| LA JOYA DE SHANGHAI (Yao a yao yao dao waipo..., 1995) |
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El oropel de la ciudadSi bien La joya de Shanghai (Yao a yao yao dao waipo qiao, 1995. Yimou) no se cuenta entre las mejores películas de Yimou, su sencillez la convierte en un ejemplo perfecto de relato iniciático; la acción, escasa y sintética, meramente insinuada, viene focalizada en todo momento por la mirada asombrada de Shuisheng (Wang Xiaoxiao), el niño campesino venido a la ciudad en busca de ascenso social. Aun cuando este punto de vista podría resultar limitador, el arte de Yimou radica precisamente en explorar al máximo las posibilidades expresivas de una narración puramente fílmica, con un narrador prácticamente mudo, debido a su inexperiencia del mundo. Los movimientos de la cámara traducen las impresiones del adolescente (en las cuales se demora Yimou) y la nebulosa en la que se nos presentan algunos ambientes no obedece sólo a la sensualidad de la protagonista, sino a la mirada soñolienta del criado adolescente sin horario. Los personajes del mundo en que se mueve Shuisheng Shian aparecen mediatizados por la subjetividad de éste, y por su particular descenso a los infiernos del Shanghai brillante y corrupto de 1927. La sobriedad del film se rompe quizás en algunos puntos por las explicaciones de su guía; la presencia del familiar –su tío (Xuejian Li), ya integrado en los entresijos de las mafias, con su claudicación servil y sus miras puestas en una meta ilusoria– peca, no obstante, de ciertos excesos verbales. Yimou ubica a sus personajes en un mundo urbano cercano al del cine negro americano, el mundo de las chicas malas subyugadas por los gángsters. Shuisheng viene a ser la cámara misma, que recoge los retratos de Joya y el patrón, y los perfiles de los personajes secundarios, meras sombras atrapadas en una red de despotismo y arbitrariedad. Las excelentes recreaciones de ambientes son el pretexto para los números musicales y la exhibición de los encantos de Xiao Yingbao (Gong Li); la crueldad y el cinismo de su personaje paralizan y anonadan a su inexperto sirviente, y constituyen, precisamente, el principal ingrediente de la película. La decepción, así como el círculo vicioso en que se ha encerrado Joya, se contraponen a la inocencia del adolescente; frente a la ingenuidad de la niña campesina, la personalidad de Joya ofrece aún mayor contraste. La obligada reclusión en la isla propiciará una transformación momentánea en la protagonista; la inocencia perdida se revela irrecuperable, al tiempo que la culpa hace su aparición. La perversión de la inocencia nos da, como un recuerdo hecho presente, el trasfondo de Joya en lo que ésta tiene de más humano. La tensa violencia se une a la poesía de la última parte de la cinta, junto a una magnífica fotografía, en momentos que pueden contarse entre lo mejor de Yimou. La imposibilidad de desandar el camino viene dada por la propia geografía de la isla: todo camino de huida está cortado. El adolescente tendrá acceso a una nueva perspectiva, más cruel, del mundo. Ignoramos su destino, pero sea cual sea, sin duda ha asimilado la lección, escrita en las monedas que se lleva el agua. |