UNA APROXIMACION A ZHANG YIMOU  
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Por Antoni Peris Grao
Miradas de Cine © 2002-2004

El despertar de China según Zhang Yimou

Hay directores que, de manera consciente o no, plantean sus obras como testimonio de una sociedad. Más allá de intereses temáticos o genéricos, sus películas reflejan la época en que viven. En otros casos, el reflejo no viene dado de manera exclusiva por cada una de sus películas sino por el conjunto de la filmografía del director, enmarcada en el contexto variable de una sociedad y un mundo cambiantes.

Aunque en la distancia temporal y geográfica no pueda parecerlo, los cambios sociales en la República Popular China son realmente históricos. La evolución del país más poblado del mundo con 4000 años de historia tiene un reflejo inesperado en los aparentes azares del cine de Zhang Yimou.

La China de Deng y la primera etapa de Yimou

Mao, el gran timonel, murió en 1976 y fue substituido por Den Xiao Ping. Éste, tratando de no cambiar nada para que todo cambiase (a la inversa de la tesis de Lampedusa en El Gatopardo), planteó reformas en diversos aspectos a gran escala, las llamadas Cuatro Modernizaciones. Estas reformas planteaban entre muchos otros aspectos, dos temas fundamentales: la obertura de los centros universitarios a estudios restringidos o suprimidos desde la infame Revolución Cultural de 1965 (incluidos los artísticos) y el concepto de enriquecimiento dentro del comunismo. Éste aspecto se desarrollaría mediante la creación de una serie de negocios particulares basados en joint ventures, asociaciones entre particulares (chinos o extranjeros) y el gobierno del país. Ambos factores daran a medio plazo la aparición de numerosas películas con capacidad exportable pero con cierto “riesgo” de perversión para los espectadores de la República Popular.

Es en este contexto que Zhang Yimou rueda sus primeras películas. Yimou, alumno de la quinta generación de la Escuela de Cine, compañero de Chen Kaige y fotógrafo de sus cintas, salta a la dirección en 1987 con Sorgo Rojo, una historia de pasiones en el contexto de la Guerra Civil china y la invasión japonesa de la segunda Guerra Mundial. A esta cinta le seguirán Namecode Cougar (1989, no estrenada en España y que desconozco), Ju Dou (1990, Semilla de Crisantemo) y La linterna roja (1991). En tan breve lapso de tiempo, gran parte del mundo, encerrado en los confines de la China, ha visto cambiar su destino.

Las reformas políticas de Deng no han estado a la altura de lo esperado por parte de la población. El enriquecimiento rápido de determinadas personas (muchas de ellas relacionadas con altos cargos del partido) vinculados a las joint ventures, crea una fractura en la población que ofende a aquellos que ven distanciarse económicamente a aquellos que hasta el momento eran sus pares, amigos o conocidos. Se abre una abismo entre zonas rurales y urbanas. La ausencia de libertades por otro lado da lugar a reivindicaciones por parte de intelectuales y estudiantes. El resultado final se traduce en una serie de manifestaciones en zonas con aumento de paro, cierre de fábricas y, las de mayor repercusión en Occidente, los sucesos de la Plaza de Tian An Men (1989), que se saldarían con una sangrienta represión y un número aun indeterminado de centenares (¿) de víctimas.

Sorgo rojo se ambienta en una época en la que el comunismo luchaba por el poder y, aun en segundo plano, plantea la colaboración entre trabajadores en las comunas. Los premios internacionales avalan a Yimou a nivel chino e internacional favorecen la continuidad de su obra. No obstante, tras los hechos de Tian An Men ha cambiado la situación. En diversas declaraciones Yimou admite desconocer los criterios por los cuales el gobierno chino autoriza la producción de una película o su exhibición a nivel nacional. El resultado será dos excelentes cintas, Ju Dou y La linterna roja, ambas multipremiadas en Europa, desvinculadas del momento histórico pero a las que se prohibe su exhibición en China.

Desafío

Yimou, que pretende evitar el conflicto con el gobierno y la censura narrando melodramas de épocas antiguas, se lanzará de cabeza a un nuevo proyecto, Qiu Ju, una mujer china o Qiu Ju va a los tribunales (1992): la historia de una mujer que busca una reparación moral a una humillación sufrida por su esposo por parte de un cabecilla local del Partido. Qiu Ju, ignorante y embarazada pero, por encima de todo, obstinada y consciente de sus derechos, se desplazará a la capital de provincia para argumentar su reclamación. Él argumento es atrevido, incluye la crítica más o menos clara a los cuadros locales del partido y las escenas en la ciudad, rodadas con cámaras ocultas, revelan la pobreza y la suciedad en la misma.

