| HERO (Ying xiong, 2002) |
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Poesía y sacrificioSi hay un género por excelencia en la cinematografía popular china, ese es el wuxia o de caballería. Marcado por unas constantes bien definidas tanto en el plano conceptual –la abnegación del héroe, su sacrificio por unos ideales o la exaltación del honor por encima de todo, incluso entre enemigos acérrimos–, como en el estilístico –el barroquismo formal o la complicada coreografía de las luchas–, conoció su apogeo durante la edad dorada de la productora Shaw Brothers, con el realizador Chag Cheh a la cabeza. Antes de que Tarantino y su Kill Bill rindieran homenaje a la Shaw, y la resucitarán en el mercado del DVD mundial, hubo otros intentos por retomar el wuxia y adaptarlo al gusto de los espectadores del siglo XXI, el más notable de ellos: Tigre y dragón (Wo hu cang long, 2000), de Ang Lee. Pero no fue hasta la llegada de Hero (Ying xiong, 2002), de Zhang Yimou, que el género recuperó todo su esplendor e incluso consiguió elevarse a la categoría de obra de arte. Porque eso es precisamente Hero, una obra de arte, un monumento al cine con mayúsculas en el que se dan la mano una serie de ingredientes que sólo un maestro como Yimou podría mezclar con acierto para transformar la simple aventura en épica, conectando así con las audiencias de todo el mundo y traspasando las fronteras de la pantalla para ofrecer un espectáculo visual y auditivo sublime y poético. Hace 2.000 años China estaba dividida en siete reinos, que luchaban entre ellos por la supremacía territorial. El rey de Qin, el más belicoso de todos, anhelaba la unificación bajo su bandera, por lo que su vida estaba amenazada constantemente por asesinos enviados por los demás monarcas. Esos repetidos intentos de magnicidio dieron lugar a una serie de leyendas y Hero es una de ellas. Con este prologo –unas letras blancas sobre fondo negro– Yimou sitúa la acción y hace mucho más, concede a su aventura una categoría aún mayor, la legendaria, mitificando desde el principio a los personajes que se mueven por ella. El protagonista de la película, Sin nombre (Jet Li) acude ante el soberano de Qin clamando haber acabado con la vida de sus más peligrosos enemigos: Cielo (Donnie Yen), Nieve (Maggie Cheung) y Espada rota (Tony Leung). La historia de su hazaña ocupa por entero la narración, formando un puzzle de flashbacks a través de los que el monarca descubre las verdaderas intenciones del héroe, quien ha urdido un complot con los tres asesinos para acabar con su vida. Como si el celuloide fuera una imprenta de cuatricromía –en la que la combinación de cian, magenta, amarillo y negro dan lugar a la imagen definitiva– Yimou solapa cada flashback, cada versión de la historia, hasta dar con la solución al misterio. Pero esta superposición de capas no se queda meramente en lo conceptual sino que tiene también su traslación en el aspecto estético, en el color dominante de las escenas, que transita por el gris, el rojo, el azul, el blanco y el verde con intermedios de negro, el color de Sin nombre. Es en esta rima entre fondo y forma donde radica la grandeza del largometraje de Yimou, apoyado en una magnífica fotografía de Christopher Doyle y en un exquisito diseño de producción, y lo que le distancia de su precursora, Tigre y dragón, que no pasa de ser una excelente película de aventuras. Junto a los colores básicos que componen la paleta de Hero, el cineasta también combina de forma magistral otros símbolos elementales, como la tierra y el agua, o las hojas de los árboles, dando lugar a una serie de metáforas, de enlaces de una belleza sutil que encierran tanta poética como los mejores versos. Las gotas de agua sobre el rostro de porcelana de la hermosísima Maggie Cheung, las hojas doradas danzando en torno a ella y a Zhang Ziyi, el esgrima acuático de Jet Li y Tony Leung o las habilidades caligráficas de este último son instantes mágicos, obras de arte dentro de una obra de arte mayor, en la que el conjunto de sus partes enriquece hasta el infinito al todo. Como en cualquier wuxia que se precie, la esgrima, el símbolo de la espada como receptáculo mítico de poder y a la vez como extensión del cuerpo de quien la empuña, ocupa un lugar determinante en Hero. Una vez más, Yimou hace un requiebro, da una vuelta de tuerca al lirismo al rimar esgrima con música y caligrafía, dando muestra de sus refinamientos como cineasta y de su excelente asimilación del acervo cultural oriental, que ha plasmado en la pantalla con una sensibilidad poco frecuente en nuestros días. En un momento de la película se dice que la caligrafía y la esgrima encierran la esencia del alma, la verdad y la simplicidad, toda una declaración de intenciones que define también el espíritu del filme, una narración de una profunda belleza exterior pero también interior. Si la poética formal de Yimou salta a la vista, su correspondiente réplica en los valores de fondo que trata la cinta también es evidente. Hero es una historia sobre la lealtad, el amor y, por encima de todo, el sacrificio. Espada rota se sacrifica por el bienestar de la mayoría, por la consecución del objetivo del rey de Qin: la unificación de los reinos, “todo bajo el cielo”. Nieve muere por su amor a Espada rota. Sin nombre cambia su vida por la del hombre al que estaba dispuesto a matar, se sacrifica cuando comprende la grandeza de las intenciones del monarca. Muere como un asesino pero es enterrado como un héroe. El círculo se cierra con un epílogo en el que se explica que el rey de Qin consiguió unificar China y construir la Gran Muralla, convirtiéndose en el primer emperador de la primera dinastía. De esta manera, la muerte de los héroes no fue en vano y su vida se transformó en leyenda. |