| EL AMOR DESPUÉS DEL MEDIODIA (L'amour l'après-midi) |
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Reflexiones en una pantallaBajo el título genérico de “cuentos morales”, Eric Rohmer nos ofreció una serie de cuatro películas y dos mediometrajes en los que hacía un análisis acertado y completo acerca del deseo y sus consecuencias en el hombre. Todos estos cuentos tienen la misma estructura: un hombre con una relación estable comienza a sentirse atraído por otra mujer, pero resiste y se queda con la primera. En cada uno de ellos nos ofrece un punto de vista en función de la actitud del personaje masculino que sufre la tentación. Desde el desastrado protagonista de la coleccionista (la collectionneuse, 1967), película en la que como pocas veces se ha mostrado lo rastrero que pueden ser un hombre, pasando por el amor intelectual más que físico de mi noche con Maud (ma nuit chez Maud, 1969), para mi gusto el mejor de los cuatro; la socarronería y el fetichismo de la rodilla de Clara (la genou de Claire, 1970), o la pedantería, chulería y el ataque sin cuartel por parte del lado femenino de la que nos ocupa. Aquí el personaje masculino, Frédéric, un yuppie aburguesado felizmente casado con una esposa estupenda, adora a las mujeres y la belleza (sin dejar nunca de ser fiel a la suya, pero dejando volar la imaginación). Orgulloso, pedante, ególatra, un tipo bastante repelente, con el cual por tanto es fácil sentirse identificado. Un día reaparece en su vida la ex-novia de un antiguo amigo. Una mujer de esas que lo tiene todo para que cualquier hombre se enamore de ella: es hermosa, independiente, liberada, experimentada, altiva, y lo que es mejor, maniaco-depresiva de tendencias suicidas, halagadora y que se muere por los huesos de Frédéric; en fin, esas cosas que tanto nos gustan. Él la ayuda, la cuida, la corresponde en los halagos, babea deshonrosamente en su presencia, ya sabes, que te voy a contar que no sepas. Pero el tío se resiste a pesar de todo. Sintiéndose tan liberal no se atreve sin embargo a dejarse llevar; le corroe la conciencia y lo que él cree amor más puro y sincero, pero menos apasionado, por su esposa. El cine que conozco de Rohmer no gira alrededor de las situaciones, sino de las conversaciones. Y esta no es precisamente una excepción. Aunque a diferencia de otras de su autor, aquí también está presente el monólogo interior, y la recreación de los pensamientos, fantasías y evocaciones del protagonista. Para mostrarnos su mundo interior no recurre sólo a sus diálogos y a la gestualidad de los actores. Aquí se sale de la fachada del personaje masculino, de la imagen que de sí mismo intenta trasmitir mediante el diálogo, para mostrarnos al protagonista no como los demás le ven, sino como él se ve. En su autodescripción de sus deseos, de su veneración por las féminas, y sobre todo de su propia felicidad conyugal, no se nos oculta una enorme inocencia rayana en el escapismo, que nos muestra que algo no funciona. Se miente a sí mismo como un niño al imaginarse el héroe de las historias de sus juguetes. Y esto hace que esté bastante caricaturizado, casi grotesco, pues ver como su facha impoluta y su simpatía exterior esconde a un ser que se cree encantador e irresistible pero en realidad es inseguro y débil, hace que le conozcamos y nos identifiquemos con él a un nivel como si de una parodia de nosotros mismos se tratase. Pocas veces se nos han mostrado las tres personalidades de un hombre –la que él cree que tener, la que los demás creen que tiene, y la que en realidad tiene- con tanta precisión y malicia. En cambio los personajes femeninos, como la aspirante a amante Chloé, interpretada por Zouzou, empieza mostrándosenos fría y misteriosa, pero poco a poco se va abriendo hasta resultar transparente, frágil, impotente e insegura, aunque con la determinación de conquistar a su hombre con ataques furibundos. La esposa, Hélène, es siempre una mujer segura y vital, pero la perfección de su felicidad tiene mucho de falso, de máscara que oculta una insatisfacción en su matrimonio, el cansancio de la monotonía. Sólo se sincera la pareja protagonista en una última secuencia, donde cae parte del velo sin romperlo. Woody Allen se encargaría muy bien del resto. Rohmer hace hablar a sus personajes. Deja que ellos nos cuenten sus historias; a veces, como en esta película, se mete en los rincones de su mente que no salen de forma natural. Rohmer nos habla de la vida, nos la muestra tal como es, nos desenmascara a nosotros mismos en esos actos que llenan nuestra vida sin que nos demos cuenta: conversaciones aparentemente intrascendentes en la oficina, en un bar entre café y cigarrillos que diría Jarmusch, en casa ocultando nuestra –y sólo nuestra– verdad, pero que son no sólo las situaciones en las que transcurre la mayor parte de nuestras existencias, sino que además son las que nos definen ante nosotros mismos y ante quienes nos importan. Es cierto que no siempre nos toca tan de cerca o está tan redondeada su obra como es habitual en él, pero la vida y las relaciones humanas siempre fluyen en el celuloide que rueda con naturalidad y contundencia verosímil. Aburrirse con el cine de Rohmer es, por tanto, como aburrirnos con nuestra propia vida, pues esta transcurre de la misma manera, con la misma cadencia y entre las mismas situaciones que nos describe en sus películas. |