Loca academia de cinematografía
Pequeño panorama sobre el actual estado del cine español
No cabe duda que todos estaremos de acuerdo en que el 2004 no ha sido, precisamente, el mejor año para la cinematografía española. No sólo a nivel económico, como bien supo reconocer la presidenta de la Academia Mercedes Sampietro, sino incluso a nivel artístico. Salvo la contada excepción de los cineastas que mayor expectación levantan entre el público y que han estrenado este año, el resto de la producción no ha ofrecido un mínimo nivel de calidad como para hacer que la taquilla dejara de tener hegemonía estadounidense. Sin embargo, esto no quiere decir que las excepciones a las que antes aludía hayan sido menores o circunstanciales. Nada más alejado de la realidad.
Mar adentro de Alejandro Amenábar, Crimen ferpecto de Álex de la Iglesia, Tiovivo c. 1950 de José Luis Garci o El séptimo día de Carlos Saura, han sido ejemplos de películas excepcionales que, si bien con mayor o menor repercusión en la taquilla, han demostrado que hay una parte del cine español que raras veces baja el listón cualitativo. A esta lista se podría incluir La mala educación de Almodóvar y una excelente comedia de Fernández Armero que ha pasado incomprensiblemente desapercibida, El juego de la verdad.
Ahora bien, a pesar de reconocer los ramplones resultados del 2004, y a tenor de la dictadura que marca la taquilla, cabe hacerse la pregunta de si es el espectador quien huye del visionado de cualquier producción nacional o si es el cine español quien no sabe situarse a la altura de las demandas. Por tanto, ¿de qué estamos hablando cuando se habla de "crisis"? ¿De la crisis que afecta a la cuota de pantalla o de la crisis —mucho más alarmante— de imaginación o versatilidad que, según muchos, afecta a nuestra inexistente industria cinematográfica? Las películas que se han citado más arriba indican que, afortunadamente, no se trata de esto último. El quid de la cuestión está en que un buen número de obras quedan sin una distribución lo suficientemente seria como para que duren más de una semana en cartel y, en más de una ocasión, esta situación se extremiza al no encontrar ningún tipo de comercialización. Por consiguiente, el público o apenas dispone de un tiempo razonable para dar una oportunidad a estas películas o, sencillamente, desconoce su existencia. Por tanto, nos encontramos ante un problema que no afecta ni a los responsables de la obra en cuestión ni mucho menos a los espectadores, sino a las directrices tomadas por las distribuidoras a la hora de dar a conocer el producto, mucho más preocupadas por el estreno de la siempre atrayente superproducción estadounidense que del producto manufacturado en el interior de nuestras fronteras.
Y, a las pruebas me remito, ¿acaso alguien ha visto, por ejemplo, la película galardonada con el "Goya" a la mejor dirección novel, Frío sol de invierno; o el documental de Joaquín Jordà De nens que sólo se pudo ver en Barcelona y Gerona? Confiemos en que en el 2005 este panorama sea diferente o nos encontraremos ante una situación que hace décadas que viene siendo un mal endémico.
Amenábar y la Academia. A Love Story
En la entrega de los "Oscar" de 1940, al comprobar que Lo que el viento se llevó estaba arrasando en los premios, el presentador de la gala Bob Hope dijo: «esto es maravilloso, una función benéfica para David O. Selznick». Una sensación similar tuvimos los que seguimos íntegramente la entrega de los premios "Goya" con los 14 galardones que, finalmente, logró la película de Amenábar.
Quede claro, antes que nada, que Mar adentro me parece un film magistral. Una de esas obras mayores, que resultan mucho más complejas de lo que su breve y conciso esquema argumental anuncia (el plano final de Belén Rueda me parece uno de los más impresionantes que el cine español ha ofrecido en años) y que son prueba fehaciente del talento de un cineasta que, muy a pesar de su juventud y con sólo cuatro películas en su haber, ha dado muestras contundentes de poseer una mirada propia, deslumbrante y extremadamente madura. Empero, ha habido una excesiva ponderación en los galardones, casi parecía que la Academia se encontraba patológicamente obligada a conceder el máximo número de premios a la obra de Amenábar.
