Angelina Magna
Tras el desembarco estival de las tropas griegas lideradas por Aquiles y comandadas por el alemán Wolfgang Petersen entrenadas para conquistar la ciudad de Troya y las carteleras mundiales, nos llega la segunda aproximación al mundo antiguo ofreciendo una aproximación a una de las figuras más importantes de la historia de la humanidad, Alejandro Magno. Quien más quien menos conoce la trayectoria del rey de macedonia que logró con 25 años ser poseedor de un imperio compuesto por el 90% del mundo conocido y cuya importancia sigue siendo hoy capital. Pero como esto no es una lección de historia ni yo un catedrático, mejor me dedico a hablar de la película que nos llega no sin una gran controversia que le precede.
Y es que el aspecto más singular y atractivo de esta propuesta es la firma que lo avala. Uno de los directores más excesivos del panorama cinematográfico actual ha filmado la historia de un personaje que le tenía obsesionado desde hacía más de diez años y que por fortuna para él ha podido ver colmada su necesidad de trasladarlo a la pantalla.
Si bien es cierto que la película desconcierta durante su primera hora, no es menos cierto que Stone ha conseguido una de las obras más personales de su carrera. La identificación entre Stone-Alejandro es total comprobando en ciertas ocasiones del metraje que las palabras que surgen de la boca del protagonista no son sino la extrapolación de las ideas del cineasta, y ahí radica quizás la mayor virtud de la película. La modernidad y la actualidad que rezan la política y sobretodo los ideales de Alejandro que aboga por una conjunción total entre pueblos, lenguas y razas dejando de lado cualquier atisbo de posible intento de creerse superior a cualquier otro pueblo. El sueño de Alejandro de conseguir un mundo unitario y lo más alejado posible de la tiranía se puede aplicar hoy en día a cualquier conflicto armado o político que nos salpica continuamente día sí y día también y una vez más la historia nos demuestra como las ideas y los hechos que tuvieron lugar hace miles de años asusta la actualidad, e importancia en nuestros días.
Acostumbrado y a gusto abordando vidas o ciertas aproximaciones a la vida de personajes reales y trascendentales en la historia de la humanidad, Stone encuentra en Alexander la película de su vida. Tras acercarse decidido a la figura de John Fitgerald Kennedy, retratar a Castro en dos polémicos pero honestos documentales o mostrar el lado más oscuro y humano del ex presidente Nixon, Stone se sumerge por completo en la figura del conquistador con mucho respeto y admiración resultando una película valiente y mucho más compleja de lo que a simple vista parece.
Visionando el largometraje es loable el intento del director de mostrar un protagonista lo más humano posible haciendo hincapié en el lado más natural y terrenal de un chico de 25 años que dominaba el mundo, siendo tremendamente fiel a los hechos históricos que se convirtieron en leyenda, centrando todo su interés y la mayor parte de la trama en bucear dentro de la personalidad de Alejandro, acercándolo durante el 90% del metraje al espectador mostrando sus carencias, ambiciones, intimidades y pensamientos para provocar una empatía que un enfoque mucho más épico hubiera neutralizado. Por ello Stone no se marca ninguna prisa y a través de sus tres horas de duración conoceremos al futuro rey del mundo desde que nace prácticamente para comprobar los diferentes actos que le marcaron durante su vida para llegar a convertirse en el hombre más poderoso del planeta. Quien espere encontrar una película sobre batallas quedará decepcionado ya que sólo hay dos en toda la película, la grandiosa batalla de Gaugamela donde 47.000 soldados macedonios derrotaron a 250.000 hombres persas bajo las órdenes del Rey Darío y que inició la leyenda de Alejandro Magno, y la batalla final en la india, toda una carnicería y un disfrute para los fans más acérrimos del estilo desmesurado de su director.
Las visicitudes con las que debe lidiar Alejandro son la trama principal de la película, siendo las más importantes las relaciones que mantiene con su madre Olimpia, su esposa Roxana, su padre Filipo y sobretodo con su general, amigo, amante Hefestión. Para el director, la búsqueda de Alejandro por todo el mundo es la búsqueda de un ideal, una utopía como bien ha demostrado la historia tras su muerte, y una búsqueda del amor en sus más diversas formas. En el caso del conquistador, la maldición acerca de la soledad del emperador es cierta porque como el protagonista afirma en un momento de la película, ha fracasado. No encuentra consuelo en los brazos de Roxana, su amor con Hefestión parece prohibido, la turbulenta relación con su padre sigue marcándole aún muchos años después de su muerte queriendo probar siempre que ha llegado mucho más lejos que él y es mejor de lo que Filipo fue jamás, y por último la compleja relación con su madre, que en la película nos deja una visión de una bruja, una arpía conspiradora que ama a su hijo por encima de todo y cuya ambición por que sea coronado rey le impulsará a hacer cualquier cosa y cuyo fantasma no podrá desprenderse de Alejandro ni en el momento en que éste muera.
La compleja carga psicológica que envuelve la figura del héroe juega en su contra ya que terminada la película uno echa de menos esa pasión que inspira normalmente ver una película de estas características acerca de un personaje influyente y que otros cineastas como Mel Gibson sí consiguieron en Braveheart por ejemplo.
