| SEMILLA DE CRISANTEMO (Ju Dou, 1990) |
|
|
||||||||||||||||||
Cría cuervos...Antes de que Zhang Yimou invirtiese su incuestionable talento en filmar larguísimos y estilizados relatos de artes marciales tras la sospechosa estela de Tigre y Dragón (Crouching Tiger, Hidden Dragon, 2000. Ang Lee), triunfaba con películas de proporciones más reducidas, igualmente cuidadas y poseedoras de la misma arrebatadora fuerza visual. Aunque menos rentables, claro está. Expeditivo ejercicio de crueldad. Yimou en 1999: «El cine chino no debería permitir que el cine de Hollywood tuviera tanta influencia sobre él mismo (...) En la actualidad, la economía lo domina todo y nuestra cultura se ha perdido. El cine vulgar y comercial domina nuestras pantallas. Los directores que una vez se hubieran sentido avergonzados de hacer tales películas, en la actualidad se sienten orgullosos de que éstas lleven sus nombres». Todavía recuerda uno al Yimou que cargaba contra Titanic (id., 1997. James Cameron) durante la promoción de El camino a casa (Wo De Fu Qin Mu Qin, 1999), asegurando la de hermosas películas "pequeñas" que se podrían haber rodado con tan elefantiásico presupuesto (1). Eso fue antes de que él mismo hiciese la película china más cara de la historia (Hero (Ying Xiong, 2002)) o se gastase 20 millones de yuanes (2,4 millones de dólares) sólo en la promoción de La casa de las dagas voladoras o como quiera que la acaban llamando aquí. Por supuesto que también ha sabido reinventarse de vez en cuando (ahí está la desconcertante Keep Cool (You Hua Hao Hao Shuo, 1997)) e incluso saltar un palmo por encima de su mejor registro personal (Ni uno menos (Yi Ge Dou Bu Neng Shao, 1999) es ya una película incontestable). ¿Tendré que descubrirles lo obvio, que Zhang Yimou es un gran director? Su fórmula mágica no es sencilla, mezclando con habilidad diversos ingredientes que lo convirtieron durante una época en favorito de festivales de clase A (2): confrontación ciudad vs. aldea, toque autóctono retro, crítica inteligente y light al régimen comunista (que tan mal se portó con sus directores de la quinta generación) y descubrimiento de actrices bellísimas (Gong Li, Zhang Ziyi). Y eso que este hombre oriundo de Xi'an (¿recuerdan los guerreros de terracota?) llegó tarde a la dirección cinematográfica. La Revolución Cultural le pilló en mitad de sus estudios, teniendo que abandonarlos e irse al campo a pegarle al azadón, dogma incuestionable de aquella demencial ocurrencia de Mao. Pero Yimou los tenía bien puestos: en 1978 se presentó a las pruebas convocadas por el Instituto de Cine de Pekín. Las aprobó sin problemas, pero fue rechazado por tener cinco años más que el límite permitido. Ni corto ni perezoso, elevó sus protestas al Ministerio de Cultura, alegando que la dichosa Revolución "Cultural" le había hecho perder una década de su vida. Ante razones tan poderosas –ya saben lo dados que son los regímenes comunistas a hacer autocrítica a posteriori– fue finalmente aceptado (3). Vayámonos al año 1990, fecha de su tercera película. Gong Li vuelve a ser esa mujer utilizada como instrumento de mercadeo en una China por siempre feudal. Aterriza con su inquietante belleza en una pequeña industria dedicada al tintado de tejidos varios, como sierva y paridera del carcamal que regenta el negocio. Este retorcido individuo hará lo indecible por dejar preñada a su recién adquirida esclava... aunque su impotencia no le deja mucho margen para la esperanza. Así pues, no se le ocurre otra cosa que torturar por las noches a la parienta, atizarla y hacerle marranadas varias (una versión oriental y actualizada del perro del hortelano). No contaba el mercader con la presencia de su ayudante, hombre tímido y apocado sometido con docilidad a sus arbitrariedades. Dócil sí, pero no ciego... y es que uno no puede permanecer impasible