CUENTO DE OTOÑO (Conte d'automne, 1998)  
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Sumario
Por Javier Castro
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Las mejores intenciones

Eric Rohmer venía, en sus anteriores cuentos de las cuatro estaciones, de hacer un análisis de la juventud de una profundidad y elegancia que uno piensa imposible en un hombre que, no nos engañemos, dejó de ser joven hace ya algunas décadas. Pero al igual que un Imamura puede hacer un cine más fresco, irreverente y rompedor que la mayoría de los directores tres o cuatro generaciones más jóvenes, Rohmer conoce el alma humana, sus deseos, como no lo conoce ni siquiera alguien que esté pasando por esa época de la vida. Quizá porque la juventud está aun en su cerebro más que en su cuerpo, mientras que la mayoría de los veinteañeros son más ancianos que muchos de sus abuelos. Siempre se tienen veinte años en un rincón del corazón (aunque sea al lado del marcapasos, que dirían “Les Luthiers”), pero en el caso de Rohmer ese rincón abarca con sus latidos a los de miles que nos sentimos retratados en su cine. Pues los conflictos que atenazan al joven protagonista de cuento de verano (Conte d'été, 1996) en sus relaciones, dependencias y miedos, así como a las chicas que le rodean, no dejan de ser paradigmas de relaciones que, en combinación o también por separado, todos hemos disfrutado sufriéndolas, o sufrido disfrutándolas. Sin contar con la amistad surgida en la imprescindible Cuento de primavera (Conte de printemps, 1990), para mi gusto la mejor obra de Rohmer, en la cual la comprensión y la falta de entendimiento entre generaciones nos enseña más de los efectos del paso del tiempo que la biografía más descarnada.

En cambio en este cuento de otoño Rohmer abandona su añorada juventud, divino tesoro, y nos introduce en las sombras teñidas de blanco capilar de relaciones maduras con cierto tono guasón de comedia de enredo. La protagonista, Magali, es una mujer cercana a los 50 cuyos hijos han volado del nido y está sola en su casa solariega rodeada de viñas. Se aburre. Se deprime. Tiene amigas, sí, sobre todo una en la ciudad, dueña de una librería, de una madurez espléndida y vida familiar feliz y tranquila. También la novia coyuntural de su hijo ha trabado amistad con Magali. Esta joven, por lo demás, mantiene una relación confusa con una antiguo profesor mucho mayor que ella. Ambas amigas ven a Magali sola, y deciden buscarla pareja. Cada una hace la guerra por su cuenta. La joven intenta colocarla a su ex profesor y protoamante. La librera lo intenta con un anuncio en el periódico, ofreciéndose ella misma de reclamo para conocer bien al aspirante. El reflejo primario e impulsivo frente a la reflexión calmada. Magali, en medio de las expectativas de ambas, tendrá que luchar consigo misma y con la obcecación de las amigas para no dejarse arrastrar por el entusiasmo de una y la contundencia de la otra hacia algo que quizá no quiera, o bien para lo cual no está preparada.

De esta forma el amigo Rohmer nos conduce entre las actitudes, aparentemente opuestas, pero en realidad complementarias, con las que se enfrentan a los mismos problemas las personas de distintas generaciones. Y al final, según él, resulta que casi siempre son iguales en el fondo. Porque las intenciones, las necesidades, los problemas y las soluciones no cambian, según Rohmer. Puede que cambie la perspectiva, pero poco más. La búsqueda de la felicidad y el amor es la misma se haga cortejando a un balcón o a un teclado. Son nuestras necesidades, dudas, deseos e inseguridades las que condicionan nuestras reacciones, y Magali tiene muchas de cada. Y sólo quienes examinen el problema desde la reflexión calmada, ajena a los intereses personales, de manera objetiva, pueden ver la solución al conflicto. Por eso ni Magali, ni la amante de su hijo, ni los dos presuntos pretendientes están tan acertados como la librera. Para esta, desde fuera y sin intereses más allá del bienestar de su amiga, con su vida feliz y tranquila, es casi trivial el análisis y la elección de la opción acertada. Sólo depende de que Magali también lo vea.

Para Eric Rohmer sus personajes son mucho más que elementos de una historia. Sus personajes son la historia. Y a ellos supedita tanto la coherencia narrativa como la sintaxis cinematográfica. Su afán hiperrealista a la hora de construirlos, de los que son paradigmáticos los de esta obra, molesta a algunos tanto como nos entusiasma a otros. Desde luego hay que reconocer que a los más puristas amantes del cine como arte visual esta película no les entusiasmará –ni en general las de su autor–. No inventa lenguajes, no experimenta con los formatos, no innova. Más bien resulta académico y clásico; casi teatro filmado con personajes que hablan y hablan. Algunas veces este procedimiento se le ha ido de las manos, pero no en esta película. En ella esas conversaciones nos enseñan tanto acerca de la madurez, la soledad, la necesidad de amor y los estragos del orgullo como nuestra propia experiencia personal. Rohmer nos habla de los seres humanos y sus relaciones, de nosotros mismos en definitiva. Nos habla de la vida.