Miradas de Cine Marlon Brando
(Omaha-Nebraska, 1924 - Los Angeles, 2004) [Actor y director]
Por Jorge-Mauro de Pedro

Adiós al rey

"¿Pero por qué siempre tienes que ser tan jodidamente educada?" Brando a Vivien Leigh durante el rodaje de Un tranvía llamado deseo.

Periódicos amontonados en la sala de estar, almuerzo a medio despachar. Luz macilenta tras las cortinas, primer sábado de un mes de julio previsiblemente bochornoso. Al Qaida comparte portada con la fotografía de un tipo joven, de cuero, mirando altivamente a la cámara, a horcajadas sobre su moto.

¿No intuyen a qué se debe tamaño disloque? Lágrimas de cocodrilo, cirios recién encendidos y procesión de tipos super-enterados de la cosa esta del cine pidiendo que repongan su peli más significativa en horario de máxima audiencia, "o sea, ¡qué menos!" El cine sólo es primera página cuando palma uno de los grandes, ya saben. O cuando se encaman un par de actores bien parecidos, risueños rostros de salud y estatus.

Resulta que este que se ha ido era bueno. A tenor de lo leído en decenas de columnas laudatorias, remedo de églogas sobreadjetivadas, uno de los mejores. Qué coño, venga, ¡el mejor! También lo fueron cuando palmaron James Stewart, Robert Mitchum o Gregory Peck. "Sí, si, no cabe duda. Siempre se van los mejores y nada es lo que era y tal y tal". En el acercamiento al difunto, incluyen eso que está tan de moda desde los tiempos de Eurípides: mostrarnos las dos caras de la bestia. "Sí, era un profesional como la copa de un pino... pero su vida personal era un desastre, ¿eh?" Consuélense los envidiosos.

No tolero tanto escrito de circunstancias, telefonazo a media tarde, tiradas retocadas tras el parón de máquinas y la reunión de urgencia del equipo de redacción, sección espectáculos. Apuntes biográficos fusilados de algún anuario, salpicados de erratas y fechas trocadas; recuento de oscars, divorcios y excesos. Miento, no todos. Los hay que optan por la oda, la copla melancólica cargada de sentimiento y vivencia. Y esa maldita unanimidad que logran siempre los cadáveres que todavía no están fríos.

¿Y por cuál de los dos caminos optaré yo, después de todo? Comenzaré con un par de párrafos como los anteriores, sí, pidiendo perdón por incluir poco más que una necrológica en una revista que pomposamente se apostrofa como "de análisis cinematográfico". Y es que la muerte es demasiado convencional como para convertirla en acontecimiento. Sin embargo, sí que hay algo en juego: la persistencia de la memoria. A partir de ahora se abre un paréntesis indefinido -¿décadas?- hasta que Marlon supere su condición de mito y se convierta en... ¿quién lo sabe? ¿Acaso no tiene Maradona su propia iglesia?

"1957.- Nace su hijo Christian, fruto de la unión de Brando con Anna Kashfi, cuyo matrimonio duró dos años escasos. En realidad, el actor se casó porque le engañó diciéndole que era de la India, pero, aunque había nacido allí, era galesa. Ambos pasaron años en los tribunales litigando por la custodia del niño, con lo que únicamente consiguieron hacer de Christian un desgraciado, alcohólico desde los 14 años."

¿Creen de verdad que se puede resumir así la vida de alguien? Pues algunos integrantes de la canallesca gacetillera -muy dados a presidir jurados de Miss España- sí. A pies juntillas. Y razón no les falta: asomándonos al top televisivo de la semana, pocas dudas caben de lo que le va a interesar a la gente de Brando: qué hacia con su picha. ¿Habrán visto siquiera esas películas suyas de las que tan mal hablan?

Me he decidido. Voy a optar por un panegírico almibarado. A lanzar florecitas a tutiplén, vamos. Es lo más sencillo pero también -y sólo en este caso- el único enfoque posible. Sacarle peros a su trayectoria como actor sería un ejercicio de chupiguayismo crítico que cedo a próximas generaciones. Que con su pan se lo coman.

Además, no ignoro una circunstancia: por más que trate de negarlo, es evidente que este artículo tiene fecha de caducidad. De los muertos hay que hablar en la semana siguiente a su bajada al hoyo. Después... después el olvido. "La actualidad manda", que diría el también desaparecido recientemente Alfredo Urdaci. Prometo que no volverá a repetirse algo tan oportunista hasta que nos deje Bergman. Palabra.

De Brando no me importan ni tan siquiera los títulos de las películas en las que trabajó. Ni el hecho de que colaborase con los directores más grandes (al principio) y con los más mediocres (al final). Yo lo recuerdo así y eso -mi recuerdo- es el único tributo que le puedo dedicar a alguien que ya no es, pero que se dedicaba a una profesión que le permitirá seguir estando. Me lo imaginaré por siempre...

[Bocanada de humo a cámara y súbito flash back].

Desencajado al pie de la escalera. Indefenso, masculino, animal. Capaz de pervertir la sensibilidad de cualquiera, capaz de... capaz de todo. Su víctima propiciatoria será una coleccionista de sueños rotos, buscando refugio en casa de otra Dubois. El matarife de la camiseta sudorosa y la amabilidad de los extraños. Mi odiado y venerado Stanley Kovalski.

