PERCEVAL LE GALLOIS (1979)  
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Sumario
Por Jorge-Mauro de Pedro
Cartel de la película
Miradas de Cine © 2002-2004

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo...

A lo largo de su filmografía Rohmer presenta extraños interludios entre ciclo y ciclo, incluyendo descansos –o huidas– en mitad de su corpus, pausas que aprovechó para retomar el aliento o saciar necesidades vitales bien diversas (incluso -porqué no- calmar una cierta tendencia esteticista a la que no quería dar cabida en sus cuentos o rendir homenaje a sus debilidades menos publicitadas).

Al impass habido entre la finalización de los cuentos morales y el arranque de las comedias y proverbios corresponden dos películas como La marquesa de O (La marquise d'O, 1976) y Perceval le Gallois. La primera, un guiño a su formación germanófila; la segunda, un intento por poner en imágenes uno de sus libros de cabecera, la novela de Chrétien de Troyes.

La apuesta formal podría recordar a la más cercana en el tiempo La inglesa y el duque (L'Anglaise et le Duc, 2001), curioso trabajo donde pudo experimentar a sus anchas con las posibilidades del decorado y su integración digital en un relato de fru-frús y pelucas. 25 años antes había intentado ya algo parecido en la desafortunada Perceval le Gallois.

Relato cortés entorno a las aventuras del mozo del título, ingenuo y algo idiota sujeto que decide echarse al monte en pos de aventuras, ya saben, a "desfacer entuertos" al más puro estilo quijotesco. Lo que tenía de orate el caballero de la triste figura, lo tiene este de tontito: tantos años sobreprotegido por su piadosa madre, le han llevado a deformar su juicio sobre el amor y la justicia, metiendo la pata con enervante insistencia. Como apunta Carlos Heredero, «el joven (...) ignora el código de significaciones y toma las cosas por lo que son y no por lo que representan, un grave error dentro de la concepción religiosa del mundo en la Edad Media» (1).

Encuentros en castillos de cartón piedra, doncellas extrañamente solícitas, lanzas y armaduras, coros de juglares armados de instrumentos medievales... los decorados, esta vez, tratan de rendir tributo a aquellas miniaturas con las que pacientes monjes iluminaban libros más o menos virtuosos, y en las que las proporciones entre personajes y almenas, montes y caballos, no respondían tanto a cánones realistas como simbólicos.

Reducido pues el espacio escénico a su carácter bidimensional o expuesto este en sucesivas cortinillas que permiten adivinar sus entresijos constructivos, Rohmer busca centrar la atención en las peripecias de su Amadis de Gaula particular. Peripecias que, por desgracia, son tan repetitivas como insulsas.

Intentó aquí Rohmer muchas cosas y se saltó algunas de sus más preciadas reglas. Las escenas debieron de rodarse varias veces -conocida es su querencia por "la primera toma"-, ensayó previamente con su reparto hasta un año antes del rodaje del film y logró desquiciar al mismísimo Nestor Almendros («(...) estaba completamente perdido. Durante las dos primeras semanas, hubo que repetir muchos planos porque estaban realmente mal y yo no sabía lo que hacía. Tuve que volver a aprenderlo todo de nuevo») (2).

Como acostumbra a suceder, la que a mi entender es la más floja de las películas del octogenario director es considerada por otros muchos como su "obra total", interesante dato que espero les ayude a contextualizar mis pareceres y primar el único juicio auténticamente válido: el de ustedes.

Considero que Rohmer cometió un error bastante parecido al de Fellini en su Satyricon (id., 1969): recrear una época histórica desde una perspectiva alejada de su (nuestro) tiempo, tratando de aproximarse (ambos con procederes aparentemente científicos) a la gesticulación, entonación y maneras... de gente de la que nunca sabremos exactamente cómo vivían, reían o amaban.

Pero hasta del episodio más desdichado se puede sacar una enseñanza constructiva: la compañía de actores jóvenes con los que trabajó acabarían por ser los intérpretes de la mayoría de su media docena de comedias y proverbios. Perceval le Gallois funcionó, pues, como una cantera de donde saldrían Fabrice Luchini, Marie Rivière, Pascale Ogier, Arielle Dombasle... las futuras "víctimas" de Maurice Schérer.

(1) Eric Rohmer, de Carlos F. Heredero y Antonio Santamaría. Ediciones Cátedra. Pág.190.

(2) Néstor Almendros a Dennis Schaeffer y Larry Salvato. "Maestros de la luz. Conversaciones con directores de fotografía". Ed. Plot. Páginas 26-27.