de un modo más ajustado con la definición de héroe oscuro incluso desde su título. Se trata de Darkman (íd., 1990. Sam Raimi), una obra que trataba de trasladar a la pantalla la estética de los cómics de superhéroes y también de las películas americanas de monstruos de los años treinta. El resultado, aunque evidentemente comercial, es uno de los mejores trabajos de Raimi, pues la historia del científico Peyton Westlake, convertido en el siniestro Darkman tras ser brutalmente agredido y abandonado, tiene, con todos sus excesos, un incuestionable poderío visual, amén de resultar atípica y poco complaciente. El propio Raimi también había creado, en sus principios, un personaje que sin duda sería el arquetipo ideal de antihéroe, pues se trata de un ser poco poderoso que, no obstante, consigue salir adelante aunque sea a duras penas, y cuyo carisma incluye un lado paródico/irónico indudable. Nos referimos a Ash, el protagonista de Posesión infernal (The Evil Dead, 1983. Sam Raimi) y sus dos excelentes secuelas. El personaje encarnado por Bruce Campbell es un hombre de a pie que debe luchar contra fuerzas sobrenaturales, y su comportamiento en dichas situaciones le hace parecer, ora una fotocopia de Allan Quatermain, ora el personaje de un cartoon de Tex Avery. Sólo en la tercera entrega de la saga, El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1993), Ash, transportado al siglo XIV al final de la segunda parte, dispone de una sierra mecánica y de un arma de fuego que lo convierten en una figura más típicamente heroica, aunque sin llegar a perder el tono lúdico. Pero quizás el cineasta que mejor ha sabido parodiar las imposturas de Hollywood con sus super-héroes chulescos reconvirtiéndolos en outsiders individualistas y retorciendo a su gusto el concepto de heroísmo ha sido el gran John Carpenter. Desde el atípico extraterrestre bondadoso de Starman (íd., 1984), pasando por el cutre-héroe Jack Burton de Golpe en la Pequeña China (Big Trouble in Little China, 1986), y el Nick Halloway interpretado por Chevy Chase en la incomprendida Memorias de un hombre invisible (Memoirs of an Invisible Man, 1992), hasta llegar al, más duro pero igualmente exagerado hasta lo paródico, Jack Crow de Vampiros (John Carpenter's Vampires, 1998), Carpenter ha reinventado a los protagonistas tradicionales otorgándoles un nivel de nihilismo acorde con los tiempos actuales, lo cual les hace merecedores de la mayor de las simpatías. Y, sin duda, el que mejor se postula como súper-héroe recio y patético a un tiempo es Snake Plissken, protagonista de 1997, rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981) y de su secuela/remake, la aún mejor 2013, rescate en Los Angeles (Escape from L. A., 1996). Plissken, interpretado por Kurt Russell en ambas cintas, arrogante y bravucón, pero también chapucero y cenizo, es un ser antisocial que se ve obligado a realizar misiones que no quiere acometer. Y es que Plissken no entiende de bandos ni de posicionamientos políticamente correctos, ni mucho menos confía en la justicia oficial, pues como bien comentaba el compañero Manuel Ortega en su artículo sobre Vampiros para la sección “Cult Films” de MdC, «La escena final de la última aventura del serpiente queda como la última proposición de mejora de este mundo en el que se enfrente el Mal y el Mal por el Orden final. Y a ver quién la mejora. Demasiado fuerte para conciencias bienintencionadas y además viniendo de Hollywood, of course.» A un nivel puramente humorístico, sin ninguna otra implicación, los superhéroes también han tenido sus alter-egos tanto en el cómic (¿alguien recuerda las aventuras de Superlópez ?) como, sobre todo, en televisión. Entre las propuestas más sutiles podemos recordar un sketch en el programa de los Monty Python para la BBC, donde nos presentaban a Bicycle-Repair-Man, un hombre enmascarado siempre dispuesto a ayudar allá donde hubiese que... ¡reparar una bicicleta! Asimismo, Los Simpson incluyen dentro del rico mundo de Springfield al Hombre Radiactivo, que aúna todos los tópicos del superhéroe clásico, incluida la presencia de un ayudante menos poderoso –evidente trasunto de Robin– y de la frase recurrente: «¡Vámonos, átomos!»». Y, finalmente, la memorable sitcom Infelices para siempre ofrecía un episodio en el que Ryan Malloy, primogénito de la familia, se convertía, por obra de un rayo que le alcanzaba, en el Chico Relámpago, tal vez el superhéroe más flemático e inepto de la Historia universal, si bien uno de los más hilarantes. Incluso podemos recordar una serie enteramente dedicada a la parodia del personaje de Superman, titulada El gran héroe americano, que databa de principios de los ochenta. En este show, un hombre recibe un traje con poderes de manos de unos extraterrestres, pero su impericia al manejarlos le lleva a cometer estúpidos errores continuamente... El cine no ha tenido demasiados éxitos en este tipo de caricaturizaciones. Disney lo intentó una vez con Condorman (íd., 1981. Charles Jarrott), un film tan modesto en intenciones como desafortunado en resultados, y no pudo ser, obviamente, hasta su