SHI MIAN MAI FU / HOUSE OF FLYING... (2004)  
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Sumario
Por Alejandro G. Calvo
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

En el límite de la plasticidad 

«Y no es por eso, que halla dejado quererte un solo día, estoy contigo aunque estés lejos de mi vida, por tu felicidad, y a costa de la mía. Pero si ahora tienes, tan solo la mitad del gran amor que aún te tengo puedes jurar que al que te tiene lo vendigo, quiero que seas feliz, aunque no sea conmigo». Celso Piña.

Tras el sonoro éxito, posiblemente justificado, del film de Ang Lee Tigre y dragón (Wo hu can long, 2000), el “wu-xia” –o cine de “espadachines + artes marciales” chinos– se descubrió al nuevo occidente como una panacea de excesos estéticos, sobrellevados por grandes dosis de violencia estilizada, que encontró en el público desde una respuesta airada ante la incapacidad de asimilar tanta fantasía, a un fervor devoto hacia cualquier film que se acercara a dicha temática. Aprovechando el poder del sistema digital, los nuevos “wu-xia”, permitían acercar al espectador a un terreno más propio de la ciencia-ficción, sin que esto no sólo no resultara esperpéntico, si no que además alcanzaba cumbres oníricas, convirtiendo la imagen de una pelea en una representación de la dramática de la obra. Es por ello que los últimos films de Ang Lee o Zhang Yimou resultan mucho más atractivos para occidente, que las películas que en su día encumbraron a cineastas como Chang Cheh, Chia-Liang Liu o Tsui Hark, hasta el punto que la siempre despistada crítica cinematográfica ya engloba en un mismo saco films tan dispares como Zu Warriors (Shu shan zheng zhuan, 2001. Tsui Hark) , Kill Bill (Ídem, 2003. Quentin Tarantino) o Zatoichi (Ídem, 2003. Takeshi Kitano)… ¡qué más da!.

El caso de Yimou, sin embargo, es un poco más llamativo que el de Ang Lee, que al fin y al cabo, ha demostrado ser uno de los cineastas más versátiles de la actualidad, pues el autor de La linterna roja (Da hong deng long gao gao gua, 1991), hasta Hero (Ying Xiong, 2001), básicamente se había dedicado a realizar solventes dramas, dentro de un cierto costumbrismo rural chino –habría que citar como excepciones la incomprendida La joya de Shangai (Yao a yao yao dao waipo qiao, 1995) y la extraña Keep Cool (You hua hao hao shuo, 1997)–, abanderándose como máximo representante de la quinta generación de cineastas chinos, lo que implica, evidentemente, ser el mejor realizador chino durante toda la década de los noventa.

Entonces llegó Hero, una super producción china, que consiguió cuantiosas recaudaciones de taquilla en occidente. El film, de una indudable belleza plástica, sin embargo, es una obra desequilibrada, a la que no le beneficia nada el hecho de ser estrenada en occidente con casi una hora de metraje suprimido, cuyos aislado aciertos se basan en las diferentes escenas de lucha, rodadas todas con una exasperante belleza cromática. El film funciona así por acumulación, una obra cuyas significativas partes, hacen que su suma de un producto interesante, hasta atrayente, pero al fin y al cabo, fallido e intermitente. Ahora, con la lección bien aprendida, Yimou insiste en el terreno del “wu-xia” y con House of Flying Daggers nos ofrece una magnífica película, de una coherencia abrumadora y sin un solo bache narrativo o dramático. Esto no implica que las condiciones de producción sean distintas a las de Hero, en absoluto, el último Yimou es otra superproducción china, protagonizada por tres de las más conocidas estrellas asiáticas: la china Zhang Ziyi, el hongkonés Andy Lau y el japonés Takeshi Kaneshiro; la diferencia cualitativa (y cuantitativa) de ambas obras, radica en la diferente fuerza dramática de las mismas. Mientras en Hero una imagen era bella por ella misma, en House of Flying Daggers, la fuerza plástica que se desprende de sus imágenes viene acompañada por la coherencia dramática de la que hace gala el film.

Y es que más que un film de artes marciales, el último Yimou, es básicamente una película romántica, narrando un triangulo amoroso, que como es evidente, sólo puede acabar en un fascinante duelo final –prestar atención, cuando se estrene la cinta, en las espadas melladas de los contrincantes–. De hecho, tras una rebuscada trama de conspiradores y soldados del emperador, al final de la película, lo único que se nos muestras es el desenlace del triángulo amoroso, demostrando así Yimou, que las tramas conspirativas no son más que un pretexto para sentar la base dramática de la cinta, la que de verdad le importa, por más que esta venga plagada de fascinantes batallas, algunas tan impresionantes como la desarrollada en el campo de bambúes. El film vuelve a pecar, si se quiere mirar así, de una estilizada puesta en escena, pero de nuevo hay que recordar que nos movemos en parajes de leyenda pura, por lo que la fantasía es el factor predominante de una cinta, cuya belleza aún me turba, y me cuesta creer que el film tuviera tan mala acogida en el último festival de Cannes (en el que recordemos, ganó la panfletaria Fahrenheit 9/11).

Es en esa doble vertiente donde House of Flying Daggers se convierte en una de las películas mejor conseguidas de Zhang Yimou –y estamos hablando del realizador de El camino a casa (Wo de fu quin mu quin, 1999) y Ni uno menos (Yi ge dou bu neng shao, 1999)–, por su capacidad de emocionar tanto en las escenas de lucha como en las escenas románticas, hasta el punto, de que se fusionen las unas y las otras, creando un solo vehículo narrativo, un único camino preparado para el máximo goce del espectador, ya sea este un entendido en el tema o no. Tiempo al tiempo.