| SPIDER-MAN |
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Spidey, del papel a las pantallasLo crearon Stan Lee y Steve Ditko en 1962, y el secreto de su éxito quizás estuvo en el origen de sus poderes, pues no se trataba de un héroe mutante como los componentes de La patrulla X, o de un hombre con recursos económicos suficientes como para permitirse juguetitos, como Iron Man o el Batman de D.C. Comics, ni tampoco fueron el fruto de un experimento fallido, como sí lo eran los del Capitán América o las garras de adamantium de Lobezno. Spiderman nació porque a Peter Parker, un estudiante tímido y miope que sólo decide utilizar sus dones para hacer el bien tras darse cuenta de que ha dejado escapar al hombre que mató a su tío Ben, le picó una araña radioactiva durante una visita escolar. Esta condición permitía una fácil identificación con el personaje, cuya vida personal, al margen de sus súper-aventuras, siempre ha estado presente en los comic-books. Su tensa relación con J. J. Jameson, jefazo del Daily Bugle; el amor que siente hacia su anciana tía May; su noviazgo con Gwen Stacy, roto por el fallecimiento de la chica; su amistad con Flash Thompson o con el problemático Harry Osborn; o su posterior matrimonio con Mary Jane, demuestran la atención, muy superior a la habitual en el mundo de los superhéroes, dedicada por sus sucesivos guionistas a los movimientos cotidianos del que sin duda es el buque insignia de Marvel Comics. Además, el sentido del humor del personaje y su sencillez de carácter fueron el arma definitiva con la que se ganó la simpatía del público durante décadas. En su evolución sobre el papel, Peter Parker/Spiderman conoció muchas derivaciones argumentales, algunas un tanto excesivas, y la imagen del cómic fue adaptándose, cómo no, a la espectacularidad que reclamaban las nuevas generaciones de lectores. De la sencillez del boceto original, al clasicismo – un tanto apolillado visto hoy, todo hay que decirlo– de dibujantes como Sal Buscema, Spidey pasó a la sofisticación epatante de autores como Alex Saviuk o, sobre todos, Todd McFarlane, que llegaba a molestar con sus excesos – convertía algunas páginas en verdaderos pósters centrales con posturitas cuanto más inverosímiles mejor– , y que a punto estuvo de echar a perder al personaje cuando decidió convertirse también en guionista de la serie. McFarlane, por cierto, terminó abandonando Marvel para fundar Image y allí prosiguió, con buenos resultados comerciales, su idea de cómics más sangrientos y espectaculares, como demuestra Spawn , la serie que el propio McFarlane se encargó de crear para la ocasión. Particularmente, me quedo con un dibujante como Mark Bagley, que en Spiderman combinaba clasicismo y modernidad, y resultaba elegante sin caer en el huero exhibicionismo. Esto fue especialmente notable en su aportación a la saga “Matanza máxima”, protagonizada por el lanzarredes junto a Veneno y Matanza, dos personajes que, sin duda, podrían dar mucho juego en una eventual nueva adaptación cinematográfica... Las primeras tentativas de sacar a Spiderman del estatismo de la viñeta tuvieron lugar en el medio televisivo. Entre lo visto por estos lares, estaba una cutre serie de animación nada fiel al argumento ni a la esencia del cómic, en la que el arañoso compartía protagonismo con Firestar y el Hombre de Hielo. Ya en el terreno del telefilm con actores reales, nos encontramos un Spider-Man del año 1977 firmado por E. W. Swackhamer y protagonizado por Nicholas Hammond. El recuerdo de un lejano visionado habla de un producto pobre y anodino en el que Spiderman desarticulaba tramas de extorsión económica (¡!). En realidad, las adaptaciones de cómics Marvel nunca tuvieron, hasta su actual boom , tanta ambición como las de otros héroes (cf. Superman o Batman, grandes tandas de superproducciones), y fueron encargadas a realizadores de tercera. Entre los estrepitosos bodrios estuvieron El capitán América (Captain America, 1990. Albert Pyun), horrenda adaptación de un cómic que ya había conocido dos versiones televisivas en los setenta, o El castigador (The Punisher , 1989. Mark Goldblatt), a mayor gloria de Dolph Lundgren, lo que se dice un auténtico castigo para el espectador. Tampoco podemos olvidarnos de la saga de telefilms sobre Hulk protagonizados por el malogrado Bill Bixby y por Lou Ferrigno desde los setenta hasta los noventa, y, por qué no, de Blade (íd. , 1998. Stephen Norrington), que, aunque muy posterior y mucho más lujosa, tomaba al cómic como mera excusa para su insufrible torbellino discotequero de imágenes cerradas. Lo más cercano a una buena adaptación conocido por Spiderman hasta la primera película dirigida por Sam Raimi fue la serie televisiva de animación aparecida en los noventa (la de dibujo tradicional, no la más reciente – y mucho peor– generada por ordenador). Y es que el asalto de la Marvel al cine de gran producción comenzó tal vez en el ramillete de series animadas que proliferaron en esa época... Sin duda, la mejor de todas ellas fue la dedicada a La Patrulla X, que conservaba e incluso potenciaba, mediante una sutil simplificación de las a menudo laberínticas tramas de mutantes, el atractivo del cómic original. Pero la de Spiderman, sin estar a la misma altura, resultaba aceptable como entretenimiento, si bien devenía un tanto infantil. Stan Lee, el auténtico hombre grande de Marvel, siempre intuyó que en muchas de sus colecciones estaba el material adecuado para arrasar en las multisalas. Tal vez sólo necesitaba esperar el tiempo necesario a que los trucajes cinematográficos permitiesen explotarlo en toda su dimensión... Y, desde luego, las operaciones a gran escala (carísimos F/X, publicidad, directores con cierto peso como Ang Lee o el propio Raimi, merchandising...) emprendidas en los últimos años le han reportado pingües beneficios económicos, si bien los resultados artísticos dejan, por lo general, bastante que desear. A mi modo de ver, y a falta de conocer las secuelas y títulos más recientes –a veces uno se cansa de tanta mediocridad– , el Spiderman de Sam Raimi es la más satisfactoria de todas ellas, aunque diste de ser perfecta. La mayor virtud que atesora es su fidelidad al espíritu del cómic original, algo que, en la primera parte, bien puede explicarse por la presencia como guionista del interesante, también como director, David Koepp. Además, la labor de casting ha resultado adecuada en las dos entregas, sobre todo con la elección de Willem Dafoe para encarnar a Norman Osborn y de Alfred Molina para dar vida al Doctor Octopus. Tobey Maguire y Kirsten Dunst se me antojan un poco jóvenes para interpretar a Peter y M. J., mas cumplen su cometido con inesperado oficio. Lo peor de todo está, evidentemente, en el carácter familiar de los proyectos, inevitable con semejante despliegue presupuestario, que, si no anula, sí suaviza mucho las cualidades más oscuras o gamberras de un director con los antecedentes, no siempre brillantes, todo sea dicho, de Raimi, quien además, y sobre todo en el primer film, se inspira claramente en el excelente trabajo de Tim Burton con sus dos entregas dedicadas a Batman. Algunos también añadirán el patriot(er)ismo de los films, repletos de encuadres con banderas americanas al fondo, entre los aspectos negativos, aunque esto parece algo achacable más que nada al origen del personaje, creado durante la Guerra Fría, e inequívocamente del lado del “mundo libre”. Además, no podía ser de otro modo tratándose de un habitante más de la Nueva York que vio derrumbarse en 2001 las mismas Torres Gemelas que iban a albergar el clímax, luego censurado, de la primera parte de una saga que, a buen seguro, no ha hecho más que empezar... |