Todo haría sospechar que este atrevido argumento significaría el silencio definitivo en la obra de Yimou; pero, afortunadamente, no es así. Deng ha envejecido y, además, a raíz de los problemas del 89, ha envejecido mal. Jiang Ze Ming sube al poder en 1993. Es un político pragmático interesado en favorecer el crecimiento económico. Hay gran preocupación por el futuro y el futuro se vincula a las relaciones internacionales. Este sería el motivo de la rehabilitación del director. Mal considerado por la administración y criticado por su relación adúltera con Gong Li, musa de su cine y pareja real, los premios obtenidos en Venecia le reivindican en China como director y a Gong Li, como auténticos fenómenos mediáticos. La película, por otra parte, se argumenta como representante de cierta voluntad de transparencia del gobierno en cuanto a la lucha contra la corrupción.

El resultado, será la exhibición en China tanto de Qiu Ju como de Ju Dou y La linterna roja, y la producción de una nueva cinta.

¡Vivir! (1994), uno de los grandes melodramas de sagas familiares, injustamente infravalorado por la crítica, es una historia épica, construida en elipsis, que repasa someramente la historia de China en los dos primeros tercios del siglo XX. Aunque poco creativa artísticamente y políticamente neutra, la cinta fue motivo de consolidación del autor a nivel de producción en su país.

En 1995, La joya de Shanghai (una especie de Cotton Club de triadas) marca un final de etapa en el cine de Yimou. No tanto por su vinculación al género de gangters como por simbolizar la ruptura con Gong Li, que colabora con él por última vez, habiendo acabado su relación sentimental.

La nueva China

En el transcurso de la última década del siglo, se superan los objetivos de producción y el crecimiento anual se acerca al 8%, superando al de algunos países industrializados de la misma zona. Una minoría de la población (una minoría en China significa millones de personas) tiene acceso a ordenadores personales y teléfonos móviles y las grandes ciudades de las denominadas zonas especiales de desarrollo económico (Shangai, Censen) sufren un desarrollo brutal. No obstante, un chino de cada doce aun pasa hambre (casi 100 millones de personas), tanto en zonas rurales empobrecidas como en la periferia de las grandes capitales. Hay falta de material para cultivar bien la tierra y hay demasiados agricultores para poca tierra. Ello da lugar a una brecha entre las zonas rurales y las urbanas. En el año 2000 la renta media de la zona rural no alcanza los 272 dólares en tanto que en las ciudades se puede superar los 763. El conflicto se materializa, pues, en las grandes urbes. Los min gong, campesinos desplazados a más de mil kilómetros de distancia de sus hogares, constituirán un grupo de ciudadanos de segunda, sin acceso a necesidades básicas.

Es bajo este signo que hay que analizar Keep cool o Mantén la calma, la propuesta de Zhang Yimou de 1997 que presenta de manera perfecta la nueva sociedad urbana china. Está realizada con una histérica cámara en mano (Dogma avant la letre) y ambientada en una capital pujante dónde los aprendices de yuppies (caracterizados por sus móviles) pugnan por destacar de las masas empobrecidas. No obstante, a diferencia de Qiu Ju, Yimou evita el documental, no busca reflejar la realidad sino que busca una especie de hiperrealismo para representarla. Selecciona unos personajes determinados y a través de ellos expresa el enfrentamiento entre los viejos y nuevos valores, la solidaridad y el egocentrismo. Un librero despechado por la atractiva mujer a quien desea, (la cultura despreciada frente a una modernidad esteticista, vacía de contenido), topa con un oficinista a quien le rompe el ordenador portátil. Al conflicto inicial, que se plantea como trivial, se añade la obsesión del segundo por recuperar su herramienta de trabajo y la del primero por vengarse de su rival en amores, una especie de comerciante mafioso. En un sarcástico, esperpéntico clímax, los protagonistas se persiguen, se engañan, se golpean y pugnan por imponer su punto de vista. No hay opción al diálogo, al regateo, sólo monólogos encontrados, un diálogo de sordos.

El gobierno niega el permiso de exhibición para el Festival de Cannes. Aun siendo evidente los motivos, Yimou dice públicamente no comprender la causa de la prohibición y se lleva una copia a Venecia. Una vez más, el éxito de la cinta le evita un castigo mayor.

