Rohmer y Allen, mucho antes del atardecer  
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Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro

 

Cartel de la película

 

Cartel de la película

 

Cartel de la película

 

Miradas de Cine © 2002-2004

¿Que qué tienen en común este par de jubilatas de pro? Para empezar, háganse cargo de que entre los dos amasan casi 160 años de diáfanas vivencias, tiempo más que suficiente para atesorar algún que otro conocimiento sobre la Naturaleza humana. Súmenle a esto otras tantas características compartidas: cierto desgarbo en la utilización de recursos cinematográficos, haber trabajado con algunos de los mejores directores de fotografía, no necesitar de guiones ajenos, pasión por las actrices, un cultivado halo de leyenda entorno a sus respectivas vidas privadas... ¿continúo?

No me digan que la situación les parece del todo descabellada: Eric Rohmer, a punto de retirarse a su cuartel de invierno, recibe la llamada del itinerante Woody Allen, atorado en el aeropuerto Charles De Gaulle –huelga de controladores, fijo–, a medio camino de su peregrinaje veneciano. Ambos quedan en un café muy coqueto del barrio latino, detrás de la Shakespeare & Co., pero sin la intención de encontrarse con Julie Delpy o Ethan Hawke, ¡vaya par de plastas!

Fría mañana del mes de diciembre. La iluminación pre-navideña de las calles amenaza ya con estropear el encanto parisino. Esta vez Rohmer no ha madrugado en pos de la hora azul: le vemos bien despierto, sentándose pausadamente, dejando su bufanda sobre un mantel adornado con los colores de la bandera francesa. Tremendamente digno, renunciando a ayudarse de bastón alguno, tanto aquí como en sus acostumbradas caminatas por las afueras de Biarritz, La Plagne, Cherbourg... Allen se ha levantado nada más verle; aplasta las lentes contra su nariz y hace un amago de genuflexión.

El judío de Manhattan pide un te caliente, mientras que el jansenista de Nancy se decanta por un carajillo de Baileys.

—Oye, no sabes tú la de tiempo que llevaba aguardando esta oportunidad de...

—Ea, ea —le interrumpe Rohmer, con gesto de conmiseración— no me tutee o me veré obligado a llamarle venerable anciano...

— No, de verdad yo... en fin, vamos, que... le considero a usted uno de los más grandes directores vivos...

—Por detrás de Bergman, supongo...

—Naturalmente, naturalmente... soy adulador pero no imbécil...

—Pues mire, yo en cambio a usted (y con todos los respetos) le considero un profesional algo voluble en cuánto a sus propósitos...

—¿Algo voluble? ¿Qué quiere decir exactamente? He tenido gases últimamente, pero...

—Joven, me refiero a que a veces se ha salido de la línea trazada de antemano, que no ha sido capaz de seguir el camino que se marcó en su momento.

—¿Eso hice? ¿A partir de qué instante?

—De Annie Hall, por supuesto... ah, por cierto: siempre preferí a Diane Keaton, una debilidad... ¿qué le veía a esa mojigata de Mia?

—Ah, puro fetichismo... se había acostado con Sinatra, ¿sabe? Sé que sonará perverso, pero creí que...

—No entre en detalles, por favor. Como le decía, a partir de este film parecía que usted tenía las cosas bien claras, que su periplo desembocaría ineluctablemente en una obra maestra...

—¿Una obra maestra? ¡Qué barbaridad! No, no, no creo que sea ya capaz de hacer una cosa de esas... ¡me obligarían a dar conferencias de por vida!

—¿Le preocupa?

—Oh, no, ni lo más mínimo... lo que realmente me gustaría saber es si este bultito que me noto a la altura del riñón es un tumor benigno o...

—Oh, vamos, Woody. Un poco de seriedad.

—¡Hablo muy en serio! ¿Usted no tiene achaques?

—Por supuesto que sí. Pero soy menos exhibicionista que usted.

—Hace mal. Si no se queja, no le atenderán... y eso que es afortunado, porque aquí tienen Seguridad Social, ¿no?

—¿Y a eso le llama tener suerte?

—Nunca se sabe, nunca se sabe... en cambio —y si me permite la impertinencia— su cine peca a veces de afectado... yo... yo hablo de la gente que conozco y sí, muchos de ellos son literatos, algún conocido del mundillo... pero si hacemos caso a los personajes de sus películas, usted tiene que tener por colegas a media universidad de La Sorbona... ¡qué nivelazo!

