| BATMAN |
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Murciélagos sueltos por Gotham CitySi mal no recuerdo, nunca ha caído en mis manos ningún cómic de Batman. ¿Qué significa esto? Pues varias cosas: primero, significa mi absoluto desinterés hacia el cómic de superhéroes, una ramificación del “octavo arte” preconizada (y abusada) por Estados Unidos, que jamás ha sido santa de mi devoción. Segundo, evidencia mi imposibilidad de hablar de los personajes creados por Bob Kane desde una perspectiva que no sea la expuesta por el cine. Y tercero, una especie de advertencia dirigida al paciente lector por si éste resulta ser uno de los máximos seguidores de todo tipo de superhéroe en viñetas. ¡Bien!, una vez realizados los pertinentes avisos, entremos en el tema. Batman resulta ser uno de los personajes más curiosos de todos los héroes habidos y por haber. Si los poderes de Superman vienen codicionados por su circunstancia de extraterrestre o los de Spiderman por la picadura de una araña, Batman no posee ningún tipo de cambio genético que lo haga especial ante los demás; lo que le otorga al personaje su condición de superhéroe es, sencillamente, el inmenso capital que posee y que le permite fabricar toda clase de cachivaches a los que, de forma harto original, bautiza siempre con el prefijo “bat”. Por consiguiente, Batman queda reducido a la utopía. Es decir, si Bruce Wayne fuera un simple trabajador más que contempla por televisión las atrocidades del mundo en el que vive, sus ánsias por ejercer de justiciero y defensor de causas peliagudas se verían abocadas a una ineludible impotencia, exactamente la misma que nos posee a todos y cada uno de nosotros ante estos hechos. No obstante, Wayne posee millones y, mientras el resto de los seres más ricos y poderosos del planeta se dedican a engrosar su fortuna con negocios cada vez más turbios y despreciables, éste señor se disfraza de murciélago, se monta en un coche de diseño y se lanza por las calles para acabar con la maldad intrínseca en el Hombre. Dicho de otro forma, un millonario que administra sus riquezas en el (presunto) favor de la Humanidad. Más que una utopía, un imposible. Pero, muy a pesar de todo lo dicho, la verdad es que el personaje no tiene mayores complicaciones dramáticas y, en el fondo, resulta ser (como todos estos super-hombres) un ente plano y repetitivo de mayor simpleza que el mecanismo de un botijo. Ello quedó más que demostrado en la serie televisiva que hizo las delicias de los estadounidenses (¡aayyy! tan necesitados ellos de superhéroes – por cierto, ¿incluímos en ésta categoría a Bush, Jr?) en el período comprendido entre los años 1966 y 1968. Emitida en nuestro país por varias cadenas, los 120 episodios de los que está formada resultan ser, en nuestros días, un impresionante delirio pop , oscilante entre la deuda más atroz a su origen (las onomatopeyas de los golpes y porrazos expuestas, sin rubor alguno, en el mismo film) y la conversión a la moda hippy habitual en aquellos años, con unos colores estridentes y un sentido del ritmo verdaderamente alucinado. Lo extremo de sus argumentos y las impresentables interpretaciones de todos y cada uno de sus actores (quizá herencia directa de los seriales cinematográficos norteamericanos de los años 30 y 40) agravan, más si cabe, lo inverosímil de una serie que, si bien no hay que negarle un alto valor sociológico, resulta extremadamente ridícula por muy bondadosos que sean los ojos que la contemplen. Quizá por este mismo detalle y por la evidente tendencia gay esgrimida entre Batman y Robin, cada episodio resulta una descacharrante muestra trash , perfecta para todo freaki orgulloso de serlo. Pero, si en los sesenta Batman había ostentado su flanco más superficial e intrascendente, la recuperación del personaje llevada a cabo por Tim Burton en 1989 varió, considerablemente, esta visión. En su excepcional película, la duplicación Bruce Wayne / Batman lo convierte en una especie de Jekyll y Hyde poseedor, asimismo, de un trauma infantil no superado. Dicho de otra forma, el personaje se convierte en un desequilibrado mental, cuya aspiración a sembrar justicia en Gotham encubre una profunda escisión psíquica de la que no puede escapar y de la que intenta resarcirse concibiendo un elemento catalizador que acabará digiriendo su auténtico yo. Ya en los mismos títulos de crédito queda espléndidamente expuesto el punto de vista de Burton: unos sinuosos travellings por una especie de interminables y tenebrosos pasillos, que no son sino los recovecos del símbolo de Batman, nos descubren lo esquinado y sombrío de la psique del personaje y de cómo su delirio llega a tal extremo que la identidad suplementaria por él creada acaba tomando su personalidad. Otro ejemplo de lo dicho se encuentra en la secuencia en la que Vicky despierta adormilada y ve a Bruce colgado boca abajo de una barra durmiendo plácidamente. El Batman de Burton, amén de ello, se encuentra totalmente desposeído de la condición de “héroe” originaria del cómic. Es más, él y Joker son las dos caras de una misma moneda. Dos seres extremos, uno por exceso y el otro por defecto, pero perfectamente complementarios entre sí. La lucha final en la catedral, más que el enfrentamiento con sus propios fantasmas internos, da como resultado la autonimolación de Bruce Wayne. Por mucho que Vicky suba al coche donde la espera Alfred, Wayne ha muerto y es Batman quien se encuentra en lo alto de un edificio contemplando el símbolo de su nueva identidad. De hecho, en la excelente secuela del film, Batman vuelve (Batman returns, 1992), el mismo Wayne explica que su relación anterior no funcionó porque ella no pudo soportar su verdadero yo. Asimismo, es en esta segunda parte donde la presunta heroicidad del personaje se deshace por completo: Burton no duda en otorgarle un papel extremadamente secundario y potenciar los personajes interpretados por Danny de Vito y Christopher Walken, así como la Catwoman de Michelle Pfeiffer. Masiva reunión de esquizofrénicos para un film más cercano al horror gótico que al colorista cine de superhéroes. El Batman de Burton es, por tanto, pura y absoluta heterodoxia, tanto de continente como de contenido y un punto y aparte, que desgraciadamente no ha tenido continuidad, dentro del cine de superhéroes. Esta falta de prolongación temática y formal quedó corroborada con las restantes secuelas realizadas por Joel Schumacher. Directamente vinculadas con la serie de televisión de los sesenta, tanto por la inclusión del personaje de Robin (del que Burton acertadamente había prescindido) como por la experimentación de una estética visual, alejada del tenebrismo anterior, y sustentada en un colorismo excesivo, infantil y frívolo, Schumacher intentó crear un cosmos paralelo al concebido por Burton, quedándose en las limitaciones que le impone su escaso talento, ya que sus Batman resultan dos insufribles modelos de fealdad e incompetencia cinematográfica del que, afortunadamente, se ha prescindido para la anunciada vuelta del superhéroe a la gran pantalla. Veremos qué derrotero es el que transita Nolan. |