Revolucionario imposible en el México de Steinbeck. Ideas y más ideas, palabras y más palabras. Utopía y libertad. Perversión de un embrujo colectivo, decepción. Generales convertidos en funcionarios. Indolencia y cambio de riendas. E injusticia por siempre. Aunque todos anhelemos la próxima. ¿La próxima qué? Revolución, compadre, revolución...

Ahora con la toga por montera, descendiendo las escaleras del Senado. El romano más digno nacido en Nebraska que jamás haya visto usted. Con perfil de emperador, corona de laurel y verborrea de escuela sofista. Secundado por pesos pesados de la cosa esa de la interpretación... y eclipsándolos a todos. Cuestión de método, Caesar.

Motero atormentado, hermanastro de James Dean. Conquistador de pueblos perdidos del medio Oeste, Atila seducido por el caos. Rebelde embaucador de catequistas con coleta y jersey de cuello alto. ¿Causas? Releo su biografía: "con 17 años es internado en la academia militar de Shattuck. Brando reconoció luego que fue de las peores épocas de toda su vida porque no compartía el espíritu patriótico que unía a la mayor parte de la juventud estadounidense y odiaba la disciplina".

Boxeador tocado, cabeza hueca que va y viene, rebotando entre los que le comen la oreja de madrugada. Un amor y un cura, no piensen mal. Una paliza antológica, un gancho colgado del brazo y muchas eses antes de volver a reincorporarse a un trabajo copado por mafiosos con carnet del sindicato. Y Kazan que creyó justificarse. Sólo dijo una verdad, referente al trabajo de Brando: "si en la historia del cine estadounidense hay un trabajo mejor que éste, no lo conozco".

¡Brando canta! Desafi(n)ante émulo de Astaire, rodeado de gansters de Broadway y un flacucho apodado la Voz haciéndole los coros. Lanzador de dados con la suerte de cara, bandido con clase, sinvergüenza sin mala conciencia. Todavía tan seguro de sí mismo...

Soldado pirrado por una japonesa cultivada. Entrecruzamiento de razas: tabú por antonomasia de sociedades condenadas a extinguirse. Culturas que se observan con recelo desde una distancia prudente, no vaya a ser que aprendan a convivir en paz. Melodrama anquilosado y con generosas dosis de azúcar aunque... ¡le sienta tan bien el uniforme! (¡alabada sea la metrosexualidad!)

Su única incursión tras las cámaras se tradujo en un western extrañísimo, presidido por un personaje necesitado de golpes y martirio. "Dadme mi merecido, he sito taaan malo". Y es que Brando expiraba sus pecados sometiéndose al ojo público: sus apariciones estelares en juicios a vástagos descarriados funcionaron como epílogo a aquellos personajes torturados por sus tumultuosos instintos.

Segundo de la Bounty, fragata condenada a la ignominia y el descrédito. Un héroe de los de hoy, anticipo de los pícaros de Sergio Leone: golfo, respondón, insubordinado por Naturaleza. Pocas veces trabajo y placer alcanzaron una conjunción tan idónea, tan armónica: "ya que estamos, ¿por qué no comprarme un atolón en Haití?". Di que si, Marlon.

El hombre de la estrella en un pueblo decadente, incapaz de sustraerse al tufo de su propia hediondez. Linchadores con sueldo a cargo del herario público, fuerzas vivas al borde del paroxismo, equilibrios que se restablecen con una tunda al que trata de mantener la ley. Psicópatas que pasan por respetables ciudadanos... ¿les suena?

Bull dog con cara de no creer en segundas oportunidades. Pater familias, siciliano de Esparta. Hijo de mala madre revestido de sus propias razones. Protector de tenderos angustiados, estraperlista del miedo. Enterrador de hijos, Saturno insaciable de sangre de su sangre. Turandot sin derecho a un tercer acto. Coppola lo intuyó: o él o... la nada. A sus pies, don Vito.

Tango escandaloso bailado con el culo al aire. Autodestrucción y aniquilamiento, mejor con mantequilla. Coitos sin nombre ni apellidos y fines de semana en Perpignan para entonarse -¡qué reprimidos que estábamos, caray!- con un par de tetas y cuatro exabruptos nihilistas. Tampoco era para tanto...

Improvisador pasado de kilos, púgil descalificado de los pesos pesados. La salazón imprescindible, el ingrediente que faltaba en el rodaje más anárquico y disparatado de la era moderna: helicópteros en vuelo rasante, peste a napalm y río arriba, hasta el fin del mundo. En palabras del Kurtz de Conrad: "fui un poco más lejos, cada vez un poco más... hasta que he llegado tan lejos que no sé como podré regresar alguna vez".

La ruina física se avecinaba. Todos la padeceremos -¿te has mirado últimamente el peine?-, aunque los periódicos no se regodeen con los que no fueron tan bellos como él. Prefiero dejarlo aquí, pues. Las narraciones de auges y caídas de ídolos populares son previsibles coartadas para moralejas algo vomitivas.

Brando, como otros muchos actores de su generación, daba la impresión de no sentirse a gusto en ninguna parte. Sus desplantes, su búsqueda de lo exótico cual Gauguin hastiado; su apetito de dinero -¿por qué no?-, la autoparodia a la que él mismo se relegó en los últimos tiempos o su intento por repoblar él solo Los Ángeles a base de hijos desquiciados...

¿Atiendes, Brando? Oh, si, seguro que sí... tú mismo lo dijiste:"Un actor es una persona que no te escucha a menos que estés hablando de él". Amigo, te vas a pasar toda una eternidad escuchando.

Presumo que algo parecido a estar en la gloria para alguien que construía personajes a base de silencios.

(...)