EL FUTURO DEL CINE DE SUPERHÉROES  
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Por Joaquín Vallet Rodrigo















Miradas de Cine © 2002-2004

«No creo en ti, pero si de verdad estás ahí arriba, ¡sálvame Superman!» Homer Simpson

En El protegido (Unbreakable, 2000), obra maestra de M. Night Shyamalan, queda magistralmente expuesta una de las tendencias clave de ese aparatoso cosmos de culto que es el mundo de los superhéroes de cómic: todo, absolutamente todo, tiene su contrapunto. En el film, un quebradizo Elijah buscaba implacablemente un ser inmune a todo tipo de accidentes, es decir, la condición inversa a su extrema situación. Por tanto, detengámonos un momento en este punto y veamos qué elemento causa y, a la par, condiciona la proliferación de estos personajes, ya que dicho elemento no es ni más ni menos que el miedo. Como suena. Tengamos en cuenta que el más célebre de todos los superhéroes, Superman, se publica por primera vez en 1938 y que, en años inmediatos, hay una verdadera avalancha de personajes con superpoderes que aprovechan una coyuntura bipartita: por un lado, y como dato superficial, el enorme éxito del héroe de Jerry Siegel y Joe Shuster; y por otro, y como verdadera significación de todo ello, la apocalíptica situación existente en Europa y la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El ciudadano de a pie norteamericano se encuentra atemorizado ante una realidad hostil y condicionado por el desconocimiento del transcurrir del conflicto y el verdadero estado de sus familiares y amigos enviados a combatir. Por consiguiente, su temor se reviste de necesidad y la conciencia colectiva provoca la aparición y proliferación de superhéroes, en el fondo, meros ejercicios de propaganda patriotera, aunque contengan una forma muy distinta a los ojos de la sociedad: la necesidad absoluta de creer en algo que vaya más allá de lo humano y que posea la suficiente capacidad creadora-destructora como para acabar con el mal proveniente de Europa y, sobretodo, asegurar el modo de vida americano, recuperado después de casi una década de profunda crisis económica. Dicho de otra forma, es el contrapunto al que antes se aludía la pieza más importante de todo ello: la aparición de unos seres protectores ha de venir causada, necesariamente, por un horror general indescriptible.

Ante ello pensemos, ¿a qué se debe esta masiva traslación de los superpoderosos del cómic a la pantalla?, y centrémonos en unos datos determinantes para poder hablar del “futuro del cine de superhéroes”: las adaptaciones de Spider-Man realizadas por Sam Raimi son de 2002 y 2004 respectivamente; las de X-Men del 2000 y 2003, Catwoman, El castigador y Hellboy pertenecen al presente año, mientras que Hulk y Daredevil se realizaron el año pasado. Todo ello por no hablar de la anunciada nueva versión de Batman que dirige Christopher Nolan y la de Los Cuatro Fantásticos previstas ambas para el año que viene. ¿Qué sucede, entonces, en la sociedad actual para que ésta aglomeración de personajes tenga sentido? De nuevo, el miedo como principal condicionante.

Estados Unidos vive en una situación de constante alterta ante el peligro “de fuera”, (1) ante un Oriente Medio que amenaza la estructura capitalista de su existencia y una ONU que no hace más que “poner trabas” a sus belicosas decisiones. Por consiguiente, los norteamericanos, convertidos ya en meros zombis, en detritus intelectuales, gracias a la constante manipulación a la que son sometidos por los medios de comunicación y a las impresentables falacias con que sus dirigentes políticos les hinchan el sentido patriótico, urgen de la necesidad de sentirse seguros, aunque sea virtualmente, y de precisar en sus ratos de esparcimiento de éste tipo de catarsis colectiva. Esto lo ratifican las propias películas ya que, sin ir más lejos, el Spider-Man de Raimi concluía con el siginificativo plano del superhéroe escoltado por una enorme bandera estadounidense, algo que se erige a categoría de símbolo si tenemos en cuenta que el estreno del film se produjo pocos meses después de los atentados contra las Torres Gemelas (y contra el Pentágono). Asimismo, la secuela de X-Men daba comienzo con una marciana humanización del presidente de Estados Unidos en la que éste anulaba una reunión para dedicarle tiempo a su hijo, poco antes de ser brutalmente atacado en su mismo despacho. Ante esta situación, tremendamente vinculante al sentir reaccionario promulgado por la administración republicana, los films de superhéroes son, por así decirlo, una necesidad.

El futuro de éste cine, por tanto, tiene todas las papeletas para ser considerado prolífico, casi inagotable. Mucho tiene que cambiar el estilo de vida estadounidense, su constante temor subrepticio y su agresiva política imperialista para que la avalancha de héroes se reduzca (tanto en primerizas adaptaciones como en secuelas). Y ello, la verdad, no parece posible. Como mínimo a corto plazo. De hecho, hay anunciados un buen número de futuros estrenos que adaptan una ingente cantidad de superhéroes: Iron Fist que dirigiría Steve Carr; Iron Man de momento un simple proyecto; Luke Cage, a las órdenes de John Singleton; o el proyecto de la nueva versión de Superman que lleva ya unos cuantos años pasando, al igual que la falsa moneda, de mano en mano.

No cabe duda que el espectador continuará amenazado por entes de sospechosas dobles lecturas (los malvados a los que se enfrentan La Patrulla X, por ejemplo) y a los que las instituciones, convenientemente disfrazadas de superhéroes, acabarán venciendo para asegurar el ortodoxo orden establecido. Decididamente, ¿hay algo más americano que el cine de superhéroes?...

(1) ¿Recuerdan aquél “vigilad el cielo” con el que concluía la obra maestra de Christian Nyby, El enigma de otro mundo (The thing from another world)? Poco han cambiado las cosas desde 1951 hasta nuestros días.