Ya desde las nominaciones quedaba claro el derrotero por donde irían los tiros: La mala educación de Pedro Almodóvar optaba únicamente a 4 "Goya" y dos de ellos en categorías "menores" como son la dirección artística y la dirección de producción. Además, el hecho de no figurar el críptico y excelente guión del cineasta entre la tanda de los cuatro finalistas al mejor guión original, restaba un sinfín de posibilidades a la película. Roma de Adolfo Aristarain también optaba a cuatro candidaturas, aunque el hecho de ser una coproducción, tal y como lo fue Martín (Hache) en 1997 —igualmente con 4 nominaciones, incluido película y director y sólo un "Goya" para Cecilia Roth— y, también importante, el hecho de tener una repercusión en taquilla mucho menor a la de sus tres competidoras, finiquitaban sus posibilidades casi desde el mismo momento de anunciarse. Tiovivo c. 1950 de José Luis Garci aspiraba a seis premios, aunque no se encontraba entre ellos ni el de mejor dirección, ni el de mejor guión original. Evidentemente, imposible que un film huérfano de dos de las categorías más importantes pudiese hacer sombra a la obra de Amenábar. Mar adentro, con 15 nominaciones, asentaba su poderío y la única pregunta que podíamos hacernos antes de la ceremonia era cuántos galardones conseguiría.
Nada que objetar a los premios a la mejor película y mejor dirección. De las cuatro seleccionadas en estos apartados, Mar adentro era, indiscutiblemente, la pieza más redonda. Lo criticable en el abultado número de premios del film de Amenábar viene desde el apartado interpretativo, ya que todos los actores nominados se han hecho con su respectiva recompensa, dejando en el arcén otros trabajos, como mínimo, igual de notables.
Javier Bardem es uno de los grandes actores, no ya de este país, sino de toda la cinematografía mundial. Y, francamente, si se le concediera un premio cada vez que realiza una interpretación excepcional ganaría un "Goya" cada año. El problema viene provocado por la premura de la Academia en galardonar los trabajos del actor con la máxima celeridad posible. Y me refiero, en concreto, al premio conseguido en 1995 con Boca a boca, un notable trabajo del actor pero en nada parangonable a sus posteriores actuaciones. Ello ha hecho que Bardem acumule cuatro "Goya" en su vitrina en apenas diez años, quizá un número excesivo teniendo en cuenta la juventud del actor y su creciente nivel interpretativo. Puede ser que los trabajos de Eduardo Noriega, Eduard Fernández o Guillermo Toledo fueran menos contundentes que el de Bardem, sin embargo, un exceso de reconocimiento puede hacer menguar la credibilidad de una Academia excesivamente compulsiva.
Con el premio a la mejor actriz es donde comienzan los verdaderos traspiés. Primero, Lola Dueñas no debería haber estado nominada en este apartado sino en el de mejor actriz revelación. El hecho de que no fuera así responde a una astuta jugada de los productores de la cinta. Y segundo, a pesar que el trabajo de la actriz es incuestionable, entre las demás nominadas destacaba sobre todo el nombre de Ana Belén, quien por cuarta vez optaba al premio y por cuarta vez se fue de vacío, en una de las decisiones más discutibles de la Academia. Por lo que respecta a las dos actrices restantes, pocas eran las posibilidades de Pilar Bardem, ya ganadora de un "Goya" en 1995 por Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, y de Penélope Cruz, también galardonada en 1998 por La niña de tus ojos.
Otro tanto de lo mismo ocurre en el apartado de mejor actor secundario. El lugar de Celso Bugallo era, una vez más, el de mejor actor revelación. Categoría, dicho sea de paso, en el que actores como Saturnino García o Carlos Álvarez fueron galardonados en años anteriores. El trabajo de Bugallo es, al igual que el de Dueñas, Mabel Rivera y todo el reparto de Mar adentro, sensacional. Empero, el erróneo apartado en el que figuraba hizo descender las probabilidades del resto de nominados. Aquí destacaba, sobre todo, la presencia de un actor excepcional lamentablemente olvidado durante largo tiempo y que en el 2004, gracias a José Luis Garci y Álex de la Iglesia, tuvo un merecidísimo renacer cinematográfico: Luis Varela. Nominado por su trabajo en Crimen ferpecto, de nuevo se negó el justo reconocimiento a quien más lo merecía. En cuanto a Juan Diego, sus dos "Goya" por El rey pasmado y París-Tombuctú impedían que cuajara su séptima nominación (quinta como actor secundario). Unax Ugalde en su primera selección era, quizá por su juventud, quien menor número de posibilidades ostentaba para el premio.