por mucho tiempo viendo dar saltitos a su lado a Gong Li, con la falda 'arremangá' y el pecho acelerado por las palpitaciones. El roce hace el cariño y tanto trabajar de sol a sol, deslomados, entre el sudor y el olor ácido de los mejunjes utilizados para lograr ciertas tonalidades, diversos matices de rojo, de amarillo... súmese a eso la insatisfacción de la susodicha y tendrán preparado y listo para servir el delicioso plato de la infidelidad, perfectamente comprensible, saludable y del todo necesario en este caso nuestro. Imagínense pues el recalentón de la pareja, férreamente observada por un vejete que pocas veces abandona el lugar. Cada vez que tal dicha ocurre –teniendo este que ausentarse hasta pueblos cercanos donde terminar de concretar algún pedido–, aprovechan para hacer dejación de sus responsabilidades y fornicar como alegres bestezuelas, qué caray, ¡que la vida son dos días! La felicidad podría ya ser absoluta si el cornudo anfitrión no estuviese por medio, ¿verdad? Pues el azar quiere que en una de sus rutas por tierras solitarias sea asaltado y vapuleado de tal modo que queda condenado a vivir postrado. En esa situación no tardará mucho en descubrir el nuevo equilibrio de poderes que rige en su casa, con ese empleado suyo haciendo las delicias de su escarmentada mujer. ¿Qué hacer? ¿Alzar la voz y montar el gran escándalo, condenándose a su vez a ser el hazmerreír del pueblo? Yimou, gran aficionado a las películas río (Sorgo rojo (Hong Gao Liang, 1987), Vivir (Guozhe, 1994)), volverá a hacer correr a su antojo las manecillas del reloj, dándoles un hijo a los amantes furtivos. Es aquí donde se desencadena el drama, terminando de armar un complicado entramado de querencias y sentimientos. Para empezar, la extraña mezcla de sentimientos del verdadero padre, que verá como su retoño es reconocido por el inválido, tras un primer intento de saciar su rumiada venganza en el recién llegado. Y esta, a la postre, resultará ser su jugada más maquiavélica: ganarse el cariño del hijo ajeno, alejarlo de la órbita de su familia natural e inculcarle un odio con más solera que un Vega Sicilia del 73. El cacao mental del enano es de órdago: el que dice ser su padre, inválido, con el prurito de víctima. Y su madre gozando de los favores de un asalariado que, aunque él lo ignore, es su auténtico progenitor. Vamos, para desquiciar al más pintado... Y cuando se intenta aclarar de una vez por todas la situación, resulta demasiado tarde. Porque el chico presenta un inquietante perfil psicopático, incapaz de desarrollar un afecto sincero por quienes le ocultaron una verdad tan capital. El desenlace de la acción parece quedar en sus manos... ¿será capaz de perdonar? ¿Hasta donde le llevará su fiebre destructora? Ju Dou, plagada de virtudes, queda ya como una de las películas "clásicas" que en la pasada década se encargaron de cimentar el actual prestigio crítico del que gozan las películas asiáticas. Taiwán, Hong-Kong, Corea del Sur, Japón o Thailandia han dejado de ser anécdotas exóticas de los festivales para copar, una y otra vez, el dichoso palmarés. Yimou queda también –como la mayoría de integrantes de la nouvelle vague, por buscar el rastro de otras olas en la actual resaca– como un director que "estuvo en la pomada" para acabar entrando en el juego de las recaudaciones, con su propio y consolidado star-system de ojos rasgados... Pero no afilemos los cuchillos. Sigo esperando ansiosamente su próxima película... pequeña. (1) Sumen a todo lo anterior su llegada a lo más alto del box office norteamericano en la semana del 31/8/2004 con Hero... ¡amigo, cómo hemos cambiado! (2) Todo es cíclico en esto de los festivales: después vinieron Won Kar Wai, Hou Hsiao-Hsien, Tsai Min-liang, Kim Ki-duk... sic transit gloria mundi. (3) Información extraída del dossier de prensa de El camino a casa. |