HULK / LA MASA  
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Por Javier Pulido












Miradas de Cine © 2002-2004

Héroe por accidente

¿Es imprescindible haber leído los libros de J.K. Rowling para comprender las aventuras de Harry Potter en la gran pantalla? Quienes sí lo han hecho me aseguran que las películas se disfrutan mucho más, y que la información con la que cuentan les lleva a entender mejor aquellas partes del guión que yo encuentro deslabazadas. Algún día prometo leerme la colección entera, con la única condición de que algún detractor de Hulk (el filme) le eche un vistazo a algún comic-book del personaje. Quizá entonces no le extrañe ver a un gigante verde hipermusculado dando enormes saltos por el desierto, o enfrentándose con una jauría de perros mutantes.

El caso es que Hulk no goza precisamente de un reconocimiento unánime por parte de crítica y/o público, quizá por ser la película de superhéroes más atípica estrenada nunca, con el permiso de la gamberrada de Hombres Misteriosos (Mistery Men, 1999). Pero es que probablemente se trate del superhéroe más atípico salido nunca de la factoría Marvel. Hulk (el cómic) nació en 1962 de la mano de esos dos genios que eran Jack Kirby (a los pinceles) y Stan Lee, encargado de los guiones. Lee ha declarado en más de una ocasión que las dos influencias confesas para la creación del personaje fueron la criatura de Frankestein, según aparecía en los filmes de James Whale, y la personalidad escindida del Doctor Jeckyll y su alter-ego Mister Hyde. Así, Bruce Banner, un científico involucrado en una explosión controlada de rayos Gamma que provocó su mutación, no es un personaje que haya elegido sus poderes; ni siquiera disfruta de ellos. Antes bien, tiene que vivir con la idea de que al menor estallido de furia su otro yo monstruoso aparecerá en escena, destrozando todo a su paso. Al despertar, tendrá que enfrentarse a las consecuencias devastadoras de las acciones de Hulk, lo que le llevará a vagar casi siempre en soledad para que ninguno de sus seres queridos sufra daños; es un personaje condenado.

Lo paradójico es que tampoco cabe hacer responsable a Hulk de sus acciones. Se trata de un ser tremendamente tierno que está preso en un mundo cuyas leyes humanas no alcanza a comprender, lo que le lleva a refugiarse en la naturaleza. Como en su día hiciera la Criatura de Karloff, es capaz de tirar a una niña a un lago simplemente porque no comprende que no puede flotar en el agua como las flores. Este Hyde de piel verdosa acabará inspirando más compasión al lector que terror. Y es que, como Spiderman o la Patrulla-X (a mi juicio, las mejores adaptaciones de cómic que se hayan hecho nunca) son héroes tremendamente imperfectos.

Cuando Ang Lee se hizo cargo del proyecto, se encontró con dos posibles vías a la hora de encarar la película: optar por un espectáculo pirotécnico con villanos malencarados y un tropel de efectos especiales, o intentar capturar la esencia del personaje (la esencia primigenia, porque como todo personaje de la Marvel que se precie, ha cambiado mil veces de forma). Al final Lee optó por la segunda opción, con un guión que presenta a Banner (un eficaz Eric Bana) como un científico emocionalmente bloqueado por un episodio familiar bastante simbólico y freudiano: el asesinato de su madre a manos de su progenitor. El buen doctor no podrá ser libre hasta que logre acabar con la figura paterna. Esto le permite a Lee volver a explorar un tema, el de la ruptura de la unidad familiar que ya había manejado en películas como La tormenta de hielo (The Ice Storm, 1997).

De otra manera, los primeros 45 minutos de proyección están centrados totalmente en Banner, en su particular universo de relaciones y afectos. Lee no es aquí fiel a pies juntillas a las páginas del cómic (en las que no aparece ningún tipo de enfrentamiento paterno-filial), pero sí reinterpreta al personaje desde una óptica singular, que le permite aprehender la historia en su particular sello de autor sin traicionar los presupuestos básicos de la mitología del héroe. El director taiwanés sale indemne del experimento gracias a una sobria y eficaz dirección de actores, en especial la espléndida Jennifer Conelly, y un guión sólido que tiene la virtud de mantener el interés de la historia que se está narrando y a la vez despertar en el espectador expectación (que no desesperación) por la llegada de Hulk. De entrada, esto sería más que suficiente para desmarcar a Hulk de otras tantas películas de superhéroes en las que el endeble argumento no es más que una excusa para la aparición de la atracción de feria.