Y la historia se repite con la mejor actriz secundaria. La misma Mabel Rivera reconoció su condición de "anónima" antes de actuar en la obra de Amenábar. Por consiguiente, el nuevo error de ubicación se hizo evidente. Pocas posibilidades tenían Silvia Abascal, ya nominada en 1999 por La fuente amarilla y Mercedes Sampietro, ganadora del "Goya" a la mejor actriz en 2002 por Lugares comunes de Adolfo Aristarain. No obstante, el nombre de Victoria Abril sobresalía sobre las demás. Flagrantemente ninguneada por la Academia durante años, su único premio por Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto es, sin ningún género de dudas, un reconocimiento insuficiente a una actriz de tamaña calidad. Su inconmensurable trabajo en El séptimo día hacía presagiar una "rectificación" por parte de la Academia que, finalmente, no existió.
El apartado de mejor actriz revelación fue, la verdad, el más previsible de la noche. No es por parecer petulante, pero desde que se supo que Belén Rueda sería quien protagonizaría la "nueva película de Alejandro Amenábar", un servidor sabía que el premio en este apartado sería para ella, tanto por la certera mano del cineasta en la dirección de actores como por la fama de la actriz, curtida en infinidad de concursos televisivos. Sin embargo, entre el resto de nominadas, destacaba —y a un nivel superior al de Belén Rueda— el trabajo de Mónica Cervera en Crimen ferpecto. En esta obra maestra de Álex de la Iglesia (injustamente obviada en las más importantes categorías, todo quede dicho) la actriz compone un complejísimo "rol", oscilante entre la psicopatología y la compasión, que hace de su personaje el centro neurálgico de la película y lo convierte en uno de los más logrados de la filmografía de de la Iglesia. Teresa Hurtado y Nuria Gago, nominadas por Astronautas y Héctor respectivamente, quedaron arrinconadas casi desde un principio.
Finalmente, el apartado de mejor actor revelación se escindió en dos. Por un lado estaba la juventud de Nilo Mur y el ganador Tamar Novas y, por otro, la veteranía de José Luis García Pérez, nominado por Cachorro, y Jorge Roelas, nominado por Tiovivo c. 1950. Quizá el estupendo trabajo de este último en la maravillosa cinta de Garci hubiera merecido el premio con mayor justicia.
Pequeño anecdotario de una ramplona ceremonia
Pues sí, señores. Con diferencia, la ceremonia del 2005 ha sido la más mediocre que recuerda quien esto suscribe. No sólo por la chapucera realización y la inexistencia de un sólido guión que explotara las posibilidades interpretativas de los presentadores. La lentitud con que avanzaba y la monotonía de ver que Mar adentro lo ganaba todo, completaron el letargo. Pocos fueron los momentos jocosos. De hecho, salvo la colosal intervención de Antonio Gala, que hizo frente al desplante de José Rivera (ganador del "Goya" al mejor guión adaptado que no se hallaba en la sala provocando el desconcierto de los presentes) con todo su ingenio y talento, y la emotiva concesión de un tan merecido como tardío "Goya" honorífico al gran José Luis López Vázquez (1), el resto de la ceremonia fue digna de un estoico consumo y un rápido olvido. ¡Y tiemblo al pensar que la de los "Oscar" está a la vuelta de la esquina!...
(1) La Academia ha tenido infinidad de oportunidades para, como mínimo, nominar al actor: en 1997 Memorias del ángel caído fue seleccionada como mejor dirección novel, y este año Luna de avellaneda competía en la categoría de mejor película hispana. En ambas —y en el resto de sus más de 200 películas—, el trabajo de López Vázquez es, sencillamente, prodigioso.
|
|