| Memorias del tío Jess |
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| Si hay un director español en el que los adjetivos controvertido, polémico, casposo y genial dejan de ser meros tópicos para convertirse en una perfecta y contradictoria definición, ése es Jesús Franco, más conocido, entre otros muchos seudónimos, por Jess Franco. Despreciado, olvidado e ignorado durante varias décadas por la crítica y el público de nuestro país, el septuagenario cineasta madrileño por fin está consiguiendo sacudirse el aura de maldito que le ha acompañado siempre en su patria como un sambenito. Las nuevas generaciones de freaks y aficionados al 'fantaterror' ibérico le han hecho un hueco en sus corazones y su obra está empezando a revisarse con otra mirada, menos despectiva y más comprensiva. Por estas razones, Franco se ha decidido a editar un libro de memorias, titulado simple y llanamente Memorias del tío Jess, que acaba de publicarse en España y que posiblemente verá la luz en otros lugares de Europa, como Francia o Alemania, donde el realizador siempre ha gozado de mayor predicamento y aceptación. Quienes busquen en Memorias del tío Jess un completo anecdotario sobre los miles de avatares que Franco padeció durante sus casi cien maratonianos rodajes se sentirá decepcionado. El libro es una travesía íntima, una crónica sentimental de la dura posguerra española a través de los ojos de un niño, primero, y de un joven, después, que siempre tuvo una querencia por la libertad, en un país y en una época donde esa palabra estaba prohibida, y una pasión por el jazz y el cine que envenenó –y todavía lo hace, gracias a Dios– su vida entera. Redactado con un estilo sencillo, ameno y divertido, que revela a un Franco más hábil con la pluma de lo que se podría suponer a priori, el volumen arranca con los primeros bombardeos sobre el Madrid de la Guerra Civil y termina, más o menos, con la muerte del caudillo y la sustitución de la censura explícita por otra implícita, algo que decepcionó profundamente al cineasta. A pesar de que Franco encadena miles de anécdotas seguidas, se las ha arreglado muy bien para no perderse y mantener la coherencia del texto y la estructura narrativa cronológica –que él mismo se fijó desde el primer capítulo–, aunque en algunos momentos son inevitables los saltos temporales y geográficos. Más que el cine, los grandes temas del libro son la sociedad española de posguerra, concretamente la influencia que sobre ella ejerció la censura franquista, y la música, primer gran amor del director. Por las páginas del libro discurren los ambientes de un Madrid contradictorio, de misa por la tarde y club clandestino por la noche, en el que Franco vivió su niñez, su adolescencia y su primera etapa adulta, y los personajes que por él se movieron, desde el marqués de Villaverde a Luis García Berlanga o Juan Antonio Bardem. El cineasta no se corta para nada al hablar de ellos y critica duramente –y con una gran variedad de adjetivos que van desde la fina ironía al insulto más directo– a quien lo considera oportuno: Francisco Franco, los gerifaltes del régimen, los censores o su cuñado, Julián Marías, por citar unos cuantos. Memorias del tío Jess deja translucir a un cineasta con madera de escritor, cuyo retrato de la sociedad y la cultura españolas, aunque descrito con ligereza y amenidad, se cimenta en profundas y rigurosas reflexiones propias de una mirada lúcida, crítica, contestataria e inconformista que únicamente encontró en el París de los 50 y los 60 la válvula de escape para sus inquietudes. La capital francesa tiene un especial protagonismo en la segunda mitad de la obra, donde se la describe como un paraíso caótico, un refugio de artistas, músicos y bohemios, un territorio mágico donde un fascinado Jesús Franco descubrió el mundo que se abría fuera de España, para no volver a ella –más que esporádicamente– hasta su vejez. El cine no aparece de forma consistente hasta la última parte del libro, en la que Franco recuerda con cariño a dos de sus mejores amigos y padrinos, Bardem y Berlanga, y especialmente los rodajes en los que trabajó a las órdenes del primero. Junto a ellos, también menciona sus relaciones de amor/odio con diferentes productores, casi todos extranjeros, y el nomadismo y desarraigo al que tuvo que acostumbrarse para poder llevar a buen términos sus proyectos, rodados en un país y muchas veces postproducidos en otro... Mención especial merece la figura de Orson Welles, de la que Franco habla con una ternura y una admiración agridulce, y la relación que unió a ambos creadores durante el rodaje de Campanadas a medianoche, una relación que, según revela el propio Franco, pudo obedecer a intereses económicos. La incapacidad de Welles para terminar a tiempo sus películas y su reputación de despilfarrador ahuyentaban a los productores y a los bancos, por lo que recurrió a Franco, no especialmente por sus cualidades artísticas sino por ser barato, cumplidor escrupuloso de las fechas de los contratos y eficaz a la hora de conseguir financiación, eso sí, siempre de bajo presupuesto. A lo largo de 300 páginas, Jesús Franco vuelve la vista atrás para rememorar su vida desde un punto de vista sentimental, en lo que puede considerarse una autobiografía vital y no estrictamente cinematográfica, aunque escrita por alguien que hace cine, lo que implica siempre una forma de ser y entender alejada de la anodina cotidianeidad. A pesar de que a sus 74 años el realizador derrocha un optimismo y una jovialidad que se contagia en todas las páginas, el libro también está impregnado de un resquemor, sutil a veces, otras no tanto, propio de alguien que defiende a capa y espada su trabajo pero que a la vez se lamenta de lo que pudo ser y no fue, de las limitaciones presupuestarias y artísticas a las que tuvo que amoldarse y que han marcado, para bien y para mal, el conjunto de su filmografía. |