EL RAYO VERDE (Le rayon vert, 1986)  
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Sumario
Por Joaquín Vallet Rodrigo
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Sopor en 16 mm.

En 1975, Arthur Penn dirigió una excelente película negra titulada La noche se mueve film que, entre otras muchas virtudes, contiene la mejor descripción que se ha hecho jamás de las formas cinematográficas de Eric Rohmer: «Ver una película de Rohmer es como ver crecer una planta». Paradigmático axioma que define en unas pocas palabras lo que ni una legión de detractores del francés podría explicar en mil volúmenes. He querido comenzar mencionando la célebre frase porque creo que El rayo verde es una de las obras que mejor se ajustan a ella.

¡Bien!, la película es la penúltima entrega de la serie Comedias y Proverbios que, teóricamente, «prentende ser una crónica de la sociedad francesa y de su juventud» (1), a la par que «un planteamiento de cuestiones sobre la sustitución de una moral por un sistema de normas sociales» y «la aceptación de la modernidad sin apenas referencias éticas o religiosas» (2). Asimismo, El rayo verde ha sido definida como «un análisis de la soledad y la compañía. Rohmer hace arte de lo trivial realizando un cine que es espejo de lo rutinario, de lo casi vulgar: conversaciones, paseos, silencios se suceden sin que pase realmente nada, permitiendo tan sólo el goce de ver moverse a los personajes» (3).

Mucho hay que debatir sobre estas opiniones que no son más que una pequeña muestra de la pleitesía que, generalmente, se le rinde al cineasta. Antes que nada, es necesario decir que no hay evolución en Rohmer. Sus "series" de películas (a saber, los "seis cuentos morales", las "comedias y proverbios" y los "cuentos de las cuatro estaciones"), así como los films que no pertenecen a ellas, son prácticamente iguales. Y lo son porque Rohmer preconiza un cine que únicamente él es capaz de digerir y que una presunta estela "intelectualoide", ejemplificada en los pedantes diálogos de sus cintas, ha establecido como "ambrosías" para cinéfilos iniciados, por llamarlo de alguna manera.

Lo cierto es que no hay (insisto, no hay) ningún atisbo de reflejo de la sociedad francesa contemporánea en sus obras (excepto el concepto que de ella pueda tener Eric Rohmer) y esto es debido a que no existe identificación posible por parte del espectador con ninguno de los personajes que pululan por sus películas.

Centrándonos en El rayo verde, el personaje de Delphine resulta tan desdibujado y pueril como el resto de los creados por el cineasta. Y no únicamente porque no sabemos a qué causa se debe su aislamiento o qué es lo que busca, sino porque su situación queda descrita en un par de torpes brochazos y en un conjunto de coloquios inconexos que invalidan hasta el más mínimo resquicio de identidad y, por consiguiente, imposibilitan una hipotética identificación con el espectador. La absoluta improvisación de los diálogos por parte de los actores, a partir de unas mínimas precisiones de Rohmer, son la evidencia de que El rayo verde se encuentra completamente alejada de cualquier carga de profundidad, ya que la constante torpeza en la forma y en el fondo de los comentarios y parlamentos (más de cinco minutos utiliza el cineasta en una perorata vegetariana, y esto por poner sólo un ejemplo) ponen en evidencia la total incapacidad de discernir qué es o no es relevante. Por tanto, la representación social queda anulada, así como toda figura moral. Dicho de otra forma, no es posible vislumbrar ni la más mínima hondura en unos seres que no exhalan absolutamente nada. Cualquier justificación a semejante muestra de ineptitud se encuentra, en mi opinión, fuera de lugar.

Consecuentemente, no hay que buscarle los cinco pies al gato ni entrar en más valoraciones de las que la propia película ofrece. No busquemos explicaciones sociológicas, éticas ni mucho menos cinematográficas: El rayo verde no es más que una insufrible cabalgata de tiempos muertos que lleva al espectador a tener la sensación de que el tiempo se ha detenido, que nada avanza, que el crecimiento es tan sumamente pausado que no somos conscientes de él. Lo que se adueña del espectador durante los 94 interminables minutos que dura la película no es la abstracción intelectual, sino el tedio en su más clara y genuina acepción.

(1) La Filmoteca ideal. Miquel Porter i Moix y VVAA. Enciclopedias Planeta, 1994.
(2) José María Caparrós Lera 100 grandes directores de cine . Ed. Alianza, 1994.
(3) La Filmoteca ideal . Miquel Porter i Moix y VVAA. Enciclopedias Planeta, 1994.