asociación con PIXAR cuando pudo al fin aportar algo realmente valioso al tema, con Toy Story (íd., 1995. John Lasseter) y el personaje co-protagonista de la misma, Buzz Lightyear, el cual se piensa un aclamado héroe sideral cuando en realidad no es más que un juguete infantil... La máscara ( The Mask , 1994. Charles Russell), era un vehículo al servicio de las muecas de Jim Carrey, pero también trataba de parodiar al héroe convencional, presentando una suerte de Mortadelo enmascarado capaz de disfrazarse y de recurrir a números musicales en los momentos más apurados. Algo similar a lo que utilizaban, con mucho mejor gusto y propiedad, Dan Aykroyd y John Belushi en la sensacional The Blues Brothers (íd., 1980. John Landis), rodeados de las mayores estrellas de la música negra, y siempre con sus trajes y gafas oscuras a modo de uniforme para la, en ocasiones de lo más fantasiosa, “misión divina” que les era encomendada. Pero uno de los mejores intentos, no ya de convertir a los héroes en tipos vulgares, sino, a la inversa, de trasmutar a dos inadaptados en héroes, fue la aparición de Jay y Silent Bob, secundarios en varias películas de Kevin Smith y protagonistas absolutos de Jay y Silent Bob contraatacan (Jay and Silent Bob Strike Back, 2001. Kevin Smith). No tienen habilidades especiales y no visten mallas ni caretas, pero sí llevan a cabo los más descabellados planes sin miedo al ridículo. Jay y el silencioso Bob simbolizan el definitivo sueño de todos los acérrimos seguidores de los cómics de superhéroes, o de las sagas de Star Wars y Star Trek , de convertirse en protagonistas de su propia parodia mientras imitan a los iconos que idolatran. Muchos de los productos del denominado “cine de acción” nos presentan a personajes que, si bien no tienen poderes sobrehumanos, sí parecen dotados de ellos, a juzgar por el modo en que esquivan balas, saltan desde azoteas sobre coches en marcha, o escapan de explosiones sin que se despeine ni un sólo pelo de sus cabezas. Las habilidades que sus creadores, siempre en busca del mayor efectismo, conceden a estos héroes de acción, generalmente policías, espías o justicieros sin más, son tales, que devienen grotescas caricaturas de sí mismos. En lugar de aburrir con una lista de títulos, tal vez sea más útil citar a intérpretes que han llegado, al menos en algún momento de sus carreras, al paroxismo en este sentido, como puedan ser Charles Bronson, Sylvester Stallone, Steven Seagal, Jean-Claude Van Damme, Chuck Norris, o, últimamente, su sucesor nato, que no es otro que el estólido Vin Diesel. Incluso Pam Anderson se volvió heroína futurista avasalladora, en la olvidada –¡oh injusta memoria cinéfila!– Barb Wire (íd., 1996. David Hogan). Pues todo ese espectro de personajes, a cual más cuadriculado y ramplón, fue magníficamente parodiado y confrontado con la realidad con protagonismo de Arnold Schwarzenegger (uno de los que habían contribuido lo suyo a dicho espectro) en la eximia El último gran héroe (Last Action Hero, 1993. John McTiernan), un brillante film plagado de maliciosos guiños y mayúsculas hipérboles que, tal vez por venir firmado por un director que no goza de simpatía entre la crítica más “selecta”, casi nunca ha sido reivindicado como merece. Y aunque tal vez no sea el lugar más apropiado, no podemos terminar sin hablar de esos personajes sin uniforme, ni poderes, ni, generalmente, honores o aplausos algunos. Simples humanos cuyo heroísmo proviene de su posición recta ante las paradojas del mundo o sus injusticias. Los hay (tragi)cómicos, como Buster Keaton o Charles Chaplin en sus films mudos, o incluso cómicos a su pesar, como el Monsieur Hulot de Jacques Tati. También los hay valientes, como el General De la Rovere del film de Rossellini, o inconscientes mártires urbanos, como el Michelle Poiccard de Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959. Jean-Luc Godard). Por supuesto, los hay panfletarios, como los protagonistas de varios films de Ken Loach o Robert Guediguian, y de diseño, como las heroínas de ciertas obras de Lars von Trier o Erick Zonca. De igual modo pueden ser cristianos, e irían desde el propio Crucificado, llevado al cine de mil y una maneras desde el mudo hasta Mel Gibson, hasta el maestro Daniel Lefevre ideado por Bertrand Tavernier, pasando por el torturado George Bailey de la magistral ¡Qué bello es vivir! ( It's a wonderful life, 1946. Frank Capra). Otros son héroes minúsculos, casi transparentes, como los de Aki Kaurismäki u Otar Iosseliani. Y, por supuesto, hay heroínas. Y no sólo tenemos a la arquetípica Juana de Arco ideada por cineastas como Carl Theodor Dreyer o Robert Bresson, sino también a las protagonistas de algunas películas de Max Ophüls, Roberto Rossellini, Michelangelo Antonioni, Ingmar Bergman, Kenji Mizoguchi o el mismo Godard. Al cabo, seis directores que comprendieron, cada uno a su modo, que el cine podía ser el reflejo artístico de una cierta sensibilidad reflexiva ante los recuerdos, las problemáticas sociales, la superficialidad burguesa, la muerte, la crueldad del destino, o la propia pasión cinéfila. |