—¿Le parecen a usted aburridos o demasiado academicistas los temas de los que discuten?

—No, no es eso. Seamos honestos: uno y otro acabamos hablando de lo mismo, de lo único importante...

—¿De la muerte?

—¡No! ¡De la vida! O de ese simulacro que nos permite tomarnos un café sin mirar al calendario de reojo, preguntándonos "¿cuánto nos quedará?".

—¿Considera todo esto un simulacro? ¿Irreal, quizás ficticio?

—Si, definitivamente si. Ya sé que para un racionalista como usted esto sonará a herejía, pero...

—No, le entiendo perfectamente. A pesar de ser consciente del artificio, utiliza el cine como válvula de escape, como...

—No, no. El cine es lo único tangible en mi vida, créame... necesito aferrarme a él. Me ahorra un pastón en Prozac...

—Ay, esa obsesión tan norteamericana por automedicarse...

—Me dirá usted que cuando está depre coge un libro de Pascal, lee tres aforismos y de inmediato se pone a bailar el charlestón con la señora de la limpieza...

—Pues... no, todavía no lo he hecho nunca. Pero sí que creo en el poder balsámico de la filosofía. De ese tipo de filosofía que no se encuentra forzosamente en los grandes libros.

—A mi la filosofía también me ha ayudado mucho. Hubo una temporada en que frecuentaba ciertos tugurios del Harlem donde si decías la palabra "transmutación" seguida de "peripatético" una rubia impresionante se sentaba en tu regazo... lástima que a partir de ahí tuviese uno que improvisar. ¿Por qué no dejó Hegel ningún texto importante al respecto?

—¿Utilizaba el pensamiento de otros sólo para ligar? Bah, le creía menos vulgar...o quizás más romántico.

—¡Oiga, en su cine no para de ocurrir eso mismo! Alguien orgullosísimo de su formación intelectual vende su alma al diablo por un instante de autenticidad entre los brazos de una mujer... aunque luego se tenga que pasar media vida justificándose ante amigos y...

—Bueno, yo no lo veo así. Mis personajes, como los suyos, están terriblemente solos, aunque acostumbremos a verlos acudiendo a fiestas, saliendo de la Ópera o comiendo opíparamente en un restaurante de la Quinta Avenida. Y no hablan con la única intención de acostarse con su compañera de charla...

—Hable por usted...

—No, de verdad... no le niego al sexo su importancia... pero me consta que en su caso el asunto toma dimensiones colosales, pues deben de ser pocas las actrices a las que no haya magreado de una u otra forma en sus films... de Charlize Theron a Elisabeth Shue... ay, ay, esa libido...

—¡Quién fue a hablar! En los congresos internacionales de pedofilia siempre se reservan alguna de sus películas para la sesión de clausura: Pauline en la playa, La rodilla de Clara, La coleccionista... ¡tienen donde elegir!

—Reconozco que siento una pasión inveterada por la juventud...

—Ahora se le llama así...

—...pero utilizada como saludable influencia sobre mi depauperada condición física. Una sonrisa de menos de veinte años hace mucho más por la salud de un viejo que cinco médicos...

—En eso estamos de acuerdo. Y si esa sonrisa camina sin sujetador y con un tanga minúsculo, el remedio se me antoja milagroso...

—Además, su cine es enfermizamente autocompasivo. A veces da la sensación de que quiera dar pena a media humanidad... y esa manía de redimir a sus perdedores...

—Ah, todo perdedor es redimible. Los únicos que no merecen esa oportunidad son los triunfadores...

—Vamos, vamos. Usted es uno de ellos, Sr. Allen. Ganador de Oscars por doquier, idolatrado en media Europa...

—Si, los europeos y su búsqueda de lo absoluto...

—¿Le asusta que valoremos tanto el arte?

—No, pero me divierte que alguien considere arte una de mis películas... o de las suyas. Ya sé que para usted esto son palabras mayores...

—No, soy muy consciente de la total intrascendencia de mis aportaciones a eso que llaman séptimo arte. Seamos realistas: nos separan años luz de las obras totales que tanto admiramos. Ninguna de nuestras intentonas dejará la misma huella que un cuadro de Millet, que un libro de Balzac, que una película de Vigo...

—Y entonces... ¿por qué seguir trabajando en un oficio al que no vamos a poder aportar nada?

—Nada... cuando quiere sabe usted sonar bastante contundente... yo no he dicho eso. Pero lo que es seguro es que no trabajo para la posteridad... ¿lo hace usted?

