PAULINE EN LA PLAYA (Pauline à la palge, 1983)  
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Sumario
Por Emilio Martínez-Borso
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

La fábula de Pauline y su verano

Aún reciente el estreno de su último largometraje entre nosotros, la excelente Triple agente (Triple agent, 2004), resulta casi desconcertante el comprobar como Eric Rohmer después de cuarenta años haciendo cine se mantiene fiel a sus principios y a su particular estilo a la hora de abordar y realizar una película.

Y eso es así porque repasando su vasta filmografía y a medida que uno se va introduciendo cada vez más en el particular mundo del cineasta francés, no es nada descabellado afirmar que de un modo paralelo a don Howard Hawks, Rohmer ha venido haciendo casi la misma película título tras título, maquillado en épocas diferentes, personajes cambiantes y decorados distintos pero esencialmente la misma película barnizada por una puesta en escena no ya invisible y nada destacante, sino inexistente a ojos primerizos.

Partida en varios ejes temáticos o bloques autónomos, la obra de Rohmer se podría agrupar en packs, siendo estos causa y efecto de la necesidad del director de tratar y versar acerca de un tipo de emoción y personajes concretos y que si bien cada uno de ellos podrían perfectamente protagonizar o ser parte de otra de sus películas del mismo catálogo.

En el caso que nos ocupa, Pauline en la playa (Pauline à la plage, 1983) se enmarca dentro de las comedias o proverbios y como tal a pesar de ser una obra que se sostiene por si sola y muy concreta, no deja de ser una realidad que todas las comedias y proverbios de Rohmer son uno solo y ninguno a la vez, con su particularidades que las distancian unas de otras otorgándolas una singularidad propia que a su vez las une como parte de un todo que otorga un sentido general a ese momento puntual de la obra del cineasta.

Bajo la sencilla premisa de la llegada de Pauline y su tía Marion a pasar unos días de vacaciones estivales en la playa y las aventuras y desventuras que allí vivirán, el cineasta francés realiza una enmarcada deconstrucción del ser humano bajo una máscara de fábula veraniega que no hace más que acentuar los defectos e inseguridades que irán surgiendo entre ellos durante todo el metraje. Mediante una trama nula, la acción gira en torno a cuatro personajes, Pauline y su tía Marion por un lado y Pierre y Henri como contrapunto siendo las relaciones que se establecen entre ellos el motor que hace avanzar la acción. Una acción que realmente no avanza ya que aparentemente, y digo aparentemente porque Rohmer sabe esconder muy bien sus intenciones e inquietudes para que sea el espectador que lo descubra a la par que los personajes. Bueno, aparentemente no ocurre nada, no hay un hilo argumental preciso que haga a uno preocuparse por la resolución de un conflicto, pero repito esa máscara que oculta la verdad, una verdad poblada por una trama y unas subtramas perfectamente tejidas e invisibles que son las que realmente nos hacen comprobar la evolución de los personajes hasta el desenlace.

El extraño triángulo amoroso que se formará entre Marion, el inseguro Pierre y el encantador Henri con Pauline como testigo ocupa el protagonismo de la cinta. Una película totalmente intimista en la que Rohmer, fiel a su estilo vuelve a ofrecernos dos escenarios contados, muy austeros para que en ellos se desenvuelvan los cuatro personajes. Es entonces cuando ya sea en la casa de Marion y Pauline, en la casa de Henri o en la playa, los protagonistas den rienda suelta a páginas y páginas de diálogo acerca de las condiciones y aventuras-desventuras del amor, de la naturaleza intrínseca de cada uno y de su relación entre ellos. Una relación que tiene sus mejores bazas en la poca afinidad emotiva que sostenían entre ellos dejando de lado a Pauline yMarion puesto que los demás casi no se conocían llegando a formar en unos días un estrecho vínculo emocional surgido a raíz de un encuentro casual que desembocará en un torrente de sensibilidades contrastadas reales como la vida misma.

Rohmer se dedica a reconstruir todos los personajes con sus carencias, mezquindades y virtudes, siendo personajes reales que hablan, se engañan se quieren y hacen el ridículo pero sin ánimo de dañar sino como materia puramente terrenal, como animales que somos. Y en medio de todos ellos Pauline, la heroína, la princesa del cuento, la testigo que está entrando en la edad adulta y comienza a descubrir las vivencias que le pertocan con una naturalidad y valentía asombrosas. Pauline según su creador representaría toda la pureza que puede contener un ser humano puesto que obviando sus imperfecciones, sea la chica adolescente el personaje más centrado y más adulto de todos. Pauline no traicionará ni mentirá para protegerse. Como testigo y juez será ella quien juzgue los actos de los demás y decida a quien arrimarse o de quien no depender. Mientras que Marion es una mujer insegura y hastiada que no sabe lo que quiere, sus dos oponentes tampoco quedan muy bien parados. Mientras que Pierre representa la parte del amor más irreal, el eterno enamorado que no duda en ponerse en ridículo y hacer tonterías por demostrar sus sentimientos a Marion, Henri es el polo opuesto, el hombre libre y solitario que además de tener una relación con la mujer no desaprovechará la ocasión de cepillarse a una vendedora mintiendo después para poder salvarse. Aunque los comportamientos de todos sean cuestionables o admirados-criticados, Rohmer no los juzga dejando que ellos reconozcan sus faltas y aciertos siendo Pauline el catalizador de todos ellos, la única capaz de actuar correctamente en un mundo que está a punto de conocer y que sin duda este verano le ayuda a realizar ese camino más rápido.

Ese carácter tan poco ficticio que tiene(n) la película(s) de monsieur Eric viene acentuado por su austera puesta en escena. Fiel a su estilo acerca del contenido utilizando pocos personajes, menos escenarios y mucho mucho diálogo, el continente es otra continuación de su manera de rodar. Pocos planos, muy largos sin cortes casi invisible donde apenas se percibe cuando hay un movimiento de cámara o un cambio de objetivo (muy rara vez esto último) sino que es la acción la que determina el modo de rodar. Un modo muy uniforme que puede llegar a ser cansino quizás para los buscadores de “trucos” cinematográficos ya que el carácter lento y reposado que imprime a sus películas debe ser aceptado desde un principio para poder jugar. Gracias a las excelentes interpretaciones del cuarteto protagonista unida a la maravillosa fotografía de Nestor Almendros que recoge perfectamente la luz potente estival al principio para ir desembocando en cada interior de las casas en unos tonos más acordes con la evolución de la trama junto con el contraste entre el gran sol del principio en la playa cuando llegan y las vacaciones están por delante frente al día nublado de casi el final con los personajes bañándose en una playa que invita a todo menos a remojarse.

A pesar de su estructura circular empezando y acabando con el mismo plano, la llegada y la salida de las dos mujeres a la casa de la playa, lo que acentúa su carácter de fábula, de cuento, Rohmer consigue una de las más reales aproximaciones a…. a la realidad.