Jiang Ze Ming, a partir de 1997, desplaza a sus rivales y prioriza la producción para hacer más competitiva la economía china, a la vez que plantea un avance cultural, sin evitar la cultura extranjera.

Como si tratara de evitar un conflicto, como tanteando nuevos caminos (o quizás, simplemente, siguiendo una estrategia de autoprotección), Zhang Yimou dirige en 1998, 1999 y 2001 tres pequeñas producciones, distribuídas por la rama asiática de la Columbia y la Fox, Ni uno menos, El camino a casa y Happy times se alejan de los centros de poder, de las ansias de triunfo y de ambición y se orienta a las calles traseras, a la gente sencilla que es el corazón de China.

Ni uno menos, trabajada con actores no profesionales, constituye un simpático trabajo relatando la odisea de una adolescente, forzada profesora, que pierde un alumno durante una excursión a la capital. Sus esfuerzos por encontrarlo y las relaciones que entabla con diversos personajes, su aprendizaje, son una versión light del duro enfrentamiento de Qui Ju.

Más conservadora y mucho menos interesante se revela El camino a casa, posiblemente la propuesta menos estimulante de toda la filmografía de Yimou. El enfrentamiento entre un hijo y su madre, que reivindica un entierro tradicional para el padre, es la excusa para un flash back que ilustra el romance sentimental de los progenitores. Sentimental y vacía, edulcorada en exceso, Camino a casa parece mostrar al público extranjero una China rural de postal, pobre pero agradable, con los bastantes alicientes como para viajar más allá de Beijing, Xian y Shanghai.

Será Happy times, tercera propuesta de este “periodo”, coproducida por el propio Yimou, la más interesante. Divertida crónica de los enredos de un hombre que busca un matrimonio por interés y que, para prosperar en sus cuitas, debe hacerse cargo de una joven ciega, hijastra de la mujer a quien pretende. Inicialmente incisiva, progresivamente sentimental, esta excelente comedia tiene tanto de Chaplin y Capra como de Fellini o Berlanga. No obvia una certera descripción de una China urbana y triste, en la que los amantes deben buscar intimidad en un remolque abandonado, dónde el amor sale por la ventana cuando la pobreza entra por la puerta (como decía Manolo García) y en la que abundan los espacios vacíos, sucios y sórdidos, del parque público a las viviendas particulares, del supuesto hotel al hospital dónde el protagonista acabará sus días. No hay más ciego que el que no quiere ver, dice el refrán. Yimou saldará cuentas con el patético personaje en un final sorprendente y emotivo.

Viejos mitos para nuevos tiempos

El éxito de Tigre y Dragón de Ang Lee, coproducción chino americana, puede ser el orígen de Hero, espectacular propuesta de artes marciales. Basada en la leyenda del primer emperador (tratada también por Chen Kaige en El emperador y el asesino), Hero narra desde diversos puntos de vista la historia de los asesinos que trataron de matar al unificador de China. Es una bellísima película, ágil y divertida a ratos, brillante en muchos pasajes y tremendamente coherente con el momento histórico.

Absorbidos Hong Kong y los nuevos territorios, la colonia por excelencia, por la República Popular, también se absorbe su potente industria cinematográfica. En un contexto de rivalidad comercial, China no puede sino aprovechar este recurso para tratar de superar a los pujantes rivales comerciales en el Lejano Oriente, Taiwan (precisamente la isla rebelde, el territorio que queda por conquistar) y Corea. ¿Qué mejor opción que pedir a su cineasta más famoso internacionalmente que dirija una película de éxito asegurado, en el Este y el Oeste? Así, Yimou se apunta al carro de la épica y la magia y con un esmero tan digno de sus primera época como del Kurosawa de Ran (como se ha dicho repetidamente) construye un fulgurante ejercicio de estilo… Y, que quede claro, construye también un potentísimo panfleto político (de impacto limitado… para más de 1200 millones de personas, por supuesto) en el que el Héroe del título renuncia a su objetivo, el asesinato del Emperador, ante la evidencia de un futuro mejor: la unificación de China (aviso para los navegantes de Taiwan).

De esta manera, la República Popular de Jiang Ze Ming, este curioso país comunista disfrazado de capitalista (¿o al revés?) consigue exportar su imagen más vendible con una bellísima película totalitaria realizada por el que fue su autor más díscolo. Una buena película, una estrategia maquiavélica digna de una Administración con una tradición de 4000 años de antigüedad.