Miradas de Cine Moteros tranquilos, toros salvajes  
Sumario libros
Por Alejandro G. Calvo

Easy Riders, Raging Bulls (1998). Peter Biskind. Ed. Anagrama. 1a edición. Barcelona, 2004. 672 páginas.

Miradas de Cine © 2002-2004

En busca de un destino imposible

Si el cine no ha muerto, algo a lo que los pocos yonkis que quedan de la gran pantalla no nos acabamos de resignar, sí es cierto, que el concepto actual de exhibición cinematográfica, ha acabado por comerse cualquier interés no plausible en obtener grandes rendimientos económicos. La escala, siempre a nivel hollywoodiense, que es donde se fabrica el 90% de los films estrenables, es bastante clara: si en los 50 y 60 fue la edad de oro de las productoras, los 70 fue la de los directores, los 80 las de los distribuidores, los 90 la de los exhibidores, y, que no se escandalice nadie, se podría decir que el nuevo sigo empieza con el auge de la propagación de films por Internet -algo, por cierto, que aún no parece, por suerte, controlable: hablo, evidentemente, de films que no poseen distribución–. Es inevitable entonces, que cuando el espectador cinéfilo, siempre proclive a mostrar más atención a los auteurs , en el pleno significado de la palabra, por delante de productos de consumo fabricados por artesanos o peones de la construcción fílmica, de mejor y peor grado, sientan un especial interés sobre lo que ocurrió en EEUU (concretamente en Hollywood, donde se halla toda "la fuerza" -léase como si uno fuera Darth Vader– del cine comercial) entre 1969 y 1980, entiéndase mejor, desde la producción -si se pueda denominar así al viaje apocolapítico entre armas, sexo y LSD que significó– de Easy rider, y la realización de La puerta del cielo. En dicha década, posiblemente, la última realmente importante de cine norteamericano, los realizadores decidieron seguir los pasos de sus grandes ídolos extranjeros: Cuando Hollywood sólo se preocupaba de exprimir la fórmula de las comedias de Rock Hudson y Doris Day, o explotaban las aburridas fórmulas del cine de catástrofes, un grupo reducido de cineastas, decidió emular a François Truffaut, Jean-Luc Godard, Federico Fellini, Akira Kurosawa, Luis Buñuel, Ingmar Bergman, Eric Rohmer. es decir, quisieron llevar una cierta nouvelle vague a los EEUU, y lo cierto es que lo consiguieron, por más que sus propios excesos acabaron por destruir cualquier base a un cine futuro de calidad.

El libro de Peter Biskind con su horrorosa traducción del título al castellano, Moteros tranquilos, toros salvajes, es posiblemente el mejor reflejo de lo ocurrido en tan tempestiva década, donde mientras Coppola intentaba sobrevivir a enfermedades, tifones y demás retrasos en Filipinas mientras rodaba Apocalipsis now, consumiendo kilos de marihuana y manteniendo relaciones sexuales con las conejitas playboy que le iban mandando desde casa, Steven Spielberg y George Lucas sembraban la semilla del cine comercial del futuro, posiblemente, un arma de destrucción masiva, que tiene más que ver con el fin del cine de autor de Hollywood, que los desvaríos producidos por los opiáceos de Dennis Hopper o las tendencias suicidas de Paul Schrader. Como crítico cinematográfico -si alguien se siente agredido por esta afirmación, por favor, no deje de escribirme–, siempre me ha interesado la lectura de libros de análisis crítico o de comentario, digamos, biográfico (o histórico), así que al enfrentarme con un libro como el de Peter Biskind -periodista de, entre otras revistas, Premiere y Rolling stone , articulista de The New York Times y The Washington Post–, que conjuga el comentario crítico, los datos biográficos, cierto análisis crítico, algo de comentario social, y, definitivamente, una cierta pose frívola en la tradición más humorísitica, me ha dejado prácticamente hipnotizado desde sus primera páginas, pues Moteros tranquilos. implica mucho más allá que un mero viaje por algunas de las mejores obras que ha dado el cine o un simple retrato de los autores firmantes, es casi una novela de ficción, pues los hechos contados, sean más o menos fidedignos, resultan mucho más extremos que cualquier guión pergeñado por un guionista a sueldo hollywoodiense.

