| LA BOULANGÈRE DE MONCEAU (1962) LA CARRERA DE SUZANNE (La carrèire de Suzanne, 1963) |
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Del aparentar y otros vicios comunes«El fracaso de la exhibición de Le signe du Lion determina la apertura de una alternativa distinta en la filmografía de Rohmer. Para seguir rodando con libertad, y al abrigo de condicionamientos comerciales, empieza a pensar en la posibilidad de agrupar sus películas bajo el formato de una serie y alrededor de un mismo tema o esquema que sirviera de aglutinante...» Carlos F. Heredero y Antonio Santamaría (1) No hay nada que produzca más desconfianza en el cine de Rohmer que las primeras personas, que los narradores supuestamente omnipresentes y sabelotodos. Estamos acostumbrados a que este punto de vista sea sinónimo de objetividad: al que habla de los demás y de él mismo con tanta desenvoltura se le supone una cierta supremacía moral, una infalibilidad en sus pareceres. Falso. El héroe rohmeriano es un imbécil bastante parecido a un servidor o a ti, sorprendido e interpelado lector que yerras por sistema, que emites precipitados juicios sobre personas que apenas conoces y que tienes tan alto concepto de ti mismo. Nosotros –orgullosos y pomposos ineptos que ejercemos de filósofos en cuanto alguien da muestras de querer escucharnos– y nuestra circunstancia... tan indestructibles, tan egocéntricos. Tan ridículos. En los dos primeros cuentos morales (rodados en 16 mm y no estrenados en salas comerciales hasta febrero de 1974), Rohmer hace la presentación en sociedad de este personaje equivocado antes que equívoco. Un joven –que se trocará en fémina en sus comedias y proverbios– que lleva una tranquila existencia (a veces urbanita, otras veces de aldea): estudiantes prepotentes, ingenieros católicos algo alienados, guapos nada ingenuos... unos y otros aprovechan cualquier oportunidad para demostrar lo leídos que están; citan a pensadores franceses, entienden de lógica, probabilidades, pintura y sicología, dan consejos sin freno ni mesura y siempre, siempre, se embarcan en conversaciones elevadas que enmascaran sentimientos sencillos, simples. Incapacidad permanente para reconocer lo que ansiamos, estrictos cumplidores de un rígido y auto impuesto código que nos impide comportarnos conforme a los impulsos de nuestra naturaleza. En La panadera de Monceau, alguien presume de estudiar mientras vaga ocioso por las calles (se trata del mismísimo productor de la película, un jovencísimo Barbet Schroeder... y la voz del narrador no es otra que la de Bertrand Tavernier: ¡estas cosas sólo pasaban en la nouvelle vague!). Busca provocar un encuentro nada fortuito con esa mujer que apenas ha visto un par de veces, ese mito, esa idealización de la cuál es tan fácil prendarse. Sus requiebros por el barrio frecuentado por la linda pija acabarán por depararle un descubrimiento femenino distinto al de sus aspiraciones iniciales: la panadera del título, dependienta encargada de servir barras, pasteles y bollos con los que mata el hambre que le provocan sus caminatas. Este es un personaje menos glamouroso, sin duda, que aquél que dio inicio a sus pesquisas. Aunque es justo decir que cuenta con un aliciente incuestionable y que el estudiante jamás sería capaz de reconocer: se muestra más receptiva y parece –a priori– una conquista segura. Así pues –y a falta de algo mejor, por cruel que pueda parecer– decide pasar al contraataque y cortejar tangencialmente, como quién no quiere la cosa, a la chica. Tras coqueteos varios, logra arrancarle la promesa de una cita fuera de las horas de trabajo. Su triunfo parece cercano. Pero hete aquí que el mismo día programado para el encuentro reaparece la muchacha que dio motivo a su vagar por las aceras... menudo dilema moral, ¿verdad? Un personaje idealizado, intachable y novelesco quizás diese fin a esta historia de la manera habitual: dejando de lado a la desconocida –¡pero mucho más hermosa!– y abrazando a su obrera desenvuelta, sellando sus intenciones en el ansiado e ineludible tête-à-tête en algún bulevar de la cité. Los que hayan visto alguna otra película de Rohmer sabrán que el jovenzuelo no dudará un segundo en dejar plantada a la panadera en beneficio de la rubicunda y novedosa conquista. Y créanme... no le torturarán los remordimientos. En La carrera de Susana (rodada al año siguiente) la situación es pareja. Dos universitarios condenados a un ocio infinito se sienten atraídos de distinta forma e intensidad por la tal Susana. He dicho "atraídos", aunque esta no sea quizás la palabra adecuada: tan pronto la desprecian y chulean como salen con ella o le hacen el amor. Y aquí también cometo otra inexactitud: sólo es uno de ellos el que parece gozar "plenamente" de sus encantos. Concretamente, un desprejuiciado niño de papá –caprichoso, fullero e inconstante en sus afectos–, que se acerca y aleja de ella conforme a sus humores y mudables estados de ánimo. A toda esta extraña pantomima asiste su escudero -a través de cuyos inexpertos ojos se nos cuenta la historia-, un chico retraído que parece estar dando los primeros pasos en esto del amor y sus contradicciones rastreras. Sucede que a él sí le gusta la chica (¿o quizás sólo sienta curiosidad?) y al ver que su compañero no demuestra mucho interés al respecto, trata de acercarse a ella, de seducirla con una pose aparentemente desganada. Sus intentos se ven frustrados una y otra vez: el plasta de su colega se las apaña para chafarle sus románticos y nada planificados rendez-vous, tercero en discordia que se acaba siempre llevando el gato al agua. A través –no olvidemos nunca esto–, de su interesada mirada, Susana se nos presenta como una persona algo superficial, incapaz de encauzar su vida amorosa, extraña flor que atrae a chicos bien distintos y que no parece querer renunciar a ninguna de sus amistades masculinas. ¿Una interesada? ¿Una víctima? ¿Una cortesana? Al final nos apercibimos de que no estamos ante ninguna aventurera, sino ante una chica que busca algo de reciprocidad en sus amores y que terminará vinculada, sorpresivamente, a alguien con quien el protagonista -siempre en Babia- no contaba. Estos dos primeros aldabonazos "morales" de Rohmer (el primero, un apacible y algo estirado corto; el segundo, un mediometraje que no llega a la hora de duración) abren uno de los experimentos más curiosos y minuciosos que director alguno haya emprendido, comparable al repaso de los mandamientos que hizo Kieslowski, aunque mucho más próximo a los compendios de Esquilo, La Fontaine o Samaniego. Aunque con una importante baza a su favor respecto a estos últimos: aquí no hay moraleja. (1) "Eric Rohmer". Ediciones Cátedra. Signo e Imagen / Cineastas. Pág. 121. |