El realizador no olvida en ningún momento que tiene entre manos un cómic y, curándose en salud frente al posterior desarrollo de la historia, se saca de la manga un innovador sistema para dividir la pantalla a modo de viñetas. Lejos de tratarse de un alarde meramente gratuito, se sirve del recurso tanto para ofrecer dos ángulos distintos de una misma acción, como para mostrar la reacción de los personajes ante las acciones del otro. Además, el invento le sirve para que la transición entre escenas sea especialmente fluida.

Y si Lee es respetuoso con la forma del comic-book, también lo es con su espíritu. Reflexionaba M. Night Shyamalan en El protegido (Unbreakable, 2000) que en todo buen cómic el héroe necesita su némesis, su opuesto. La existencia del villano es lo que le da al héroe su razón de ser y viceversa. Al igual que en esta espléndida película, en Hulk será el villano de la función (Nick Nolte encarnando al padre de Banner) el responsable en última instancia de la transformación del héroe, poniendo a prueba el sistema nervioso de su propio hijo hasta quebrarlo totalmente.

Y es a partir de entonces cuando presenciamos una película totalmente distinta. Sin aparcar del todo las taras de Banner, Lee nos ofrece un cómic en estado puro. Pisa el freno de la introspección psicológica y se entrega al divertimento puro, a los argumentos propios de los primeros años de la casa (Marvel), que de tan ingenuos como eran resultan entrañables hoy día. Sin caer nunca en el ridículo, las acciones del gigante verde resultan tan cómicamente desproporcionadas que casi traspasan la temida línea que separa un blockbuster “serio” de una producción de serie B.

Lo cierto es que a Ang Lee le da absolutamente igual que algún píxel cante más de la cuenta, que el acabado en CG del monstruo resulte deliciosamente imperfecto, o que el coloso verde destroce tanques del ejército como si tal cosa. Ya había demostrado que se encuentra como pez en el agua coreografiando escenas de acción que desafían las leyes de la gravedad. Si en Tigre y Dragón (Crouching Tiger, Hidden Dragon, 2001) la excusa perfecta era el carácter legendario de los personajes, aquí cuenta con el respaldo de contar con un personaje prácticamente indestructible, capaz de las mayores proezas. En realidad, se muestra más preocupado por que Hulk conserve el ápice de humanidad suficiente para salvar a su amada o perdonar la vida de más de los soldaditos que le persiguen para darle caza (de nuevo, la sombra de Karloff).

Es una lástima que al final el juguete se le acabe yendo un tanto de las manos al director después del recital ofrecido, una especie de mezcla de Jung y el arte pop. Y es que Lee claudica un tanto al final de la cinta resolviendo el conflicto entre padre e hijo casi de manera circense (1), en una simplona concepción al espectáculo que no hace justicia al resto del filme y que deja con cierto sabor agridulce.

Pero no es este el único defecto de una película que se queda justo un escalón por debajo de Spider-man II, el primer Superman o las dos entregas de X-Men. El problema es que, en su obsesión por no hacer una película convencional, la producción acaba por dejar descontentos tanto a los fans del personaje que esperaban más minutos en pantalla de Hulk como a los seguidores de la obra de Lee. Los primeros consideran que el preludio a la acción es demasiado largo, mientras que los segundos se sienten defraudados porque el director relaje la densidad argumental en aras del espectáculo. En Hulk hay dos películas, totalmente disfrutables por separado, pero que quizá no siempre son capaces de conectar entre sí, lo que provoca que la película pueda pecar de indefinición, un problema que el metraje excesivo acaba agravando. Con todo, no hay que llevarse a engaño. No son más que borrones incapaces de estropear una adaptación cinematográfica valiente y arriesgada como pocas.

(1) El padre de Banner adquiere poderes que le permiten absorber las propiedades de aquellos materiales con los que entra en contacto. En realidad, El hombre absorbente que aparece en los comics no tiene ningún tipo de vínculo familiar con el superhéroe.