Está claro, que solamente una pluma afilada, no daría tanto de sí si no fuera por los hechos relatados. He de reconocer, que siempre me había asaltado la duda sobre ciertos aspectos concretos de la trayectoria cinematográfica de algunos directores, que tras tocar el cielo, se vieron apartados al peor de los retiros, como meros peones a los que he citado ya antes. Está claro que para que Francis Ford Coppola, líder de lo que se llamó "Nuevo Cine Americano", haya acabado rodando películas como Jack o Legítima defensa , o Peter Bogdanovich o Dennis Hopper lleven casi diez años sin dirigir (sí, ya se, que Hopper ha dirigido algo, pero. ¿se puede tener en cuenta?), debió pasar algo más grave que un simple fracaso económico -que conste que la lista es aún más larga: Bob Rafelson, William Friedkin, John Millius, el malogrado Hal Ashbey, Robert Altman (este último recuperado de la debacle de Popeye a partir de la magnífica El juego de Hollywood ), Roman Polanski (también recuperado en los noventa, tras una década en los ochenta más bien olvidable), Robert Towne, Michael Cimino.– aunque este "algo más grave" venga en forma de naves espaciales, ya sea en las galaxias o en la tercera fase. Supongo que a estas alturas ya todo el mundo conoce el descalabro de Zoetrope tras los múltiples problemas de Apocalipsis now y el incomprensible fracaso en taquilla de Corazonada, así como el éxito sin precedentes de Tiburón, que formó un nuevo concepto de marketing, usando la televisión como arma principal, y colocando con un puesto privilegiado en la escala de valores, algo tan usado hoy en día como el box office registrado el primer fin de semana (a lo que se le añadiría el taquillazo aún más escandaloso de La guerra de las galaxias, que inauguró el concepto de merchandising). Así, en este equilibrio entre mercadotecnia y megalomanía, venció lo que acabó dando más dinero, y aunque hubo casos significativos, como Taxi driver o El exorcista, que sí recaudaron beneficios, las producciones de Lucas-Spielberg se llevaron el gato al agua, y mientras multiplicaban exponencialmente sus dividendos, el resto de realizadores se vieron abocados al ostracismo, rubricado finalmente con el último gran film de autor de la época: La puerta del cielo de Michael Cimino, también el último realizador en borrarse de la lista de los directores privilegiados.

Moteros tranquilos, toros salvajes, que por cierto, es una publicación muy en consonancia con un reciente documental estrenado en nuestro país, El chico que conquistó Hollywood de Nanette Burstein y Brett Morgen sobre la figura de uno de los productores de la época: Robert Evans -suya es la firma en la producción de obras como Chinatown, El padrino o Love story–, es un necesario viaje por los bajos fondos del backstage de los rodajes de Bonnie & Clyde, Easy rider, The last Picture show, Malas calles, El padrino, Shampoo, El exorcista, Taxi driver, Tiburón, American Graffiti, Hermanas, Blue Collar, Apocalypse now, Toro salvaje. como el inicio de lo que pudo ser, para acabar con un paisaje tras la batalla repleto de ex-yonkis arruinados e imperios derruidos tras sus endebles cimientos. La vieja historia retratada en Hollywood de la ascensión y caída del héroe de turno, pero ampliada a un colectivo de cineastas que pertenecen ya a nuestra memoria cinefílica. Sólo por esto, merece la lectura de este libro, que engrandece los conocimientos del lector sobre sus posibles ídolos, quizá hasta un cierto grado, que el mismo lector, jamás hubiera deseado conocer.