La contención con la que Stone filma la mayor parte de la película recuerda en parte al vuelco que sufrió Polanski al dirigir la magnífica El pianista y es que en ésta ocasión como en el caso del director de Piratas, el profundo respeto y devoción que siente por el personaje principal y por la historia puede más que cualquier atisbo de autoridad superficial o gusto por la experimentación. Stone demuestra con una planificación sobria y muy cercana siempre al protagonista su respeto por lo que cuenta.
Antes que nadie se tire de los pelos, no todo en Alexander es un retrato humanista y es que el mayor halago con el que cuenta el cineasta es el dominio de la historia que tiene entre manos. El director de Platoon no olvida el componente épico de Alejandro y por ello dota a toda la película de un aura inmortal encarnada en la figura de Ptolomeo, quien fuera compañero de armas de Alejandro y que cuarenta años después de su muerte ya convertido en faraón de Egipto dicta su historia a los escribas para que quede en poder de la humanidad. Todo el relato en forma de flashback adornado por la grandeza que le imprime la enorme interpretación de Anthony Hopkins (Que repite con Stone tras su colaboración en Nixon) le otorga la carga épica necesaria que además el cineasta se preocupa en mostrar en pequeños momentos a lo largo del metraje como aquel en que Alejandro conoce y doma a su caballo bucéfalo delante de su padre y todos los presentes siendo un niño, la entrada triunfal en Babilonia, la estrategia de la caballería en la batalla de Gaugamela y que se acentúa sobretodo en su parte final, durante la batalla en la india contra los elefantes en la que Stone vuelve a sacar el nervio visual tan admirado/odiado en términos de planificación-montaje-resolución de Un domingo cualquiera. En ese instante nos viene a la memoria el Oliver Stone más auténtico donde se esfuerza en mostrar a Alejandro como la figura mitológica más cercana a un dios que conocemos hoy en día que al hombre que hemos acompañado el resto de la película.
Sin duda alguna lo más interesante de la función es la valentía con la que el artífice de J.F.K. aborda ciertos temas prohibitivos en una producción de este estilo. En la película la homosexualidad de Alejandro no está sugerida brevemente, aunque si bien es cierto que no se nos muestra ningún beso ni declaración de amor, el espectador más inocente es capaz de desentrañar los sentimientos de Alejandro hacia Hefestión y hacia ciertos esclavos persas donde la sutileza de Stone se convierte en un arte, no una válvula de escape para ocultar lo obvio. El pulso del director para orquestar una película de tres horas de duración que pasan como un suspiro y sobretodo la complicidad del reparto que se erige en lo mejor de todo el largometraje levantan una película complicada por lo ambicioso de su propuesta y su variedad de interpretaciones y soluciones.
Desde la ya comentada magnífica interpretación de Hopkins, pasando por la agradecida recreación de Val Kilmer como el rey Filipo, que dota a su personaje de una carga tierna a la par que autoritaria con su pueblo y sus costumbres y decisiones que humaniza un papel que podía haber caído en la sobreactuación, todo lo contrario de lo que ocurre con Jared Leto quien la insuficiente profundidad de su papel juega en su contra o la entrañable presencia de Cristopher Plummer dando vida al mítico Aristóteles en una intervención tan breve que resulta casi absurda. En este apartado el gato al agua se lo llevan Angelina Jolie y Colin Farell. Por una parte, la actriz que da vida a la madre de Alejandro le pone ganas en un papel digno de lucirse para cualquier actriz y que Jolie no duda en aprovechar para convertirse en una femme fatal de la antigüedad que habría amilanado a la mismísima Marlene Dietrich, rodeada de serpientes, intriga y morbo en cada aparición haciendo gala de una belleza espectacular digna de una amazona, capaz de hacer enmudecer a la sala cuando aparece y que haría replantear a más de uno y una su orientación sexual. Ella es sin duda alguna la Magna y sólo por verla ya vale la pena pagar la entrada. El problema radica en que mientras que es creíble cuando Alejandro es un niño, al ejercer de contrapunto de su hijo adulto empieza a chirriar porque uno se da cuenta de lo más que improbable de la situación.
Apartado aparte merece Colin Farell quien brinda una esforzadísima interpretación del rey Macedonio. Farell realiza un tour de force siendo capaz de cargar con el peso de toda la película saliendo airoso de la magna tarea de mostrar toda la parte más humana y dubitativa de Alejandro al que Stone parece empujarle siempre sin dejar de lado la gran prestancia del personaje unida a una gran presencia heroica y turbadora del que sin duda fue una de las figuras más representativas de nuestra historia.
A pesar que en algunos momentos no se produzca la empatía necesaria con el público y que haya algunos aspectos del guión que han sido magnificados o reducidos, temas que no gusten, interpretaciones criticables y puntos de vista históricos discutibles, la sinceridad, belleza y personalidad que desprende Alexander es una rara avis dentro de cualquier tipo de superproducción épica que verse sobre un personaje histórico, aunque no es de extrañar si nos fijamos en quien la firma. Resulta cómico que la película más fiel sobre una de las personalidades más controvertidas de la historia haya sido dirigida por uno de los cineastas más controvertidos del cine norteamericano, protagonizada por una de las estrellas más controvertidas de la industria de Hollywood y producida por la industria menos controvertida, más conservadora y menos arriesgada de la cinematografía mundial. Paradojas del cine.
|