—Si la posteridad es un departamento del Ministerio de Hacienda, créame que sí trabajo para ella...

—No, no nos empuja la sed de trascendencia a hacer lo que hacemos. ¿O si?

—Ya estamos tratando de intelectualizar lo que sentimos... no aprendemos, Eric. ¿Quiere algo más?

—Pídame un whisky doble si es tan amable.

—Vaya... así yo también llego a los noventa, conservado en alcohol... a propósito, su última película, Triple Agente, no me ha acabado de gustar...

—No esperaba que le entendiese. Aunque a mi tampoco me ha dicho nada su Melinda & Melinda. Eso nos deja empatados. Prefiero... déjeme pensar... me decantaría por... Delitos y faltas, por supuesto.

—Ya veo... pues yo de las suyas me quedaría con El rayo verde.

—Qué curioso... hubiese apostado que elegiría Mi noche con Maud... una chica bien parecida, un católico reprimido...

—Si, buen argumento para una comedia. Pero no me la creo, es más falsa que Chirac hablando de Costa de Marfil... ¿¡cómo puede abandonar la casa sin acostarse con la dichosa Maud!? ¡Del todo inverosímil!

—Quizás se lo impedían sus principios...

—¡Pues haberse buscado otros!

—Vaya, está parafraseando a Groucho Marx... ¿siempre roba citas de otros?

—Le recuerdo que sus comedias y proverbios arrancaban con frases prestadas...

—Pero nunca traté de hacerlas pasar por mías. Es la diferencia entre un lector y un farsante.

—Farsante es el que deja Cahiers du Cinema en cuánto le llevan la contraria, viejo susceptible.

—¡Y payaso es el que se dedica los dos últimos años a recoger todos los premios que dijo jamás aceptaría!

—¡¡Mire francés pedante...!!

—¡¡Maldito yanqui renegado!!

Un camarero algo hastiado intercede entre los dos, tratando de separarlos mientras se espolvorea el mostacho: —Señores, mantengan la compostura... están armando un escándalo... la señorita del fondo les ha reconocido, señores Godard y Angelopoulos... ¿podrían firmarle en esta servilleta?

—Si no fuese por mi próstata se enteraría usted...

—Ya podrá, abusón, metiéndose con alguien 20 años más pequeño... ¿esta dentadura es suya?

—Sí, ha sido la excitación... ¿y ese paquete de Viagra?

—Deme, deme. En fin... pelillos a la mar, ¿eh?

—Caballero, no soy nada rencoroso. Se lo debo a mi formación: recuerde que cuando usted era un chico de teta yo estaba codeándome con Sartre y compañía...

—Eso explicaría esa cara de estreñido crónico que se le ha quedado. Recoja la bufanda...

—¿Qué bufanda?

—Ya empezamos a olvidarnos de las cosas, ¿eh?

—La amnesia es una enfermedad muy americana... ¿recuerda Vietnam?

—Si, y también quienes fueron los primeros en intervenir en Indochina...

—La memoria no siempre es buena consejera...

—Y el olvido es la terapia de los cobardes.

—¿Coge un taxi?

—Sí, he dejado a Soon-Yi haciéndose un retrato para un pintor bohemio de Mont Matre...

—Claro, claro... ¿y no le ha extrañado que ese "artista" mida 1,80 m. y tenga más masa muscular que un plusmarquista de los 100 m?

—¿A dónde quiere ir a parar?

—Déjelo, Woody. Acompáñeme a casa y no se haga mala sangre... tengo un CD de Nina Simone que quizás le interese...

—¡No me diga! Va a resultar que los franceses tienen buen gusto...

—No tanto, no tanto... recuerde que aquí es donde mayores recaudaciones obtienen sus películas...

—Je, muy agudo... ¿sabe, Eric? Presiento que este es el comienzo de una hermosa y sincera amistad.

—Ya puede decir misa, no pienso prestarle ni un puñetero euro para su próxima película.

—¿Cómo puede ser tan...? ¿Y de algún dólar imperialista no querría desprenderse?

Les vemos difuminarse calle abajo, cogidos del brazo. La cámara se aleja entre la bruma matutina, pero no escuchamos el rugir de los motores de ningún avión, ni tan siquiera vemos cruzar la acera a la mujer del aviador... y es que, sin quererlo, nos ha quedado un final made in Hollywood. Recojan el cartón de las palomitas antes de abandonar la sala. No hagan olas ni disparen sobre el pianista, que el próximo mes hablaremos de Truffaut.

¡Salud!